lunes, 4 de marzo de 2019

El conde-duque de Olivares (5)

Pero también usó otras ardides. Sin ir más lejos, fue al parecer, más que sospechoso en el asesinato de Juan de Tarsis, conde de Villamediana, hombre de pluma fácil que gustaba de criticar al conde-duque.

“La corrupción fue de las clases altas, las directoras y, por lo tanto, las ejemplares. La grandeza regalada por el hado y conquistada por el esfuerzo de cada día transformó «a los caballeros cristianos en señores, y en señoritos después»”

Sin embargo, en medio de esta corrupción generalizada de la nobleza y en compensación de la miseria popular, el prestigio estaba mantenido por un ejército que no conocía derrotas y España, ante el mundo“era una Corte fastuosa y llena de ingenio, adornada de las cabezas insignes de Lope, Calderón, Velázquez y Quevedo, tocadas, aún en vida, de la inmortalidad.”  Era lo que la actuación primera en el reinado de Felipe III parecía que se iba a combatir.

Toda esa ficción era la envidia de una Europa que intentaba sobrevivir empujada por unas nuevas ideas que nada tenían que ver con su historia; el protestantismo y los movimientos por él generados estaban pisando con fuerza con el objetivo de liberarse de los principios mantenidos en exclusiva por el Imperio español. En Europa, en los siglos XVI y XVII, “los españoles pisaron fuerte, a veces, demasiado fuerte, por todos los caminos europeos: trocaron la admiración por el orgullo, rezumaron soberbia y cada día se sintieron más dueños de sí mismos y más capaces de dictar a Europa las normas y directrices, de su vida espiritual. Y los europeos de más allá de las fronteras de España tascaron el freno con rabia, soportaron la superioridad española con saña, acumularon tesoros de resentimiento ante nuestra hegemonía y nos odiaron tanto como nos temieron, nos combatieron con astucias, injurias, calumnias y traiciones y se resistieron a admirar las creaciones de nuestra mente y de nuestro ingenio.”  Pero el enemigo ya estaba dentro.

Ya llevaban más de medio siglo enfrascados en una guerra sucia a la que España, más atenta al honor que a los resultados (y sus dirigentes más atentos a sus bolsillos), hacía caso omiso: la leyenda negra, creada y divulgada profusamente por sus enemigos, gracias al uso magistral de un elemento que antes no existía: la imprenta.

Con ella, novelistas mediocres difundían por doquier mentiras que presentaban como historia sobre el ser y actuar de los españoles; lanzaban injurias increíbles sobre la actuación de la Inquisición y sobre la conquista de América; hechos infames que aplicaban a España, que la caballerosidad española no podía entender ni por supuesto se planteaba contrarrestar por los mismos medios, que consideraba viles, y que en definitiva lo único que hacían era adjudicar a España las actuaciones llevadas a cabo por ellos mismos.

La crisis económica que agobiaba a España llevó al conde duque a buscar dinero en empréstitos de banqueros judíos portugueses, mediante la implantación de nuevas contribuciones y aún así, o gracias a ello, se llegó al extremo de la bancarrota del estado. Para procurar mantener el control de la economía nacional, el conde duque intentó la creación de un banco nacional, pero ninguna estratagema surtió efecto, ya que España sufrió la dura recesión económica que afectó a toda Europa.

El estado pagaba con promesas, con títulos, y “los banqueros se inquietaban, cansados de que les persuadieran para recibir juros en lugar de dinero en efectivo, y aumentaban constantemente la tasa de interés.”

Buscando fuentes de financiación que se prometían poco lesivas, don Gaspar se lanzó a poner en producción la minería explotada por el Imperio Romano, a lo que la sátira de Quevedo no quedó callada: “¡Qué morrillos no disparó como un trabuco, cuando vio tratar de descubrir minas! No sé si después que se formó la Junta sobre esto está más bien con el arbitrio, pero antes decía: «El intento más descubrirá necesidad que oro; tan gran monarquía no ha de mendigar el polvo de los ríos y examinar la menudencia de las arenas.» De segunda pedrada decía vuestra Excelencia que Tajo, Duero, Miño y Segre tienen oro en los poetas, como los cabellos de las mujeres, y que el que se halla es a propósito para hablillas, no para socorros; que no se había de admitir que diferentes vagamundos anduviesen sofaldando cerros.”

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