miércoles, 3 de abril de 2019

Sobre la herejía (21)

Nicea y el III concilio de Toledo

El año 409 irrumpieron en Hispania varios pueblos bárbaros y, tras ellos los también bárbaros visigodos. Todos practicaban el arrianismo, que se mantendría como minoría dominante hasta la ascensión de Recaredo, que se convirtió, y con él todos los visigodos, al catolicismo.



Poco antes, su padre Leovigildo intentó la unidad religiosa en el arrianismo. La tentativa de unificación religiosa de Leovigildo resulta, pese a su fracaso, un claro exponente de la importancia decisiva que el monarca visigodo atribuía a la unidad religiosa, para el logro de una vigorosa unidad nacional. Importa advertir que tal fue la opinión dominante durante muchos siglos entre los hispanos; y recordar también que el primer intento de unidad confesional, surgido tras la constitución de España como entidad política independiente, fue un intento de unidad arriano-tardía, no de unidad católica. Esta llegó después, de acuerdo con una providencial lógica de la historia, y fue la unidad religiosa destinada a configurar durante catorce siglos el talante y el horizonte espiritual del pueblo español.156

El primer concilio de Toledo se abrió con estas palabras de Patruino, obispo de Mérida: «Como cada uno de nosotros ha comenzado a hacer en su iglesia cosas diversas, y de aquí han procedido tantos escándalos que llegan hasta el cisma, decretemos, si os place, la norma que han de seguir los obispos en la ordenación de los clérigos. Yo opino que deberíamos guardar perpetuamente las constituciones del concilio Niceno y no
apartarnos de ellas jamás». Y respondieron los obispos: «Así nos place; y sea excomulgado todo el que obre contra lo prevenido en los cánones de Nicea» . Nótese bien: en los Cánones de Nicea, en la disciplina universal (católica) de Oriente y de Occidente; porque la Iglesia española, fiel a las tradiciones del grande Osio, nunca aspiró a esa independencia semicismática. En el mismo concilio se dictó la Assertio fidei contra priscillianistas, 157 Es de suponer que no hicieron lo mismo con el arrianismo porque los visigodos, gobernantes de España, eran arrianos, pero
proclamaron el Credo niceno: «Creemos en un solo y verdadero Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Hacedor de todas las cosas visibles e invisibles, del cielo y de la tierra. Creemos que hay un solo Dios, y una Trinidad de la sustancia divina; que el Padre no es el Hijo; que el Hijo no es el Padre, pero el Hijo de Dios es de la naturaleza del Padre; que el Espíritu Santo, el Paráclito, no es el Hijo ni el Padre, pero precede del Padre y del Hijo. Es, pues, no engendrado el Padre, engendrado el Hijo, no engendrado el Espíritu Santo, pero procedente del Padre y del Hijo. El Padre es aquél cuya voz se oyó en los cielos: Éste es mi hijo amado, en quien tengo todas mis complacencias: oídle a Él. El Hijo es aquél que decía: Yo procedí del Padre y vine de Dios a este mundo. El Paráclito es el Espíritu Santo, de quien habló el Hijo: Si yo no tornare al Padre, no vendrá el Espíritu. Afirmamos esta Trinidad distinta en personas, una en sustancia, indivisible y sin diferencia en virtud, poder y majestad.

Fuera de ésta, no admitimos otra naturaleza divina, ni de ángel ni de espíritu, ni de ninguna virtud o fuerza que digan ser Dios. Creemos que el Hijo de Dios, Dios nacido del Padre antes de todo principio, santificó las entrañas de la Virgen María, y de ella tomó, sin obra de varón, verdadero cuerpo, no imaginario ni fantástico, sino sólido y verdadero. Creemos que dos naturalezas, es a saber, la divina y la humana, concurrieron en una sola persona. que fue Nuestro Señor Jesucristo, el cual tuvo hambre y sed, y dolor y llanto, y sufrió todas las molestias corporales, hasta que fue
crucificado por los judíos y sepultado, y resucitó al tercero día. Y conversó después con sus discípulos, y cuarenta días después de la resurrección subió a los cielos. A este Hijo del hombre le llamamos también Hijo de Dios, e Hijo de Dios y del hombre juntamente.

Creemos en la futura resurrección de la carne, y decimos que el alma del hombre no es de la sustancia divina ni emanada de Dios Padre, sino hechura de Dios creada por su libre voluntad . Si alguno dijere o creyere que el mundo no fue creado por Dios omnipotente, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que el Padre es el Hijo o el Espíritu Santo, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que el Hijo es el Padre o el Espíritu Santo, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que el Espíritu Santo es el Padre o el Hijo, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que el Hijo de Dios tomó
solamente carne y no alma humana, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que Cristo no pudo nacer, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que la divinidad de Cristo fue convertible y pasible, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que es uno el Dios de la Ley Antigua y otro el del Evangelio, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que este mundo fue hecho por otro Dios que aquél de quien está escrito: En el principio creó
Dios el cielo y la tierra, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que los cuerpos humanos no resucitarán después de la muerte, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que el alma humana es una parte de Dios o de la sustancia de Dios, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que han de recibirse y venerarse otras Escrituras fuera de las que tiene y venera la Iglesia católica, sea anatema. Si alguno dijere que la divinidad y la humanidad forman una sola naturaleza en Cristo, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que fuera de la Trinidad puede extenderse la esencia divina, sea anatema. Si alguno da crédito a la astrología o a la ciencia de los caldeos, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que es execrable el matrimonio celebrado conforme a la ley divina, sea anatema. Si alguno dijere o creyere que las carnes de las aves y de los pescados que nos han sido concedidos para alimento son execrables, sea anatema. Si alguno sigue en estos errores a Prisciliano y, después de haber sido bautizado, cree algo contra la Sede de San Pedro, sea anatema.» 158

El III Concilio de Toledo, a juicio de Juan de Bíclaro, tuvo inmensa trascendencia puesto que, no sólo solemnizó la conversión de los Godos de España, sino que vino a cerrar el ciclo vital de la herejía arriana en la historia del Cristianismo.159

Nicea y Toledo serían así los dos concilios que marcaron el orto y el ocaso de la herejía: «Y así como en la ciudad de Nicea –sigue la Crónica– tuvo su comienzo la herejía arriana y fue condenada, aunque no se extirparan sus raíces... en el reciente santo sínodo Toledano la perfidia de Arrio, tras prolongados sacrificios de cristianos y estragos de inocentes, ha sido cortada de raíz».160



Notas:

156 EL SIGNIFICADO DEL CONCILIO III DE TOLEDO EN LA HISTORIA HISPÁNICA Y
UNIVERSAL. José Orlandis Rovira* REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS
CAÍDOS Nº 111 – Enero de 2007 (Extraordinario)
157 Historia de los heterodoxos españoles. Marcelino Menéndez Pelayo
http://www.filosofia.org/aut/mmp/hhein1.htm
158 Historia de los heterodoxos españoles. Marcelino Menéndez Pelayo
http://www.filosofia.org/aut/mmp/hhein1.htm
159 EL SIGNIFICADO DEL CONCILIO III DE TOLEDO EN LA HISTORIA HISPÁNICA Y
UNIVERSAL. José Orlandis Rovira* REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS
CAÍDOS Nº 111 – Enero de 2007 (Extraordinario)
160 EL SIGNIFICADO DEL CONCILIO III DE TOLEDO EN LA HISTORIA HISPÁNICA Y
UNIVERSAL. José Orlandis Rovira* REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS
CAÍDOS Nº 111 – Enero de 2007 (Extraordinario)

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