viernes, 19 de abril de 2019

1898, LA GUERRA EN FILIPINAS (7)

Si la actuación en las Antillas resultó inexplicable, inexplicable resultó también en Filipinas.

Nadie se explicaba en Manila, ni se explica ahora en España. cómo no se dio a dichos destacamentos órdenes preventivas para que pudieran replegarse en determinadas circunstancias que se veían llegar por todos. (Isern 1899: 303)



Esta imprevisión había producido en quince días los siguientes resultados, según carta del abogado separatista Felipe Buencamino á D. Pedro A. Paterno: «En menos de quince días tenemos 3.500 prisioneros españoles en nuestro poder, de los cuales hay un general de brigada, el Sr. Peña, dos coroneles, varios tenientes coroneles, otros jefes y oficiales, además de los gobernadores de Bataán y Batangas, los empleados de estas provincias y sus familias. (Isern 1899: 304)

Esta actitud, que en su momento fue calificada de imprevisión, y que a la luz de la historia crítica se nos rebela con alguna posibilidad de traición, se veía agravada por el resultado de las iniciativas tomadas por el mando militar que, como hemos visto en otro lugar, daba cancha y armamento a los separatistas.
La política de buenismo aplicada daba pie a que la confianza de los elementos separatistas se impusiese, generando con ello el derrotismo en aquellos que creían todavía en el destino universal de la Patria. Con este clima, creado artificialmente,

Hubo capitanes del Ejército, de origen filipino ciertamente, que se pasaron al enemigo, y una porción de tenientes y sargentos que les siguieron; hubo pequeños destacamentos, como el de Biacnabató y el de Balinag, que se entregaron sin disparar un tiro; hubo destacamentos como los de Benguet, Cervantes y Bontoc que lucharon hasta consumir el repuesto que tenían de víveres y municiones, y alguno, como el de Baler, que sea cual fuere la causa íntima de la resistencia, pues en esto se dan opiniones encontradas, ha llevado el heroísmo a extremos dignos de toda suerte de elogios. (Isern 1899: 305)

Pero esa política de buenismo no se limitaba a los soldados, sino que inundaba todo el espíritu nacional. La cita anterior es muestra de lo referido. El mismo Damián Isern, que se esfuerza en señalar el origen filipino, ciertamente, de los capitanes del ejército que desertaron, no duda en señalar poco después que

Hubo comerciantes peninsulares en Bambán que se ofrecieron a los insurrectos apenas el general Monet abandonó á San Fernando de la Pampanga; hubo médicos titulares españoles, excepciones de la regla, que se adhirieron á la sublevación así que la vieron triunfante; hubo gobernadores civiles que asistieron con sus familias á. las fiestas, y tomaron parte en los bailes con que los jefes insurrectos celebraban su triunfo sobre las armas españolas; hubo funcionarios públicos que, en cuanto vieron á los tagalos camino del triunfo, colocaron la escarapela tricolor en su sombrero y se pusieron al servicio de aquéllos; hubo hijos de un titulo de Castilla, que en el ataque de la población en que residían, por las fuerzas del cabecilla Macabulos, estuvieron con los rebeldes contra nuestros soldados, y un titulo de Castilla, padre de aquellos hijos, que abandonó el pueblo, antes del ataque, sabiendo que éste iba á intentarse, sin comunicarlo á las autoridades ni á la colonia peninsular. ¡Acababa de obtener de nuestro Gobierno un ascenso de dos mil reales en su carrera de funcionario público ¡Podrían citarse, por desgracia, no pocos casos tan elocuentes como los que se acaban de indicar. (Isern 1899: 443)

No se trataba, así, de un movimiento que se circunscribiese a las expectativas de una ideología liberadora, sino, bien al contrario, de un movimiento egoísta, mercantilista, que no conocía de libertad sino de principios contrarios a lo que históricamente ha significado España.
Se pretendía disociar lo filipino de lo hispánico, representando lo hispánico los principios humanistas y lo filipino… nada, porque frente a lo hispánico lo único que imperaba era el mercantilismo británico.

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