jueves, 14 de marzo de 2019

Las Casas, un payaso al servicio de la Corona (4)

Con estas instrucciones, y tras haberse licenciado en derecho canónico, partió para su misión pasado por Puerto Rico, donde se encontró que los indios de Chiribichi y Maracapana habían dado muerte a los frailes que tenían allí establecido un convento.

 Embarcó en noviembre de 1520, dos años y medio después de su misión con los Jerónimos, con setenta labradores que debían completarse con otros cincuenta seleccionados de las Indias, llegando á Puerto Rico en febrero de 1521.
En agosto de 1521 llegaría a Cumaná para implantar su doctrina desde la desembocadura del río Orinoco hasta el Golfo de Maracaibo. La presencia española en el lugar se retrotraía hasta 1513, siendo que en el transcurso de esos años, la misión había sido destruida por los indios, y había sido vuelta a instaurar en 1515 por fray Pedro de Córdoba.
Pero las cosas no empezaron como el dominico había previsto, y sus tesis se enfrentaron con la negativa a apoyarle en los cambios que proponía por parte de los pocos españoles que encontró. Y es que, si las circunstancias eran penosas para los nativos, no eran mejores para los españoles, que por supuesto, si ya tenían pensado abandonar las Indias, veían reforzado su pensamiento si se aplicaban las reglas del dominico.

Las Casas no encontró esperándole a los «modestos e industriosos granjeros» que había traído de España para llevar a cabo su colonización, pues algunos de ellos habían muerto, otros se habían quedado sigilosamente en Puerto Rico y otros pocos se habían unido a Juan Ponce de León en un nuevo viaje a Florida y habían partido el 26 de febrero. (Thomas, el imperio español)

La experiencia tuvo un final poco acorde con las expectativas del dominico. La bondad natural del indio, base de los argumentos del fraile, no estaba en el espíritu de aquellos a quienes acudía a evangelizar. Los indios, caníbales, se habían sublevado y dado muerte a algunos misioneros. Las Casas se unió a una expedición militar de castigo. Mientras, los labradores se habían dispersado y ninguno quería quedarse.
Corría el año 1522. Amargado por la contrariedad, acabó ingresando en la Orden dominicana, en La Española, en septiembre de ese mismo año, profesando al año siguiente. Tenía cuarenta y ocho años.
Durante unos años, y como exigencia de la propia orden, permaneció en el convento, donde acabó adquiriendo grandes conocimientos de Teología, y dando forma a su producción literaria.
Con ese encargo principal, Las Casas escribió su Historia General de las Indias y su Apología o Declaración y defensa universal de los derechos del hombre y de los pueblos, que resulta un excelente tratado, y con la fe del nuevo converso que era, redactó un informe cargado de vaguedades e imprecisiones, su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, en el que relata una serie de horrores supuestamente cometidos por españoles, pero sin indicar nunca el momento y el lugar donde tuvieron ocasión esos supuestos actos; sin señalar si esas habían sus actuaciones durante el tiempo que él mismo había sido titular de encomiendas, dando la sensación que tal era el modo habitual de proceder de todos los españoles desplazados a las Indias.
Unos horrores que el dominico se encarga de ampliar de forma panfletaria, sin duda en el conocimiento de que sus exposiciones alarmarían sobremanera a una sociedad educada en el humanismo cristiano que, carente de otras noticias y dado a creer los relatos más estrambóticos (recordemos que un siglo después Cervantes arremetería contra las novelas de caballería), creería a pie juntillas un argumento medianamente bien hilvanado.
Inventa un genocidio indígena, que, conforme se avanza en la lectura de su obra se cobra un número diferente de víctimas. Al principio, doce millones de muertos, luego asciende el número a quince millones, y finalmente asegura que pudieron llegar hasta los veinticuatro millones.

Daremos por cuenta muy cierta y verdadera que son muertas en los dichos cuarenta años por las dichas tiranías e infernales obras de los cristianos, injusta y tiránicamente, más de doce cuentos  de ánimas, hombres y mujeres y niños; y en verdad que creo, sin pensar engañarme, que son más de quince cuentos. (Las Casas. Brevísima, Indias: 4)

Texto completo en http://www.cesareojarabo.es/2018/08/las-casas-un-payaso-al-servicio-de-la.html


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