domingo, 13 de enero de 2019

LOS VOLUNTARIOS REALISTAS Y LA MILICIA NACIONAL (5)

Entre otras cuestiones, en la exposición del reinado de Fernando VII, señalaba el manifiesto que

La sangre que vertieran en la última lucha nuestros más decididos campeones, o es ya olvidada, o es considerada por nuestros enemigos con el más escandaloso vilipendio. Lo peor de todo es que el mismo Monarca, el mismo príncipe a quien hemos arrancado dos veces de la esclavitud comprando su libertad con nuestra propia sangre, Fernando, en fin, es un activo instrumento de la más maquiavélica conspiración que jamás vieron los siglos. ¡Horrorizaos!



Fernando VII no es hombre, es un monstruo de crueldad, es el más innoble de todos los seres, es un cobarde que, semejante a un azote del cielo, lo ha vomitado el averno para castigo de nuestras culpas, ¡es una verdadera calamidad para nuestra desventurada patria!

Sabed que Calomarde, ese ministro del Rey en quien todos los hombres de bien habían fijado los ojos, ese atleta de la lealtad, corrompido al fin con el ejemplo de su amo, acaba de hacer traición a sus propios principios, vendiéndose por veinte millones de reales a la influencia inglesa y acordando con el ministro británico residente en esta Corte el contribuir por su parte al deshonorable reconocimiento de los empréstitos que hicieron las llamadas Cortes durante el imperio de la revolución y al mucho más deshonorable reconocimiento de la independencia de América. Sabed que Fernando VII, insensible ya a toda clase de delicadeza y barrenando el principio de la legitimidad a que debe el trono, ha vendido su consentimiento para acceder a las expresadas medidas en la primera ocasión favorable que se le presente, resolviéndose de este modo a sacrificar el honor, los derechos de conquista y tantos otros intereses de este país, por el valor de quinientos millones de reales que el maquiavélico gabinete de Saint James [el gobierno británico tenía su sede en el palacio de Saint James], de acuerdo con los americanos, ha ofrecido depositar a las órdenes del Rey en el Banco de Inglaterra.

No era sólo Calomarde el vendido a los ingleses.

El mismo Rey había consentido en ello, a cambio de quinientos millones de reales que el gabinete inglés, de común acuerdo con los paises hispano-americanos se había ofrecido a depositar en el Banco de Inglaterra. Incluso le habían sobornado para reconocer a doña María de la Gloria en Portugal. (Suarez 1948: 97)

El manifiesto no hacía sino presentar la abyección de la que siempre hizo gala el monarca, que había condenado a millares de inocentes a la muerte, a la emigración y a la miseria. Pero no fue suscrito por el que acabaría siendo pretendiente, Carlos María Isidro, quién por otra parte, siempre manifestó su fidelidad a Fernando VII, incluso después de haber marchado a Portugal.

El resultado final de esta discordia sería dramático para los realistas, que se vieron perseguidos y ejecutados.

Corría otoño de 1832 cuando, durante la convalecencia del rey, la reina María Cristina se encargó del despacho de los asuntos de urgencia y, desde el 6 de octubre, se hace con el control de todo el aparato del Poder.  En este momento se concedió amnistía general, exceptuando a quienes se habían levantado en armas. Como consxecuencia, los liberales, poco a poco van tomando posiciones en el ejército y en la economía.

En estos momentos menudeaban las amenazas a los miembros de los Voluntarios Realistas, al tiempo que los movimientos propagandísticos contra Fernando VII. Los voluntarios realistas son acosados.

Como respuesta a esos acosos, y en León, el obispo D. Joaquín Abarca logró sublevar los voluntarios realistas, pero el levantamiento fue sofocado por una división enviada por el gobierno, que le obligó a retirarse al extranjero.

Decía el obispo Abarca:

no se deben cumplir todas las leyes dimanadas de la autoridad aunque sea legitima, cuando pugnan con la moral , o son contrarias al derecho de un tercero, pues una estoica condescendencia equivaldría a una cooperación para un acto injusto, y siendo esto un mal no se debe practicar ninguna acción por buena que parezca si de ella han de resultar males verdaderos. (Incógnito 1844: 189)

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