miércoles, 30 de enero de 2019

América, parte sustancial de la Patria HIspánica (6)

Lo que sí era corriente, con alguna excepción, desde tiempos de los Reyes Católicos, es que ningún virrey, de ningún Virreinato de la corona, ejerciese su función en el territorio del que era originario, y con el claro objetivo de minimizar la posibilidad de corruptelas.



Algo que, por cierto, era querido por los naturales, que con la medida se sentían protegidos de las pretensiones de la oligarquía criolla, hasta el extremo de llegar a producirse conflictos sociales en defensa de esta medida. Así, en 1717, en Asunción, el nombramiento de Diego de los Reyes Balmaceda, vecino de la ciudad, dio lugar a un levantamiento comunero por considerar la población que el gobernador no podía ser originario del lugar.

En cualquiera de los casos, lo que se pretendía era evitar cualquier tipo de excesos; algo difícil de llevar a término. Lo importante es dar pasos en la consecución de ese objetivo, y ahí, sin lugar a dudas, hay muestras sobradas de que se actuaba en ese sentido, todo en orden al iusnaturalismo que siempre marcó las leyes, y que se refleja, en el siglo XVI en la proclamación de los derechos del hombre y en la creación del derecho internacional, dos siglos antes de la Revolución Francesa. En ese sentido, Bernardino Bravo Lira nos señala que “los esfuerzos por encuadrar el ejercicio del poder dentro de los marcos jurídicos se remontan a la Edad Media. Encontraron su máxima expresión en el Derecho Común, elaborado a partir del siglo XII en las universidades europeas y, desde el siglo XVI, también en las iberoamericanas.../… Una temprana manifestación de la lucha por la sujeción del gobernante al derecho, que conviene mencionar aquí por su incidencia en Chile hasta nuestros días, nos remite a la temprana Edad Media. En la España visigoda del siglo VII Isidoro de Sevilla recoge y actualiza el antiguo aforismo rex eris si recte facias, si non facias, non eris: rey serás si obras rectamente, si no no serás rey.”

Señalamos dos momentos históricos distantes para fortalecer la exposición; sin embargo se podrá aducir, con cierto rechazo, que estamos hablando de una época en la que el absolutismo era el sistema imperante en el Imperio. Pero resulta que el absolutismo no significa que el poder del rey sea ilimitado. “Contrariamente a una idea bastante difundida, poder absoluto no es sinónimo de poder omnímodo, sin límites. Basta revisar los testimonios de la época para advertir que absoluto significa otra cosa: poder, por su naturaleza distinto del ordinario, que habilita para introducir una excepción o privilegio dentro del orden instituido. A eso alude el término latino ‘absolutus’. Literalmente quiere decir desligado, sin atadura, o sea, fuera de lo ordinario, en una palabra extra-ordinario.”  Un buen ejercicio para abonar esta afirmación es el repaso de las anteriormente citadas Leyes de Indias.

Y es que, como en tantas cosas, la justicia no equivale a dar a todos el mismo tratamiento, sino a cada cual el que le corresponde. En ese orden, si monarquía absoluta existía en España, monarquía absoluta existía, por ejemplo, en Francia. Sin embargo no estamos hablando de la misma casuística, porque la monarquía absoluta española estaba mucho más limitada que la francesa. Por ejemplo, en el caso español, una eventual incapacidad del rey hacía que la soberanía recayese en el pueblo; algo que fue ampliamente utilizado en 1808, en toda la Nación, con el “secuestro” o sometimiento de la casa real a Napoleón.

Esa situación produjo que se creasen Juntas reasumiendo la soberanía de la Nación. Primero fue Asturias. “Luego, la Junta de Galicia publicó que había reasumido en sí la soberanía…/…habiéndose declarado independiente…/…del gobierno de Madrid. La de Murcia, que el pueblo reasume la soberanía. Fórmula que fue tomada por los revolucionarios americanos.”

Así, al hablar del absolutismo, debemos considerar el caso español en su casuística, del mismo modo que al estudiar la Edad Media no podemos aplicar la casuística europea al caso español, donde tomando sólo un aspecto llamativo como es el vasallaje, las diferencias con el derecho europeo son absolutas. Así, también en la Edad Moderna, en el régimen absolutista español, el poder real está “reducido a determinadas regalías y encuadrado dentro de un derecho que es anterior y superior al gobernante. Esta misma concepción de un gobierno bajo el derecho es general entre los escritores castellanos de los siglos XVI y XVII. Conocidos son los versos de Calderón: En lo que no es justa ley, no he de obedecer al rey.”

Reforzando la tesis de Bernardino Bravo, Cayetano Núñez Rivero nos llama la atención señalando que “es preciso tener en cuenta, que las Leyes de Indias, denominadas por algunos «Constitución de Indias», se insertan en un contexto de Monarquía Absoluta y Antiguo Régimen, faltando todavía más de siglo y medio para las primeras revoluciones burguesas y la conformación del Estado de Derecho.”  Y en ellas se legislaba precaviéndose contra vicios como la prevaricación y el tráfico de influencias. Aspecto que queda reflejado en las propias leyes cuando decretan: “Prohibimos, y expresamente defendemos, que ahora ni en ningún tiempo pueda ser Abogado en ninguna de nuestras Audiencias Reales de las Indias ningún Letrado donde fuere Oidor su padre, suegro, cuñado, hermano ó hijo, pena de que el Letrado que abogue contra esta prohibición, incurra por ello en pena de mil castellanos de oro para nuestra Cámara y fisco. Y mandamos que no sea admitido á la Abogacía el que estuviere impedido por esta razón: y todo lo susodicho también se entienda si fuere pariente en los grados referidos del Presidente ó Fiscal de la Audiencia.” (Recopilación de las Leyes de Indias, Libro IV Título XXV. LEY XXVIII.)

Texto completo en: http://www.cesareojarabo.es/2018/03/america-parte-sustancial-de-la-patria_30.html

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