sábado, 22 de junio de 2019

La familia, base de la sociedad (XXII)

La ley de Conciliación de la vida familiar y laboral de 1999 afirma que: “Al mismo tiempo se facilita que los hombres puedan ser copartícipes del cuidado de sus hijos desde el mismo momento del nacimiento o de su incorporación a la familia”.



El legislador de los últimos tiempos parece haberse investido de unas cualidades que a lo largo de la historia no le han sido propias. Ha pasado de interpretar las necesidades sociales a instituir necesidades sociales, aboliendo cuestiones que se escapan a cualquier persona, ya que entran dentro del campo estricto de la biología. Además, ¿qué hombre cabal, a lo largo de la historia, no se ha sentido copartícipe del cuidado de sus hijos?
Teniendo en cuenta  lo relatado en párrafos  anteriores, parece que esta afirmación no acaba de ser totalmente correcta. Queda manifiesto que el núcleo de población con mayor número de hijos está constituido por 89.068 familias  cuya vivienda tiene tres o cuatro habitaciones, no más.
Esta situación es claramente demostrativa de que esas familias no tienen capacidad económica suficiente, y sin embargo, prefieren renunciar al fregaplatos; al coche en mejores condiciones; por supuesto a la segunda vivienda; al cine, a las cortinas y a tantas cosas normales, porque su amor a sus hijos es superior a los contravalores hoy dominantes en una sociedad vacía de conceptos humanos.
No parece del todo acertado aseverar que la mejora de la situación económica favorezca la natalidad; lo que favorece la natalidad es la existencia de valores; la creencia en la trascendencia del hombre; el patriotismo; el entendimiento del hombre no como un  ser de consumo, sino como un ser portador de valores eternos, capaz de salvarse o de condenarse.
Tan sólo los valores son capaces de conseguir que un matrimonio acepte feliz la venida de los hijos; la merma de sus capacidades económicas y los inconvenientes que acarrea un nuevo miembro de la familia. Tan sólo los valores hacen que no se vean las dificultades, que no se vean los inconvenientes económicos y sociales. Tan sólo los valores, enfrentados a los contravalores que el sistema establecido difunde por doquier, permiten que un matrimonio, con medios económicos cada día más exiguos, afronte la crianza  de sus hijos, que son el sostén de la misma sociedad que los persigue.
Hemos hablado que un 46,61% de la población no tiene hijos. Ese 46,61% de la población, se permite los lujos orientales que sus ingresos, combinados con su capacidad profesional les facilitan. Sin embargo, un padre de cinco, de seis hijos…, con las mismas condiciones profesionales que un soltero, o que un casado sin hijos, paga a Hacienda mucho más que un soltero o que un casado sin hijos.
Para referencia, nada más cercano que la declaración de renta  presentada en Junio de 2002 y relativa al año 2001. Concretamente, 7.200,-€, es lo que una persona casada y con cinco hijos paga  menos a Hacienda, si comparamos su situación fiscal con otra persona que tenga sus mismos ingresos e inversiones, y se encuentre sin cargas familiares. Con una condición: mismas inversiones significa una vivienda con unas dimensiones que, en el caso de un soltero, pueden ser sinónimo de lujo oriental.
La cifra de 7200 euros con los cuales se justifica que, a la edad de jubilación, sus cinco hijos paguen la pensión de la persona soltera, quién además de un plan personal de pensiones que habrá podido crearse, y de haber realizado hasta el menor capricho, tendrá prevalencia sobre los servicios sociales pagados por los hijos de quién los ha tenido, en atención a que el soltero —o casado sin hijos— no tiene hijos que le puedan cuidar.
No parece justo que los jóvenes deban pechar con el costo de las pensiones de quienes, como la cigarra, no han sido previsores. Cierto es que quienes no han querido tener hijos, han demostrado su libérrima voluntad, y dentro de su libérrima voluntad, han disfrutado una juventud de jolgorio y fiesta permanente, si así lo han deseado, porque no han precisado dedicar sus medios a la crianza de nadie.
También es cierto que muchos que sí han tenido hijos que criar, no han podido permitirse el lujo de unas vacaciones, no han podido salir a cenar con unos amigos, o se han conformado con un vehículo peor, entre otras circunstancias.
Llegada la edad de jubilación de unos y de otros, de ese 46,61% de la población que ha decidido no tener hijos y gastárselas en lo que ha preferido y de ese sector de la población que representa el 2,94% de la población, ¿es justo que los hijos del segundo segmento —que representan el 50% de la nueva población cotizante— se hagan cargo de las necesidades del 46,61% de la población que en su momento les brindó la más “comprensiva” de las sonrisas cuando aquellos manifestaban la necesidad de apoyo social?

Texto completo: http://www.cesareojarabo.es/2018/04/la-familia-base-de-la-sociedad-texto.html

0 comentarios :

 
;