miércoles, 2 de enero de 2019

Nada en común (XX)

Sigue 1975

Antonio Garrigues apuntaba la crisis de la Jerarquía eclesiástica: “La antítesis cristianismo-marxismo todavía se mantiene bastante intacta en el campo teórico, pero en el práctico esa contradicción en términos se ha reblandecido en parte por la desorientación eclesiástica y en parte por las tácticas del marxismo, que han decidido superar barreras formales en beneficio de sus objetivos finales. Para los marxistas, un  católico confuso es más efectivo en la práctica que un teórico convencido” (“Índice” 1 a 15 de Abril de 1975).



Por su parte, los partidos políticos no disimulaban su connivencia con la ETA, Así en Septiembre de este año y en el manifiesto-programa del PCE, firmado por el genocida de Paracuellos, Santiago Carrillo, se lee en su página 141: “Todos los marxistas, todos los revolucionarios tienen un puesto en el Partido Comunista. La incorporación al partido de diversos sectores de ETA y la entrada colectiva de Bandera Roja demuestran que organizaciones procedentes del nacionalismo revolucionario...” Nada de esto, por otra parte, resultaba llamativo para Cesáreo. Todo estaba en la normalidad.

En el cuartel de la ETEA (Escuela de Telecomunicaciones y Electricidad de la Armada), o Escuela de Tontos Engañados por la Armada, como familiarmente se conocía la institución, se instó a los soldados para que asistieran al funeral que se celebraría en la Catedral. No obstante, existió una contra orden. Nadie debía salir del acuartelamiento.

Nunca sabremos el motivo de la contraorden, pero Cesáreo escuchó consejos de un compañero instándole a que no atendiese la orden. Entre orden y orden, aún existiendo contraorden por medio, sabía Cesáreo qué era lo que debía hacer.

Se las agenció de forma que le dejasen salir del acuartelamiento, y asistió, a título personal, al funeral de aquellos hombres.

La indignación era general. Ya en la calle, se hizo un clamor la petición de pena de muerte para los asesinos.

A la vuelta al cuartel, fue llamado Cesáreo al despacho del oficial de guardia, quién le demandó de dónde venía. No en vano, Ya era conocido Cesáreo como desadepto al régimen.

Cesáreo, que nunca supo mentir, dijo claramente que conocía la contraorden, pero que su espíritu de español, de cristiano y de persona le exigieron desatenderla. Esperaba Cesáreo un arresto. Se quedó esperando.

Otros arrestos sí llegaron por otros motivos, pero en la ETEA, un arresto era una gloria bendita. Podía marcharse al puerto de la base militar y contemplar la inmensidad del océano, a las mariscadoras, con el enorme culo en pompa mientras hurgaban la arena; a los soldados de guardia que se veían obligados a expulsarlas de la zona militar donde, de manera inexorable se introducían para realizar su labor, conocedoras, como eran, que en aquel lugar era justamente donde mejor cosecha podían tener.

Un arresto en la ETEA era un premio para Cesáreo. Le daba la oportunidad y el tiempo necesario para pensar.

Otro momento agradable era el de la instrucción militar, y es que, entre los cursillistas había un chico que medía menos de un metro cincuenta. Ese no era el motivo de la risa; bien al contrario, Cesáreo sentía admiración por aquella persona que, pudiendo librarse del servicio militar, fue voluntariamente.

El motivo de la risa era que, planteada la formación, el compañero bajito quedaba, solo, en la última fila. Mientras la formación discurría encabezada por los más altos no había ningún problema, pero la chirigota llegaba cuando ordenaban media vuelta, ¡ar!
Seguía la formación normalmente unos pasos, pero al poco, la carcajada era general, y es que, como le faltaban referencias al que iba solo en cabeza, inexorablemente se desviaba en un ángulo de cuarenta y cinco grados con relación a la formación.

Ahí era el grito del sargento, que ordenaba firmes para, inmediatamente, con el mosquetón suspendido en el aire y cogido sólo con los dedos obligaba al paso ligero.

Lo que peor llevaba en la ETEA era la hora de la ducha, y es que Cesáreo se duchaba cuando quería, pero además, le obligaban a una ducha matutina que, si hubiese sido fría, aún, pero el agua salía por lo menos a 120 grados centígrados, y eso no había quién lo aguantara.

La intención, no cabe duda, era buena, y es que en Vigo hacía francamente frío en Septiembre y en Octubre, pero vamos, esas actuaciones, que podían ser adecuadas en otros, era lo que sacaba de quicio a Cesáreo. Y es que Cesáreo siempre creyó en las personas y no en las masas, y así se sentía tratado como ganado.

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