sábado, 2 de marzo de 2019

Nada en común (XXI)

Sigue 1975

Franco estaba agonizante cuando Cesáreo llegó a Las Palmas. Era primeros de Noviembre cuando tras Vigo, recibió en Barcelona la notificación de nuevo destino. Sucedía que le ordenaban marchase de inmediato a Las Palmas.



Como su amigo Santiago trabajaba en la Compañía Transmediterránea, le pidió los billetes y el consejo. Fue rápida la decisión, y es que al día siguiente partía el “Ernesto Anastasio”; barco de carga que hacía escala en Valencia, Alicante, La Palma, Tenerife y Las Palmas, en cuyo trayecto tardaba siete días. Otra alternativa era el “JJ Sister”, que saliendo dos días después llegaba dos días antes.

Recibió un trato extraordinario en el barco, donde topó con la fauna más extraña que pudiera imaginarse. Gente rara, recordaba. Viaje extraordinario, tranquilo y cómodo, con turismo incluido.

Para evitar problemas, los libros de lectura que llevó Cesáreo a Las Palmas eran “El Nuevo Testamento” y “La Ciudad de Dios”, de San Agustín.

Relativamente pronto acabó con éstas lecturas, y como iba decidido a no meterse en follones, optó por la lectura generalizada, Marcial Lafuente Estefanía, pero esa afición duró poco, y pasó a lecturas más acordes con su espíritu.

Sin embargo, durante las guardias tenía muy pocas posibilidades de lectura. La Marcha Verde no era ninguna broma, y los moros estaban ahí... y para eso había pedido voluntariamente este destino.

No obstante, no fue destacado en El Aaiun, sino que permaneció en Las Palmas. El trabajo era frenético. Los teletipistas sólo tenían la obligación de permanecer en su puesto durante las guardias, pero la verdad era que otros compañeros, y por supuesto Cesáreo, doblaban guardias de manera voluntaria. A Cesáreo no le costaba mucho hacerlo, porque conoció tantos arrestos como permisos para exámenes. Más o menos, una tercera parte de arrestos, una tercera parte de permisos y una tercera parte de mili normal.

Marruecos amenazaba con la invasión del Sahara con una marcha que, anunciaban estaría compuesta por 350.000 desarrapados. La ONU y los EE UU respaldaban las actuaciones del tirano marroquí, mientras el gobierno del Príncipe pactaba a espaldas del pueblo español y del pueblo saharaui la venta del territorio a su “hermano” marroquí.

José Solís Ruiz, “La sonrisa del régimen”, a la sazón ministro secretario general del Movimiento, fue el encargado por parte de la Regencia para llevar a efecto la venta del Sahara. El 22 de Octubre, tras dos entrevistas con Hassan II, declaraba que habían dejado abiertas las puertas para posteriores conversaciones. No cabía duda, la venta estaba pactada entre el gobierno de la Regencia y el invasor marroquí. Sólo había que esperar la muerte de Franco para perfeccionar el trato.

Todo lo demás, pura pantomima. Quienes fueron voluntarios a defender unos valores, verían traicionada su entrega; tan traicionada como los propios saharauis, que se manifestaban dispuestos a defender su territorio.

Alrededor del Sahara, en territorio marroquí, se concentraban multitudes de desarrapados procedentes de todo el mundo árabe, mientras Solís anunciaba que las conversaciones con Marruecos llevaban buen camino, y el hermano marroquí del por entonces príncipe de España por la gracia de Franco, exigía vasallaje a los habitantes del Sahara. Franco, mientras, se encontraba clínicamente muerto.

Por su parte, delegados del frente Polisario llevaban a cabo conversaciones tendentes a que la venta no se llevase a efecto. Cesáreo, en Las Palmas, también mantuvo algún contacto, en el convencimiento de que el Ejército Español no dejaría en la estacada al pueblo saharaui.

El 6 de Noviembre comenzó la Marcha Verde, la presupuestada invasión del Sahara por parte de Marruecos que venía anunciándose meses atrás con el objeto de amedrentar al gobierno español, y a la que se unían “intelectuales” agarenos de otros lugares; centenares de miles de desarrapados dispuestos a tomar un territorio que jamás debió caer en su poder.
El Ejército español, al mando del general Gómez de Salazar minó el territorio fronterizo, y manifestó que tras las medidas disuasorias, dispararía si fuese preciso, al tiempo que en El Aaiun se manifestaba la población saharaui en defensa de su independencia. Pedía a España que cumpliese con su obligación. Pero España ya estaba en manos de sus enemigos; de los enemigos del pueblo saharaui, y de los enemigos de España.

El catorce de noviembre, el gobierno de J. Carlos hizo una declaración en la que entregaba el Sahara a Marruecos.

Llegó el 20 de Noviembre, cuatro y media de la madrugada. Cesáreo estaba de guardia, y los teletipos comenzaron a funcionar de manera frenética. La duda pasó por la cabeza de los que estaban de guardia. ¿Sería algo del Sahara?

Era la notificación de la muerte del Caudillo. Una fotografía hecha con teletipo se plasmaba sobre el papel. Cesáreo cortó la cinta de teletipo. ¡Cuántas veces se habrá arrepentido de este acto reflejo! Tuvo un documento histórico en las manos, que podía haber hecho propio, y lo destruyó.

A partir de aquel momento comenzó uno de los momentos más tristes de la historia de España. Cesáreo no sintió la muerte de Franco; es más, confió que con la misma llegaría para España el momento del resurgir. ¡Qué error!

Centenares de miles de españoles despidieron emocionadamente a Franco. Cesáreo no logró entender el hecho hasta décadas después.

Juan Carlos de Borbón I, ese ser creado a espaldas de España, pronunció un discurso tras el juramento como rey, que nada aportaba al entendimiento de lo que maquinaba sobre España. Marcaba  a Franco como fundamental “para entender la clave de nuestra vida política contemporánea”.

Para las Fuerzas Armadas, la ambigüedad: “deben tener la eficacia y la potencia que requiere nuestro pueblo”. Naturalmente, todo dependía del sentido que se le quisiese dar al pueblo.

También manifestó que quería restaurar “la integridad territorial de nuestro solar patrio”, con clara referencia a Gibraltar.

Bien, quién quiso entender las palabras con esperanza, vería truncada la misma. No era eso lo que el Borbón pretendía para España.

Los buitres comenzaron su labor. José Solís, encargado por quién ya era rey, se desplazó a Marruecos para tratar la venta del Sahara Occidental. El dieciocho de Noviembre, dos días antes de la muerte de Franco, se trataba el asunto del Sahara en la ONU; España se comprometía a abandonar el territorio antes del día veintiocho de Febrero de 1976. Jaime de Piniés, embajador de España ante la ONU, hizo referencia a Gibraltar. Puro trámite.

Ya no había Marcha Verde. Ahora comenzaba la evacuación del Sahara; una de las páginas más vergonzosas de la historia de España. No cabía duda, había llegado la primera base de la democracia, que sólo tiene parangón con la asonada árabe del 711.

Continuaba el trabajo. Ya era manifiesto que el ambiente de guerra que vivía la ciudad de Las Palmas, con la infantería de marina preparada para entrar en acción en cualquier momento, iba a acabar en breve, y así sucedió.

La indignación era general, desde el almirante jefe de la Zona Marítima de Canarias hasta el último marinero. Todos se sentían traicionados.

Cesáreo tomó contacto con representantes del Frente Polisario. Con ellos mantuvo varias reuniones encaminadas a conseguir no sabían qué. La triste realidad fue que no consiguieron nada.

Las tropas españolas en el Sahara se replegaron ante la triste mirada de los saharauis, que veían cómo el enemigo marroquí esperaba en la frontera que el último soldado español embarcase para lanzarse como buitres sobre el territorio y las personas recién compradas.
Cesáreo recibió el último parte emitido por radio desde el Sahara. El general Gómez de Salazar se puso al micrófono y reclamó la presencia del Almirante.

El cuadro que presentaba el centro de transmisiones de la Comandancia General era tétrico. El general Gómez lloraba, se lamentaba de la situación en que se encontraba y que condenaba a España a uno de los más tristes papeles en la historia. Vencida y sin haber presentado batalla, y el pueblo sahariano, al albur de su enemigo.

Los soldados españoles, tras destruir las infraestructuras de Villa Cisneros, entregaron armas y pertrechos al pueblo que, indefenso, abandonado miserablemente por quién tenía la obligación moral de defenderlo, aguardaba la invasión de su peor enemigo.

Página cerrada para la incipiente democracia española. Todo lo quedaba por hacer se tramitaría en la sordidez de los despachos diplomáticos. Y la mancha sobre España perduraría por los siglos de los siglos.

Evidentemente, no había sido España la culpable de la situación, sino la corona y los políticos. Con ese acto marcaron lo que tenían previsto realizar con España. Tarde o temprano lo conseguirían.

Al releer el primer mensaje de Juan Carlos de Borbón como rey impuesto por Francisco Franco, no puede el lector hacer otra cosa que ruborizarse. ¿Habrá vuelto a leerlo quién lo pronunció el 22 de noviembre de 1975? “La corona entiende como un deber el reconocimiento y la tutela de los valores del espíritu”.

Todo lo planteado en el discurso como esencial fue metódicamente combatido y aniquilado por los sucesivos gobiernos de la monarquía. El muerto al hoyo, y el vivo al bollo.

Las muestras de dolor por la muerte del caudillo fueron impresionantes. No obstante, con el cadáver aún caliente, el 29 de Diciembre, la revista Cambio 16, que en la feroz censura del régimen fenecido se permitía atacar lo que le placía, publicaba un editorial que con el título “Feliz año libre” reclamaba enterrar por fin una guerra civil que sólo ellos mantenían viva, en su revanchismo.

En el primer gobierno de la Monarquía entraron como ministros personajes como Manuel Fraga, en Gobernación; Areilza, en Asuntos Exteriores, y Antonio Garrigues, en Justicia, todos estaban comprometidos con intereses extranjeros como la United States Steel, IBM, Rank Xerox o General Electric, pero quien acabaría siendo definitivo fue Torcuato Fernández Miranda, que nombrado presidente de las Cortes, acabaría siendo el verdugo de las mismas.

El 20 de Diciembre se arría por última vez la bandera de España en el Sahara. La primera medida de la monarquía, la primera medida de los co-artífices de la democracia fue el desentendimiento de un pueblo que había estado ligado a España; preámbulo de lo que con los años haría con el propio pueblo español.

Paros, manifestaciones convocadas por todos los partidos democráticos al alimón con la ETA, huelgas, atentados, secuestros, permitían que “El Correo Catalán” titulase el 18 de enero. “AYER, UN DIA ALGO MENOS CONFLICTIVO”.

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