martes, 22 de enero de 2019

España bajo el Islam (24)


En más de veinte mil hombres útiles disminuyó la población de Córdoba. Y el arrabal quedó arrasado y convertido en campo de siembra.


Pero este asunto del arrabal de Secunda no es un hecho aislado, porque los muros del alcázar no existían sólo para prevenir ataques de los enemigos exteriores: como la Alambra, el alcázar de Córdoba era una recelosa fortificación construida para defender al rey de los motines de sus súbditos, y por eso tenía puertas que permitían salir de la ciudad sin pasar por sus calles.

En medio de estos acontecimientos, el año 809 moría Aureolo, tradicionalmente considerado como el jefe de los francos en Aragón desde el 802, aunque su dominio resulta más que dudoso para los historiadores, que lo ponen en relación con el señor de Zaragoza. Le sucedió Aznar I Galíndez, que fue conde hasta 820, cuando pasó a ser conde de Cerdaña y de Urgel, como consecuencia de sus relaciones con los Banu Qasi. Fue depuesto por García I Galíndez, a quién Iñigo Arista le proporcionó un pequeño ejército con el que depuso a Aznar I Galíndez, tomó el gobierno del condado de Aragón, y con la ayuda de los Banu Qasi de Zaragoza se enfrentó a los francos. En 833 cedió el puesto a su hijo Galindo Garcés,    que sería conde de Urgell y de Cerdaña y usurpó los condados de Pallars y Ribagorza de los dominios de Berenguer.

Mientras, entre los años 812 y 832 fue conde de Rosellón Gaucelmo, hijo del conde Guillermo I de Tolosa, hermano de Bernardo de Septimania y hermanastro del conde Bera. Ese 812, Ludovico Pio se estableció en Pamplona, y en 816 Al Hakan envió un poderoso ejército contra él y contra Alfonso II, que alcancó una victoria que fue aplastante en el rio Orón, que acabó en retirada . Ese mismo 816 Gaucelmo se convirtió en conde de Ampurias y, a partir del año 829 utilizó el título de marqués de Gothia. Luego pasaría a poder del conde Súñer I de Ampurias .

En estas fechas, los españoles que habían vivido casi un siglo sojuzgados por los conquistadores, conversos al Islam o fieles a Cristo, habían al cabo adquirido conciencia de su fuerza frente a la oligarquía oriental que les dominaba y explotaba; habían empezado a sufrir con trabajo su coyunda y habían comenzado a alzarse en los tradicionales núcleos urbanos otrora catalizadores de la vida política hispana: Mérida, Toledo, Zaragoza... y hasta en la misma Córdoba...

El siglo IX fue, sin lugar a dudas el siglo en que el invasor rompió todos los pactos firmados durante los principios de la invasión. Se despojó de todo derecho a los españoles y se les puso graves cargas, entre las que no eran las menores la circuncisión obligatoria y la regalía, atreviéndose a nombrar prelados y a convocar concilios que eran nutridos por representantes del Emir.  Y todo con la anuencia de algunos prelados, como el de triste recuerdo Saulo, Obispo de Córdoba en 850, que aprobaba los irrefrenables aumentos de impuestos con los que el emir cargaba a los cristianos conduciendo irremisiblemente a la pobreza absoluta de la población española. No obstante, este obispo acabaría rehabilitado por su actuación ante la persecución iniciada el siguiente año 851.

El año 822 moría Al Hakam y subía al trono Abderraman II, que además de poseer una sensualidad extrema que le llevaba a abandonar una aceifa porque había tenido un sueño erótico, se significaría, como su padre, en la sañuda persecución ejercida sobre el pueblo español, y en la feroz represión ejercida entre su propia gente, que sufrió fuertes discordias civiles surgidas entre árabes y bereberes.

Aprovechando esas discordias civiles, Toledo volvió a sublevarse, azuzado por el muladí Haxim Addarrab, quien mantuvo en pie de guerra a la población hasta que fue muerto en combate, en el año 831. Estas luchas permitían que Toledo permaneciese libre de la efectiva dominación musulmana, que fue rechazada repetidamente hasta el 834, cuando tras vencer la última aceifa, atacaron el castillo de Calatrava, donde fueron deshechos y hecha una montaña con las cabezas de los atacantes, como era costumbre musulmana, y sobre la cual eran entonadas alabanzas a Alá por un ayatola.

Finalmente, el año 836, y mediante la traición de un muladí, sufrieron asedio por hambre, al que sucumbieron el 16 de Junio de 837.

Por su parte, también Mérida se sublevó, y en 827 mataron al gobernador y se mantuvieron independientes hasta 833, cuando tras sangrienta lucha fue nuevamente ocupada. La ciudad pidió ayuda a Ludovico Pío, quién les animó a que emigrasen a sus posesiones ; algo que no hicieron los emeritenses, que nuevamente se rebelaron en 836.

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