sábado, 4 de mayo de 2019

El conde-duque de Olivares (6)

Sin embargo, a pesar de la terrible crisis, “entre 1618 y 1640, en un período de pavorosas dificultades financieras, España destinó fondos sustanciales a la guerra en Alemania.”



La única solución para tantas dificultades la encontró en la devaluación de la moneda. “En los primeros cinco años de su reinado lanzaronse emisiones enormes de vellón, cuyo valor estuvo, en adelante, sometido a las oscilaciones más bruscas y descabelladas. En 1628, el valor del vellón fue reducido al 50 por 100. En 1638 se ordenó la reestampación del vellón al triple de su tarifa en las Casas de la Moneda. En 1641, a consecuencia de las revoluciones de Portugal y Cataluña, se hizo una nueva reestampación al doble de su valor. Pero al año siguiente, 1642, el Gobierno tuvo que hacer una deflación, rebajando el valor de las piezas de 12 y 8 maravedíes a 2 maravedíes; las de 6 y 4 maravedíes, a 1 maravedí, y las de 1, a medio maravedí (o «blanca»).”

Pero si tomó medidas para controlar los excesos que habían hecho otros, por su parte realizó dispendios que, como poco, podían ponerse a la altura de lo que estaba castigando. No es asunto menor la construcción del palacio del Buen Retiro en unos momentos en que la crisis económica estaba acogotando el estado, ni las fiestas y saraos que gustaba organizar por los más fútiles motivos. “Uno de los espectáculos de recreo que más en boga se pusieron en este reinado, además de las cañas y toros, y de los bailes y mascaradas, y otras mojigangas y farsas, fueron las comedias, que casi proscritas en los anteriores reinados, se hicieron en éste la diversión favorita del rey, de la corte y del pueblo. Así es que prosperó el arte de una manera maravillosa, dedicándose a la composición dramática los caballeros principales, y aún se sabe que el rey mismo hizo sus ensayos de autor.
Representabanse comedias, no sólo en los coliseos, que llamaban entonces corrales, no sólo en palacio y en las casas de los grandes, sino en las calles y en las plazas, y hasta en los conventos, bajo la forma de autos sacramentales. Los caballeros cortesanos, sin exceptuar al mismo rey don Felipe, solían encontrarse en los aposentos de los cómicos y en amistosa familiaridad con ellos.
Partía el ejemplo del rey; y de estos tratos familiares y desdorosos del monarca español con una de las cómicas más aplaudidas, llamada María Calderón, resultó venir al mundo el hijo bastardo del rey, a quien como al ilustre bastardo de Carlos V, se puso el nombre de don Juan de Austria.”

Y es que, por encima de las necesidades nacionales, parecía el conde duque la mixtificación del ególatra. “El ansia de mandar y de grandeza adquirió en él formas delirantes, a veces de extravagante aparato, a veces trágicas. Entre las primeras citaremos la solemnidad de que rodeaba a su persona, cuando aparecía en público, en contraste con la austeridad de su vida privada. Durante su estancia en Zaragoza, en 1642, salía, por ejemplo, «dos veces al día a pasear por la ciudad y por el campo, acompañado de doce coches y de cuatrocientos hombres armados, unos a pie y otros a caballo»”

Mixtificación que no se quedaba en los alardes de fiestas, suntuosos palacios y estrambóticos paseos. Aprovechaba cualquier circunstancia, como en el caso del sitio de Fuenterrabía, que finalmente, y gracias sobre todo a la actuación de su población, y a pesar de la lenta actuación de la administración, resultó una sonada victoria sobre el invasor francés, para acumular títulos y triunfos. Fue el de Fuenterrabía, al cabo, su último gran lucimiento; el apogeo de su poder, siendo que, a partir de este acontecimiento, sucedido en 1638, comenzaría su ruina… y la de España.

El conde-duque hizo que se le concediese a él y a sus sucesores, la entrega anual de una copa de oro por haber evitado el levantamiento de Portugal. Junto a este decreto, le fue concedida una renta de 2000 ducados, 1000 vasallos en Sevilla, equivalente a 50.000 ducados; la alcaidía de Fuenterrabía, con 300.000 maravedis de sueldo, la tesorería general de la corona de Aragón.

Estos excesos, que llamaban la atención por la actuación tenida con los administradores del reinado anterior provocaban gran malestar en el pueblo que respondía con coplillas y poemas. Pero el valido, no dudaba en cortar tales atrevimientos. Como respuesta a un poema de Quevedo, fue éste tomado preso en 1639, y confinado, según relata el mismo, a una celda insalubre. Mientras, el pueblo llamaba a Felipe IV “el hoyo”, que se hace más grande cuanta más tierra le quitan.

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