martes, 19 de febrero de 2019

1898, LA GUERRA EN FILIPINAS (6)

Además, todos los buques norteamericanos eran de acero, mientras que los españoles sólo eran de acero el Isla de Luzón y el Isla de Cuba; el casco de los demás era de hierro, y el del Castilla, de madera.

No era esa la única desventaja. Supuestamente, España tenía ventaja al encontrarse en tierra propia, pero eso sólo era una suposición, ya que, a pesar de la tensión sufrida en las últimas décadas, no sólo no se había atendido la modernización de la Armada; no sólo se había desechado la que hubiese sido un arma definitiva (el submarino), sino que ni tan siquiera se habían atendido otros inventos españoles, como el destructor de Villaamil o la mina de Joaquín Bustamante… como tampoco se habían acondicionado las defensas de la costa ante la creciente tensión vivida en las últimas décadas, siendo que la  base naval de Cavite no tenía prácticamente ninguna defensa.

Situada en el fondo de la bahía de Manila, cuya boca no tenía artillería ni podía cerrarse con torpedos de fondo por la profundidad que en ella existe, su defensa artillera se limitaba a cinco cañones Hontoria de 150 milímetros montados en Punta Sangley porque los demás eran de avancarga y no tenían prácticamente ningún valor. (Oubiña)

El almirante de la flota española, Florencio Montojo, el mismo que en 1890 formase parte del equipo que ninguneó el submarino de Peral, efectuó unas tácticas que, a un inexperto en cuestiones militares, como es el caso, pueden resultar incomprensibles; sin embargo,

El almirante Montojo manifestó que en virtud del plan aprobado por el general Primo de Rivera, seis baterías defendían las dos bocas de entrada a la bahía de Manila, compuestas cada batería de tres cañones de los desmontados de los barcos en reparación y que para el combate naval sólo dispone de cuatro barcos viejos y en malas condiciones; por el general Jáudenes segundo cabo se manifestó tener preparadas tropas para rechazar cualquier ataque en la línea de blocaos, y cualquier desembarco de tropas americanas pero contando con pocos hombres para atender a tanta cosa. (Dávila 1999: 317)

Cavite es una ciudad amurallada situada en la bahía de Manila. Su puerto construido en un istmo estrecho que se extiende hacia el este y se adentra en la bahía, tiene excelentes condiciones de abrigo.
En Filipìnas, la escuadra española estaba compuesta por siete cañoneras con cañones de 120 milímetros y dos barcos destartalados, el “Castilla” y el “Antonio de Ulloa”. Con esta escuadra Montojo hizo frente a la escuadra usense, compuesta de cuatro modernos cruceros armados con cañones de 203 milímetros, y de dos cañoneras con cañones de 152 milímetros.
Teniendo en cuenta esas situaciones, todo indicaba que la actuación prudente consistiría en evitar la batalla naval, forzando el acercamiento de las unidades enemigas y no malgastando munición en unos disparos de cuyo alcance estaba a salvo la armada invasora.
Pero no fue esa la actuación del general Augustín, que completó la actuación llevada en el mar por el almirante Montojo. Si éste en el mar actuó de forma contraria a lo que los medios a su alcance le permitían, en tierra hizo lo mismo Augustín, desperdigando en unidades inoperativas un ejército que, concentrado en Manila, hubiese podido realizar su función con posibilidades de éxito.

La situación en que quedaban los destacamentos de provincias, dicen todos los testimonios, era angustiosa de veras. Algunos de ellos, sin medio alguno de lucha, pues el pueblo no estaba  convenientemente fortificado, ni había hombres suficientes para la defensa, ni municiones, ni víveres. En algunas poblaciones se habían atrincherado los fuertes que ocupaba la fuerza militar; pero en cambio ésta era en su mayor parte indígena, complicada en el movimiento revolucionario general, y, por consiguiente, la tropa peninsular se hallaba comprometida a su lado. (Isern 1899: 302)

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