miércoles, 29 de mayo de 2019

EL ANEXIONISMO ANGLO USENSE (XIII)

A partir de este momento, quién llevó las riendas de los acontecimientos no andaba lejos del Reino Unido de la Gran Bretaña. Ella sería quién marcaría los pasos. Así, en mayo, una vez derrotada en Cavite la escuadra española la diplomacia británica dará a entender claramente al Gobierno de Washington su deseo de que sean los Estados Unidos quien subroguen a España en el dominio de las Filipinas. (Jover 2006)



El resultado finalmente obtenido no dejó de sorprender a casi todos. El primer sorprendido fue el pueblo español, que asistía atónito a lo que acababa de ocurrir y parecía despertar del sueño de décadas en que había sido sumido por los propios gobernantes que habían gestado la situación. Pero también se sorprendieron los propios usenses, que no creían posible que España acabase sumiéndose en una guerra que, dadas las circunstancias, tenía perdida.

el gobierno de Mc Kinley jamás creyó que España se lanzara una guerra cuyos resultados debían ser desastrosos para ella. El hecho de que España haya preferido la guerra a la humillación, ha sido incomprensible para un pueblo de negociantes como lo es el que nos avecina por el Norte…/… Es inconcebible para el yankee que haya defendido su honra el español, porque el egoísmo caracteriza al primero y el altruismo al segundo, porque el primero es frió y calculador y no se mete en cuestiones, a no ser que todas las ventajas estén de su parte.  (Aragón 1898: 9)

Quienes no se sorprendieron, sin lugar a dudas, fueron los militares españoles, conocedores de la realidad que vivían, y por supuesto los políticos españoles, que forzaron la situación para justificarse ante un pueblo que, a poco que escarbase en su actuación, acabaría comprendiendo que aquellos eran miembros necesarios de una conspiración urdida contra España.
Pero, ¿realmente se hacía necesario provocar ese desastre humano y material? Los políticos debían creer que sí, pero en vistas de la nula reacción del pueblo español, manifestada ya durante todo el siglo XIX, podemos deducir que tampoco en ese aspecto conocen al pueblo español, que ya había devenido en un pueblo de capones incapaz de sacudirse los parásitos que sin solución de continuidad habían extirpado de este pueblo todas las virtudes que lo hicieron grande y en otros tiempos le hicieron ser abanderado de la libertad y de la justicia. Ya se trataba de un pueblo de esclavos que, por lo menos durante los ciento veinte años siguientes continuarían siendo títeres en manos de los tiranos.
Quien lo tenía meridianamente claro era Inglaterra. Tan era así que, sin rubor, Lord Salisbury, en mayo de 1898 aludía a “las naciones moribundas”, es decir las naciones latinas destinadas a ser colonizadas por “las naciones vivas” como las anglosajonas.
Ya sólo quedaba el reparto de los despojos. El veintisiete de agosto, en Filipinas, el general usense T.V. Greene enviaba un memorándum en el que, entre otras cosas señalaba:

Los principales intereses extranjeros aquí son británicos, y éstos están unánimemente en favor de la ocupación americana, habiendo enviado ya un memorial a su Gobierno para que influya en ese sentido, pues consideran esa ocupación el único medio de proteger sus vidas y sus haciendas. (Soto 1922: 165)

El cuatro de julio de 1898, cuando se tienen noticias del desastre sufrido por la armada del almirante Cervera el día anterior,

se plantea el problema específicamente europeo –al que Gran Bretaña, por razones obvias, se manifiesta especialmente sensible– de la garantía territorial de la metrópoli y de sus islas adyacentes. Se trataba de incorporar al derecho internacional vigente el principio de que la ‘cuestión española’, tras la transferencia de las islas y archipiélagos de ultramar, quedaba cerrada. Sólo que para ello era preciso que la España peninsular, las Baleares y Canarias, las plazas de soberanía en África del Norte y las restantes islas y enclaves africanos quedaran respaldadas por algún tipo de garantía internacional. En suma: una garantía para los residuos de la redistribución. (Jover 2006)

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