martes, 2 de julio de 2019

Nada en común (XXIII)

Con más tiempo libre, se dedicó a participar en la lucha política de Las Palmas. En el Círculo José Antonio tomó contacto con José Manuel, una extraordinaria persona con quién jamás rompería totalmente su relación, y con un individuo, Fernando Cabrera, un elemento pequeño de cuerpo y de alma, capaz de destilar, como las víboras, los peores venenos. Participaban en conflictos de distinto cariz, especialmente de carácter laboral, bastantes de los cuales, de forma misteriosa, resultaban fallidos.



Comenzaron a nacer sospechas, y de contactos procedentes de militantes del PCE y del PSOE, Cesáreo llegó al conocimiento de que el citado Fernando Cabrera, alias “El loro”, era confidente del S.I.M. Tras un enfrentamiento más que acalorado, Cesáreo tuvo la triste sorpresa de encontrar al mentado individuo en la Comandancia General.

No podía ser otro el motivo que chivarse de las actividades subversivas llevadas a cabo. En connivencia con un compañero granadino, militante del PCE, organizaron una coartada que alejaba a Cesáreo del lugar, el día del hecho problemático. Si fue por la coartada o por otro motivo, el caso es que el momento de crisis pasó sin consecuencias.

El núcleo falangista de Las Palmas, como consecuencia del hecho, quedó totalmente desestructurado, y Cesáreo fue introducido en la sede del PSOE, que a la sazón no estaba legalizado, sino simplemente tolerado.

Pero evidentemente tampoco ahí estaba su sitio. Asistió a varias tertulias, en las que, como tenía por costumbre, participaba activamente, hasta que un día le prohibieron la entrada. Motivo: divergencias ideológicas. Y es que Cesáreo, continuaba formándose desde aquellos ya lejanos días del Círculo José Antonio de Barcelona. Quién en 1980 sería alcalde de Las Palmas, Juan Rodríguez Doreste, fue quién prohibió la entrada en la
sede del PSOE a Cesáreo.

Por aquellos entonces había abordado la lectura de la obra de Nietzsche. Quiso la fortuna que un día que estaba leyendo “Así habló Zaratustra”, dejase el libro encima de un teletipo para atender un mensaje que se estaba recibiendo, con tan mala fortuna que, en ese preciso momento, pasó el oficial de guardia a alguna cosa.

Al ver la obra allí preguntó airado quién era el lector. Cesáreo respondió que él, debiendo dar las oportunas explicaciones, indicando que era estudiante de Pedagogía, que estaba matriculado en la Universidad de Barcelona, y que la lectura de aquella obra era de carácter obligatorio.

En general, la relación que tuvo con la oficialidad fue extraordinaria. En particular recordaba con cariño a don Mario, Teniente de navío con una bondad, un patriotismo y una cultura exuberantes.

Otra cosa recordaba de la suboficilidad. Excepción hecha de don Aurelio, un subteniente chusquero, bonachón, fumador empedernido y comprensivo con sus subordinados, de un sargento de milicias y de un tercer sargento, el recuerdo es bastante triste. Afortunadamente, con los que tenía relación era con estos y no con los otros, alguno de los cuales le tenía particular inquina. El peor de ellos era un borrachín nada
simpático, que se pasaba las guardias escupiendo pipas.

Mientras, en Barcelona, un payaso ordenado sacerdote, Luis María Xirinacs, montaba el espectáculo ante la cárcel modelo pidiendo amnistía. Por su parte, patriotas le visitaban ocasionalmente y le lanzaban bolsas de basura.

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