domingo, 14 de julio de 2019

Las Casas, un payaso al servicio de la corona (6)

Hecho inaudito en la Historia de la Humanidad, el conquistador se cuestiona, con razonamientos profundamente jurídicos, su derecho a la conquista. España se planteaba cuales eran las funciones que el derecho le permitía desarrollar en esas nuevas tierras y con esas nuevas gentes. Ni Roma, madre de España y madre del derecho, había llevado a cabo algo semejante.

Con un añadido nada desdeñable: En aquellos momentos de eurocentrismo, de renacimiento cultural, se cuestionaba la naturaleza del indio; ¿era humano? Si lo era, ¿tenía derecho España a conquistarlo? ¿Podía España ejercer soberanía sobre unos pueblos tan distantes y tan desconocidos?, ¿era lícito hacerles la guerra?
Evidentemente, el descubrimiento de un nuevo mundo significó un revulsivo en la Historia de España y de la Humanidad; un hecho que significó un cuestionamiento de la vida y del derecho, y que daría lugar a la creación de un cuerpo jurídico sin precedentes y al nacimiento del derecho internacional.
La cuestión no era baladí, hasta el extremo estaba implicada en la vida intelectual de España, que Carlos I acabó prohibiendo la prosecución de la Conquista (otro hecho sin parangón en la Historia de la Humanidad), manteniéndose esa prohibición durante diez años, cuando comprendió que no conquistando las Indias bajo el paraguas del Humanismo cristiano, se dejaba la puerta abierta para que fuesen conquistadas por el materialismo europeo, lo que ocasionaría un genocidio sin precedentes, como efectivamente sucedería posteriormente con la entrada de los ingleses en Norteamérica.
Pero esa realidad se iría desarrollando con el tiempo, con sus errores y con sus aciertos.
No cabe duda que el inicial responsable de esas medidas, y sin olvidar como precursor a Montesinos, fue Fray Bartolomé de las Casas, pero tal vez, esa responsabilidad es sólo parcial, siendo mayor la responsabilidad de Carlos I, de Francisco de Vitoria, de Melchor Cano y de los otros juristas que tomaron cartas en el asunto a consecuencia de esta situación, sin olvidar la figura de Ginés de Sepúlveda, quién a pesar de sufrir el ninguneo de la Corona; a pesar de defender la acción de España con algunos argumentos que hoy nos pueden parecer fuera de lugar, defendía su postura también con otros argumentos sólidos, tanto y más que los de Bartolomé de las Casas,  porque también es cierto que Fray Bartolomé de las Casas desarrolló su capacidad dialéctica muy por encima de la realidad que conocía de la población indígena. Su “buenismo” lo llevaba a insultar a los conquistadores españoles acusándolos de la hecatombe de la población indígena, cuando el hecho cierto es que, como ya queda señalado, la mortandad de indígenas era enorme, pero la de españoles, expuestos a unas condiciones climáticas como las del Caribe, también, y ni una ni otra se hubiese producido jamás si en aquellos momentos hubiese existido la penicilina.

En estas ovejas mansas, y de las calidades susodichas por su Hacedor y Criador así dotadas, entraron los españoles, desde luego que las conocieron, como lobos e tigres y leones cruelísimos de muchos días hambrientos. Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte, hasta hoy, e hoy en este día lo hacen, sino despedazarlas, matarlas, angustiarlas, afligirlas, atormentarlas y destruirlas por las extrañas y nuevas e varias e nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas maneras de crueldad, de las cuales algunas pocas abajo se dirán, en tanto grado, que habiendo en la isla Española sobre tres cuentos de ánimas que vimos, no hay hoy de los naturales de ella docientas personas. (Las Casas. Brevísima, Indias: 4)

Cierto es que en algunas partes hubo una gran mortandad, derivada de las infecciones de enfermedades transportadas por los españoles. América fue un encuentro para todo; para lo bueno y para lo malo. Los españoles murieron por enfermedades tropicales a las que los indígenas eran inmunes, y contrajeron, entre otras cosas, la sífilis. Parece injusto acusar a los indígenas americanos de esa mortandad. En sentido contrario, sin embargo, y sin duda alarmado por la inmensa mortandad, señala Fray Bartolomé de las Casas:

La isla de Cuba es casi tan luenga como desde Valladolid a Roma; está hoy casi toda despoblada. La isla de Sant Juan e la de Jamaica, islas muy grandes e muy felices e graciosas, ambas están asoladas. Las islas de los Lucayos, que están comarcanas a la Española y a Cuba por la parte del Norte, que son más de sesenta con las que llamaban de Gigantes e otras islas grandes e chicas, e que la peor dellas es más fértil e graciosa que la huerta del rey de Sevilla, e la más sana tierra del mundo, en las cuales había más de quinientas mil ánimas, no hay hoy una sola criatura.” (Casas,  Brevísima)


Texto completo en http://www.cesareojarabo.es/2018/08/las-casas-un-payaso-al-servicio-de-la.html

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