viernes, 7 de junio de 2019

EL TRATADO DE PARÍS: UNA RENDICIÓN HUMILLANTE (2)

El 1 de octubre de 1898 se celebró en París la primera reunión de las conversaciones de paz que culminarían en el conocido como Tratado de París. A la misma asistieron, por parte de los EE.UU, el ex secretario de estado William Pt. Day, el Ex-Ministro americano en París, Key, y los senadores Davis, Fry y Gay. Representaban a España Eugenio Montoro Ríos, Presidente del Senado y Ex-Ministro de la Corona; Buenaventura Avarzuza, Ministro de la Corona; José Garrique y Díaz, Magistrado del Tribunal Supremo, Wenceslao Ramírez de Villa-Urrutia, Representante ordinario y Ministro Plenipotenciario en Bélgica, y  Rafael Cerero y Sáenz, general de división y comandante en jefe de ingenieros del primer puerto de la armada.



El 3 de octubre, en la segunda conferencia, EE UU exigió que España abandonase la soberanía de Cuba, Puerto Rico  y las otras islas bajo soberanía en la Indias Occidentales, así como la isla de Guam en el Archipiélago de las Ladrones. El gobierno de la monarquía imperante en España hizo una contraoferta, dando Puerto Rico como pago por los gastos de guerra usenses, siendo aceptado ese extremo. Puerto Rico pasaba legalmente de provincia libre española a colonia usense. Sería la primera cesión sin contrapartida de este “tratado”.
El 27 de octubre, la comisión española estuvo a punto de abandonar las conversaciones de París, mientras en la península, el malestar tomaba cuerpo en una nueva intentona carlista. Pero, ¿existía alguna posibilidad cuando la misma dependía de unos empréstitos procedentes de la banca británica? Manifiestamente no. Por eso, por la dependencia británica de la que no sólo eran deudores la monarquía y el gobierno, sino también el pretendiente carlista, ni la acción de los representantes españoles en las conversaciones de París pasó de ser una pose, ni pasó de ser una pose la supuesta intentona carlista. Acciones ambas encaminadas a mantener en el pueblo español un sueño opiáceo, en un engaño eterno que lo mantuviese sumiso e inoperativo ante el descuartizamiento del que venía siendo objeto durante todo el siglo XIX… y preparándolo en amodorramiento para que sus verdugos pudiesen seguir descuartizando hasta que se cansasen.

En medio de esa tragicomedia letal que ya duraba un siglo; pronto llegarían a otro acuerdo: España cedía a los Estados Unidos el archipiélago conocido por las Islas Filipinas. Como contrapartida, EEUU daba a España veinte millones de dólares.

Esta era una cuestión novedosa que ni España ni los Estados Unidos se habían planteado. Consumada la derrota de Cavite, se siguió luchando, y no fue sino el día trece de agosto, al día siguiente de la capitulación de Cuba, cuando se decidió la rendición de Filipinas, quedando por tanto como temporal la ocupación del ejército usense, que debía haber abandonado el archipiélago.

La cuestión estaba meridianamente clara, España lo tenía claro; Estados Unidos lo tenía claro… Pero la metrópoli de ambos, Inglaterra, intervino en el asunto de forma decisiva forzando a los Estados Unidos a la adquisición del archipiélago como trofeo de guerra.

El motivo no era otro que el conocimiento exacto que Inglaterra tenía de sus súbditos enquistados en la monarquía y gobierno españoles. Inglaterra era conocedora de la voluntad alemana de adquirir territorios en el Pacífico; no en vano, ya en 1885 se produjo un conflicto en las Carolinas, del que hacemos mención en otro capítulo.

Aquel conflicto posibilitó que saliese a la luz el tema del submarino de Isaac Peral, del que damos noticia también en capítulo aparte, y ahora, carente España de algo que pudiese reconocerse como arma marítima, y sobrada de políticos que cuando no eran directamente agentes británicos eran marcadamente anglófilos, sumando a todo ello la bancarrota a que habían conducido a España, se hacía evidente que la siguiente acción acometida por el ejecutivo español sería, sin dudar, la venta de las Filipinas al mejor postor, que en este caso lógicamente no sería Inglaterra, que no estaba dispuesta a pagar por lo que ya usaba como propio, sino que sería Alemania, dispuesta, ella sí a pagar por la posesión de importantes centros en Oriente.

Sería esta certeza, que no suposición, pues Inglaterra sabía ya más de España que los gobiernos españoles, la que posibilitaría que la Pérfida Albión, moviese las oportunas fichas para que la Inglaterra americana tomase posesión, con derecho o sin él, de las Islas Filipinas.
Y podemos afirmar que se trata de certeza si recordamos que en 1843, el secretario del Consejo de Ministros, Vicente Sancho, reconoció públicamente, y con satisfacción, que Inglaterra consideraba a España su Protectorado. ¿O es que acaso había cambiado la situación en 1898?... Dudoso cuando menos si tenemos en cuenta lo acontecido con el submarino Peral…

Y el asunto se planteaba como Inglaterra quería tratar los asuntos de España desde el ya lejano 1711: con el objetivo de humillarla. Sin lugar a dudas, el asunto de Filipinas se trató como una nueva humillación que se hacía evidente cuando el acuerdo se llevaba a cabo desatendiendo las circunstancias que más arriba quedan señaladas, entre las que no era menor el desarrollo de la guerra.

0 comentarios :

 
;