domingo, 10 de febrero de 2019

El auto de fe (1)

El auto de fe era el acto solemne en que se leían las sentencias que declaraban la inocencia de los reos falsamente acusados y en que se reconciliaba con la Iglesia a los culpables arrepentidos.”



Observemos la definición que nos da el historiador. Se podrá aducir que, como no combate a la Inquisición es pro inquisitorial, pero el resultado es el mismo si la pregunta que nos hacemos es otra: ¿es verdad lo afirmado?, ¿o acaso es verdad lo que nos vende el poder propagandista de la Ilustración, ese “ente” que justifica que alguien pueda mentir?

La propaganda antihistórica y anti inquisitorial, servidora de los intereses europeos y protestantes, en unos momentos en los que desarrollaban un genocidio rampante en medio de un pueblo sometido, casualmente el inglés, el holandés o el alemán, nos ha presentado unos autos de fe en los que se ejecutaba a la gente en medio del jolgorio de un populacho despreciable, casualmente el pueblo español, cuando la realidad es que la Inquisición salvó a España del baño de sangre que asoló Europa, siendo que, además,  “sus autos públicos son muy raros y de tarde en tarde.”

Sólo se celebraban Autos de Fe cuando había un número importante de casos, siendo éstos ceremonias solemnes llevadas a cabo en las plazas públicas, en las que desfilaban los condenados vistiendo el sambenito, consistente en sayos con capirotes en los que iban dibujadas llamas que en el caso de los condenados a hoguera estaban dibujadas hacia arriba, y en el resto, hacia abajo. Los que llevaban las llamas hacia arriba eran entregados al alguacil, que los conducía a la hoguera. El resto de penas eran de lo más variado: desde pena de cárcel hasta azotes, confiscación de bienes, vestir un sambenito o rezar unas oraciones.

Ese relato es la verdad del asunto y nada más que la verdad del asunto, que no debiera pasar de ahí. Pero justo ahí empieza la labor de zapa de la leyenda negra, que en el mejor de los casos imaginaba, con mentes sometidas a la tiranía, que en España sucedía lo que estaba sucediendo en sus respectivos países. Poco les importaba (y les sigue importando) el verdadero significado del auto de fe, que sobre todo era un acto público de afirmación de la fe católica; poco les importa conocer el número de autos de fe que se desarrollaron; poco, cuando y de qué forma se desarrollaron; nada, en fin, el número de penitenciados y sus penitencias, las causas que se llevaron a efecto, y por supuesto no quieren oír hablar de las equivalencias de los castigos y del número de castigados en sus respectivos países y en la misma época.

Los autos de fe alcanzaron el conocido boato en 1559, cuando se sofocaron los focos luteranos de Valladolid y Sevilla.  Los Reyes Católicos no asistieron a ningún auto de fe. Carlos I asistió a uno en 1528. Felipe II, a cinco; Felipe III a uno; Felipe IV a uno, en 1680, que fue el último realizado en tiempo de los Austrias; Felipe V asistiría a uno en 1720 y debemos tener en cuenta que, contra lo que el vulgo cree hoy en día, “el auto era fundamentalmente lo que dice el nombre: una ceremonia religiosa fastuosa cuyo objetivo era ensalzar la religión católica.”  D. Juan de Austria, el hijo bastardo de Carlos I y héroe nacional, gobernador general de los Países Bajos, fue reconocido hijo natural del emperador en el auto de Fe de mayo de 1559.

No obstante, algún auto, efectivamente contó con sentenciados a la pena capital; el de mayor renombre, sin duda es el auto de Valladolid, que  “ha espasmodizado a muchos protestantes y católicos. Tuvo lugar el 8 de Octubre de 1559, y según el obispo de Zamora, D. Diego de Simancas, pasaron de doscientas mil las personas que acudieron a él. Los reos fueron muchos, pero sólo doce los relajados, y de estos fueron quemados vivos solamente dos: D. Carlos de Seso y Juan Sánchez.”

Observemos qué sucedió en el auto de fe más famoso de la historia… Dos ajusticiados. ¿Quiénes son los culpables de que sin embargo sea el más famoso de la historia? Por una parte, los organizadores, que en su ansia ejemplarizante fueron capaces de convocar a un número ingente de espectadores, y por otro, el enemigo de España, la Ilustración, que supo utilizar las habilidades hispánicas en contra de la verdad histórica y en beneficio de la leyenda anti-hispánica.

La habilidad dialéctica de la Ilustración ha sabido presentar los autos de fe como corridas de toros en donde se lidiaba a personas, cuando la realidad es que “los Autos de Fe eran ceremonias religiosas destinadas a impresionar a las personas e intimidar a futuros detractores. Hasta el último minuto se podía salvar la vida haciendo pública declaración de arrepentimiento.”  Los impenitentes y relapsos presenciaban todas las ceremonias, con el fin de que se excitaran a penitencia los primeros y a mayor dolor los segundos.”

No obstante, con este relato sigue flotando en la cloaca de la información ilustrada el asunto de los condenados… Recordemos que en el más importante auto de fe, fueron condenadas dos personas. Mientras, en la Europa de la Ilustración, los tribunales equivalentes elevaban esa cifra de condenados a “n”.

“Conviene, en todo caso, no identificar los autos de fe con las ejecuciones, pues muchísimos de ellos se celebraron sin víctima alguna. La quema en la hoguera tenía, además, lugar en un sitio apartado, adonde acudía el secretario del tribunal para certificar la ejecución de la sentencia que, como hemos dicho, corría a cargo de las autoridades seculares. Algún defensor a ultranza de la Inquisición ha intentado por ello descargarla de esa responsabilidad, pero el argumento es banal, pues la autoridad secular sólo ejecutaba al relajado por el Santo Oficio.”

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