miércoles, 8 de mayo de 2019

La guerra de los segadores (5)

La actitud de la Monarquía pretendía ser contundente, pero se limitaba a exabruptos sin consecuencia; así se emitió una  orden del rey al respecto que no sería cumplida en el sentido de que: “En el caso que halléis en los funcionarios resistencia o tibieza en ejecutar mis órdenes, es mi intención que procedáis contra los que no os ayuden en una ocasión en que se trata de mi mayor servicio... Haced prender, si os parece, algunos de esos funcionarios, quitadles la administración de los caudales públicos, que se emplearán en las necesidades del ejército y confiscadles los bienes a dos o tres de los más culpables, a fin de aterrorizar la provincia. Bueno será que haya algún castigo ejemplar.”



Olivares, exasperado por la situación, expresó “Que se ha de mirar si la constitución dijo esto, o aquello, y el usaje, cuando se trata de la suprema ley, que es la propia conservación de la provincia ... Los catalanes han menester ver más mundo que Cataluña.»115 Ordenó que se tomaran medidas más firmes respecto al alojamiento y al pago de las tropas en Cataluña, así como para un nuevo reclutamiento. Un miembro de la Diputació y dos miembros del consejo de la ciudad de Barcelona fueron encarcelados y se hicieron preparativos para implicar a Cataluña inevitablemente en la campaña de 1640. No había malicia alguna en la política del conde-duque, que lejos de intentar provocar la rebelión de los catalanes, creía que eran leales.”

A principios de 1639 las cortes catalanas nuevamente se negaron a facilitar 16.000 soldados y 250.000 libras que reclamaba Olivares para defender el territorio catalán. Para suplir esta colaboración debieron acudir soldados de los reinos de Castilla, Portugal, Aragón y Nápoles, más soldados valones e irlandeses, que debían ser alojados en las viviendas particulares conforme a la costumbre.

Esta situación exasperaba a los combatientes que debían acudir a solventar la papeleta, que se encontraban enemigos donde supuestamente debían encontrar aliados. “Los coroneles Moles y Arce, que con sus tercios se acercaron al Rosellón para estar más seguros, permitieron a sus soldados saquear los pueblos por donde pasaban, y vengabanse de los ultrajes que habían recibido consintiendo o disimulando que su gente apuñalara o ahorcara los paisanos que cogía. Con esto las armas del rey acababan de hacerse odiosas, y la irritación del paisanaje no conocía ya medida.”

“En las poblaciones subalternas los curas y frailes desde los púlpitos en acalorados sermones y so pretexto de celo por la religión y por la gloria de Dios, no cesaban de instigar y excitar al pueblo a que no permitiera la violación de sus fueros y libertades, convirtiendo así la cátedra del Espíritu Santo en tribuna de revolución. Agregóse a esto que el obispo de Gerona, indignado de los escándalos cometidos por los soldados de los tercios de Arce y Moles, excomulgó aquellos regimientos tratándolos como herejes. Hecha así la causa popular causa de religión, ya no sólo la gente inquieta y revoltosa sino hasta la más pacífica y menos acalorada se creyó en el caso de vengar en las tropas reales la religión ultrajada; a tal punto que levantaron pendones negros en señal de tristeza, llevando en ellos pintada la imagen del Crucificado, con inscripciones y alegorías alusivas a los sucesos y a la situación de Cataluña. No fueron mejor acogidas en Perpiñán las tropas que en medio de mil trabajos y peligros lograron pasar al Rosellón con objeto de emprender allí la segunda campaña contra los franceses. Negóse la ciudad a darles ni alojamientos ni cuarteles, alegando sus privilegios y fueros. Inútiles fueron, primero las razones y después las amenazas del general marqués de Xeli y del gobernador del castillo don Martín de los Arcos. Obstinados los habitantes, cerraronles las puertas y se presentaron a resistirles en el caso de ser acometidos.”

Por supuesto, nada de esto pasaba desapercibido al cardenal Richelieu, que contaba con valiosos generales, entre ellos Luis de Borbón, príncipe de Condé, que había sido derrotado en Fuenterrabía y posteriormente, con el conflicto de la Fronda pasaría al servicio de España. Mientras tanto, “interesado el príncipe de Condé en vengar el infortunio y lavar la afrenta recibida en septiembre de 1638 delante de Fuenterrabía, encargado, como dijimos, por Richelieu de invadir el Rosellón, aprestóse a ello con cuantas fuerzas las atenciones de otras partes permitieron a la corte de Francia suministrarle. En vano el conde de Santa Coloma, virrey y capitán general de Cataluña, observando los movimientos de los franceses, avisaba de ellos y pedía que se abastecieran y guarnecieran convenientemente las plazas del Principado y del Rosellón, de las cuales algunas, como Salces, se hallaban defendidas por poca gente y bisoña, mandada por un gobernador achacoso y anciano. El conde-duque de Olivares, o por indolencia, o por antiguo resentimiento de los catalanes, no hizo gran cuenta de los avisos de Santa Coloma. Así, apenas el ejército francés se puso en marcha desde Narbona (mayo, 1639), los españoles abandonaban los fortines y se retiraban a Perpiñán.”

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