viernes, 4 de enero de 2019

El conde-duque de Olivares (4)

Lo incomprensible en el Rey y en su Valido, como en tantos políticos posteriores, fue el olvidar que las demás regiones que formaban el reino tenían otras obligaciones con el Estado, estipuladas y aceptadas en sus leyes regionales; y había que aceptar el hecho fatal de contar con esas regiones a través de esas leyes, o, en todo caso, de modificar esas leyes con generosidad, con tacto inagotable, poniendo un exceso de comprensión frente a cada una de las inevitables susceptibilidades regionalistas.”  Pero eso poco o nada tenía que ver con la Unión de Armas, y menos cuando lo que estaba en juego era el propio territorio.



La nueva situación política creada con la ascensión de Felipe IV, así, como hemos visto, comportó drásticas medidas, pero el peor parado fue Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias, que acabó siendo degollado públicamente, culpable de asesinato.

Otros pagaron sus culpas de diversos modos. El utilizado por el duque de Lerma nos indica el poder que llegó a tener: se hizo investir cardenal. “Mucho valió al anciano cardenal duque de Lerma el capelo de que había tenido la oportunidad de investirse, para no tener un fin más desventurado, si bien tampoco lo tuvo venturoso, porque desterrado por cédula real en Tordesillas y convalecido de una enfermedad que le puso a dos dedos del sepulcro y de que estuvo ya desahuciado, alcanzó al fin su libertad por mediación del pontífice y del colegio de los cardenales. Mas a poco tiempo, queriendo el rey recuperar algunas sumas que a pretexto de mercedes o remuneraciones de servicios se habían defraudado al patrimonio, y particularmente las donaciones hechas al duque de Lerma, nombró para ello jueces especiales, y dio un decreto de su mano que decía: «Por cuanto, entre otras cosas depravadas que el cardenal duque de Lerma hizo despachar en su favor con ocasión de su privanza, fue una etc...» Las palabras de este decreto hirieron vivamente al antiguo privado de Felipe III, hizose la información y el duque cardenal fue condenado a pagar al fisco setenta y dos mil ducados anuales, con más el atraso de veinte años por las rentas y riquezas adquiridas en su ministerio. El anciano cardenal, en cuyas manos habían estado tantos años los destinos de España, no pudo resistir a este golpe y murió de pesadumbre como su hijo.”

Tras la defenestración del anterior gabinete y la purga de la administración de Felipe III, lo primero que hizo el conde duque fue convocar cortes con la idea de tratar de atajar la despoblación que amenazaba a toda España; los abusos en el cobro de impuestos, la saca de plata, el control de las importaciones, el control de fronteras; encarceló a Pedro Girón duque de Osuna, acusado de soliviantar a la plebe con la idea de proclamarse rey de Nápoles... Además redujo drásticamente el número de funcionarios y restringió el tiempo que podían ocupar el cargo. Así, la entrada de Gaspar de Guzmán fue aplaudida como moralizante por un pueblo que había sufrido los excesos del anterior gabinete, desconociendo lo que al final depararían los acontecimientos.

No fueron de menor importancia las providencias dictadas en 1622 por las cuales, los  cargos públicos, del mayor al menor, debían presentar inventarios de las haciendas que tuviesen cuando pasaban a ocupar sus puestos. Lo mismo hizo con quienes habían estado al servicio de Felipe III. “semejante providencia fue dictada por el aumento escandaloso que con medios ilícitos y reprobados habían tenido, en grave perjuicio de real patrimonio, las haciendas de cuantos habían desempeñado cargos públicos en vida de Felipe III.”

“Creó y estableció el conde una junta llamada de Reformación de costumbres, y mandó que se registrara la hacienda de todos los que habían sido ministros desde 1592, con información de la que poseían cuando fueron nombrados, y de la que tenían o habían enajenado después, para que se conociera la que habían aumentado por medios ilícitos, todo bajo gravísimas penas (enero, 1622). Por otro real decreto se mandó que todos los que en adelante fueran nombrados virreyes, consejeros, gobernadores, regentes, alcaldes de casa y corte, fiscales, o para otros cualesquiera empleos de hacienda o de justicia, antes de tomar los títulos hubieran de hacer un inventario auténtico y jurado ante las justicias de todo lo que poseían al tiempo que entraban a servir, los cuales habían de renovar cada vez que fueran promovidos a otros oficios o cargos mayores, cuya manifestación se había de repetir cuando cesaban en ellos. Una pragmática ordenando las precauciones que se habían de tomar, y las penas en que se había de incurrir, para que no se ocultaran los bienes y haciendas «en confianzas simuladas» (en Aranjuez, a 8 de mayo), completaba el sistema de investigación que se había propuesto para restablecer la moralidad en los altos funcionarios del Estado.”

Y es que la moralidad de aquellos momentos dejaba mucho que desear; “En la Corte los nobles se acuchillaban por motivos fútiles; y aun sus mujeres, las más altas, se conducían con igual violencia: el Padre Sebastián González nos cuenta, por ejemplo, que yendo la Marquesa de Leganés en su coche por la Casa de Campo la seguía el del almirante de Castilla, el cual iba, en disposición poco decente, con dos damas, y llevaba, por eso, bajadas las cortinas. Pidió la de Leganés al cochero del almirante que fuese por otro camino; el cochero, por mandato de su amo, no obedeció a la Marquesa, y entonces ésta descerrajó un tiro al desdichado auriga…./… Bandas de malhechores, precursores de los actuales pistoleros, robaban a los transeúntes, y, si se resistían, los mataban. «Las cosas están de forma —escribió Pellicer — que de noche no se puede salir sino muy armado o con mucha compañía.» Y eran, con frecuencia, estos «capeadores» y asesinos los soldados de las levas, como los que fueron a Cataluña en 1642, que tuvieron, a su paso por Madrid, aterrado al vecindario: «No hay —decía el mismo Pellicer— ni qué comer, porque de miedo no vienen provisiones a la corte»435. Los estudiantes, en Salamanca o en Alcalá, en perpetua gresca, imitaban en sus desafueros a los cortesanos. Y a la violencia se unía la venalidad y corrupción de los administradores públicos, contra los que, no del todo vanamente, luchó Don Gaspar de Guzmán. ”

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