viernes, 8 de marzo de 2019

La guerra de los segadores (4)

La Monarquía, por el contrario, se encontraba doblemente acosada; por una parte tenía la obligación de defender las fronteras del Rosellón, que estaban siendo atacadas, y por otra parte no recibía apoyo de quién más directamente estaba siendo afectado, siendo que, además de no aportar efectivos, pretendía que quienes luchaban lo hiciesen sin provocar ninguna molestia. Difícil posición que merecía mejores árbitros de los que existieron. Lamentablemente ya no estaba Felipe II.



“El conde de Cerbellón, en cartas del 3, 5 y 22 de septiembre, notificaba al duque de Cardona que el francés prevenia 15.000 infantes y 2.000 caballos y le apremiaba a organizar con las gentes del Principado y Condados milicias que respaldaran la Facción y defendieran los otros puestos fronterizos. El Virrey, haciéndose eco de  Sus llamadas, suplico ahincadamente a los diputados y conselleres que procurasen la defensa de aquellos condados tan vivamente, que se conociera su vigilancia y atención considerando que sería ignominiosa la tibieza y inesperada la neutralidad y ejemplar de vituperio el no asistirles en ocasión tan fuerte”cuando con tantas armas forasteras y constantes gastos procuraba su Majestad oponerse a todo y defender sus reinos.”

Pero el Consejo de Ciento permanecía sordo, atento sólo al medro de sus componentes.

“Cuando el 14 de mayo de 1637 convocó el duque de Segorbe y Cardona a los consellers para consultar con ellos y con los diputados los medios de defensa contra las continuas provocaciones del francés (como la reciente de invadir Cerdeña), todos a una se ratificaron, y con ellos, posteriormente, los jurados del Consejo de Ciento, en el mismo deseo, celo y cuidado que tuvo y tiene la ciudad de Barcelona por la defensa del Principado por considerar que ante todo se acude con ello al servicio del Rey…/… (pero a la hora de la verdad) declararon los diputados que, salva su real clemencia, no podía el Soberano valerse de aquella constitución, cuando, como entonces, se hallaba ausente del principado de Cataluña”.

“Las operaciones militares se vieron seriamente dificultadas por las constantes disputas respecto al reclutamiento y al pago de las tropas en el principado y por las recriminaciones mutuas sobre las acusaciones castellanas de que las tropas catalanas protagonizaban una deserción a gran escala. La ineptitud militar aumentó aún más la confusión y Salces, después de haber sido perdido de forma infantil, fue recuperado de manera extraña, con un elevado coste en vidas catalanas. Sin embargo, lo cierto es que a consecuencia de esta campaña Cataluña había sido obligada a reclutar tropas, estas habían acudido al frente y un ejército real de 9.000 hombres permaneció acantonado en Cataluña durante el invierno como preparativo para la campaña de primavera de 1640. Inevitablemente, el ejército infringió las constituciones, que definían las obligaciones de los catalanes de otorgar alojamiento de tal forma que resultaban insuficientes para el mantenimiento mínimo de las tropas. A su vez, esto afectaba al comportamiento de la soldadesca, cuyos excesos no podía impedir el débil virrey Santa Coloma ni podían ser tolerados por los exasperados catalanes.”

La Diputación, que supuestamente era el guardián de los fueros y el representante del pueblo catalán, era en realidad una oligarquía corrupta que sólo servía a los intereses del sector aristocrático. “La Diputació era el centro de un movimiento antigubernamental protagonizado por nobles descontentos. Era también un poder financiero con el que había que contar, pues sus ingresos eran cuatro veces superiores a los de la administración real en Cataluña, y no era en modo alguno un secreto que sus miembros se llenaban los bolsillos con el importe de los impuestos que supuestamente administraban.”

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