martes, 8 de enero de 2019

La guerra de los segadores (3)

Finalmente Barcelona organizó una milicia de 500 soldados que no llegó al frente. El mayor contingente lo aportó Gerona: 90 hombres, pero la mayoría de la tropa era bisoña. En vano Perpiñán reclamaba ayuda a Barcelona. Finalmente, “En la tarde del 28 de septiembre, una hora antes de anochecer, “veinte mil soldados franceses y cuatro mil caballos se lanzaron contra nuestras trincheras. Los españoles resistieron heroicamente tres asaltos consecutivos de sus contrarios. El combate —según se consigna en el Mercure françois— fue encarnizado y feroz, con alternativas de triunfos y de retrocesos. Cuando el duque de Halluin se disponía a embestir de nuevo contra el regimiento del Conde Duque, la luna se ocultó, levantóse un fuerte viento que les cegaba con la polvareda y ambos combatientes se vieron precisados a interrumpir la lucha, porque en el desorden de las tinieblas llegaron a acometerse los propios compañeros de armas. Replegáronse los franceses al atrincheramiento recién conquistado y aguardaron las luces del amanecer para consumar su obra. Inquietud superflua. Al romper el alba pudieron comprobar que las empalizadas estaban desiertas. Los españoles habían levantado el cerco, huyendo a la desbandada.”



Acción vergonzosa de cobardía que todos achacaron a la actitud negligente y hasta traidora del Consejo de Ciento y de la Generalidad. Las acciones de guerra de los voluntarios de Gerona, heroicas, contrastaron con la acción cobarde de la Generalidad en Barcelona.

Pero es que gran parte de la nobleza de Cataluña estaba dedicada a otros menesteres; “El bandolerismo, el contrabando, la falsificación de moneda, tales eran las principales ocupaciones de una gran parte de la nobleza catalana. Para esos hombres, los fueros catalanes eran un mecanismo vital de defensa contra la interferencia de los oficiales reales.”

Entre estos bandoleros destaca alguien que jugó un papel importante en la revuelta separatista de 1640: José Margarit y su suegro Eulogio Zudaire, que contaban con la complicidad de varios nobles, como el vizconde de Joc, Juan Sarraiera y Marian Vila.  Un bandolero que acabaría siendo embajador de la causa separatista en la corte francesa, y acabaría siendo nombrado gobernador general de Cataluña por parte de Luis XIII de Francia.

La importancia de los bandoleros llegaba a que el propio conde Santa Coloma, Dalmau de Caralt, familiar del citado Margarit, pidió consejo a éste cuando fue nombrado virrey.

Esta actuación de la nobleza catalana no era nueva ni desconocida en la corte. Ya desde principios del siglo XVII se adoptaron en Cataluña medidas tendentes a controlar los abusos de la nobleza, principal instigadora del bandolerismo.

Se tomaron medidas en cuanto al uso de los “pedreñales”, de uso muy común por parte de los bandoleros, pero estas medidas propiciaron una actuación que dejaba a gran parte de la nobleza en entredicho. “En el proceso de restablecimiento de la ley y el orden en el principado, la corona y sus representantes se habían enajenado a dos grupos, la aristocracia rural, que presentó como un agravio la prohibición respecto a las armas de fuego y la destrucción de los castillos, y las oligarquías urbanas, que se oponían al pago del «quinto». Sin embargo, estos grupos no tenían ninguna política para la salvación de Cataluña.”

Lo que quedó claro en Leucata era el interés particular de la aristocracia catalana, más atenta a la reclamación de los derechos de los “usatges” que al cumplimiento de las obligaciones derivadas de los mismos.

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