miércoles, 7 de agosto de 2019

EL TRATADO DE PARÍS: UNA RENDICIÓN HUMILLANTE (3)

El “acuerdo” que era tomado el 10 de noviembre, tenía un claro carácter de ultimátum:

Estados Unidos dará a España por Archipiélago filipino veinte millones dólares a pagar según se acuerde en Tratado de Paz; 2º siendo la política de los Estados Unidos tener en Filipinas puerta abierta al comercio del mundo, los barcos y mercancías españoles entraran en puertos Archipiélago con las mismas condiciones que barcos y mercancías americanas, y por un número de años que se fijará en Tratado; 3º quedarán canceladas mutuamente las reclamaciones de toda clase particulares y nacionales, surgidas desde principio última insurrección cubana hasta conclusión Tratado paz. (Amate 2014: 83)



Algo que de todo punto era inaceptable, pero la situación de España, largamente trabajada a lo largo de todo el siglo XIX, la inexistencia de una Armada; el desánimo generalizado, la manifiesta dependencia en todos los ámbitos, en fin, la condición manifiesta de colonia británica, posibilitó que el 28 de noviembre, la comisión española aceptase las condiciones usenses.

Pero investigadores actuales aseveran que finalmente el Tratado ni tan siquiera  fue firmado, resultando artificial y contra derecho todo lo actuado, siendo que, de ser cierto, el gobierno español y los que le han sucedido son cómplices de la acción. De ser cierto que el Tratado de París no está firmado, cabría la posibilidad jurídica de llevar a cabo acciones que abonen la reincorporación de esos territorios a la soberanía española. Pero al fin, esta es una cuestión que, siendo de primer orden, no hace variar en nada el resto de los hechos que venimos señalando.

¿Podía España hacer algo?... Manifiestamente poco, pero el general Pando, Jefe del Estado Mayor del ejército de Cuba, en el escrito de renuncia al acta de senador que dirigió al Presidente del Senado el 6 de marzo de 1899, decía que mientras se firmaba la Paz de París había manifestado:

"Continúa la guerra, y en breve les impondremos la paz que queramos".
Creencia que aún sostengo, y de la cual di nuevamente fe en el mes de noviembre, en comunicación dirigida al ministro de la Guerra, cuya contestación todavía estoy esperando, y en la que manifestaba que, si por las dificultades que surgían para ultimar el Tratado de París hubiese que volver de nuevo a las hostilidades, dispuesto estaba a ir a donde se creyera que había más peligro, en la seguridad de defender con éxito nuestro territorio contra los americanos. (Caballero 2012)

Pero no era esa la acción que deseaba el gobierno español, sobre el que menudeaban las presiones al respecto. El gobierno y la monarquía, títeres de intereses británicos, se veían forzados a cumplir los designios de quienes siempre habían sido sus mentores; así, en estas fechas de noviembre, con la propuesta usense sobre la mesa, la hecatombe llegaba al extremo:

Sir Henry Drummond-Wolff había informado a la Reina Regente María Cristina de que “el gobierno británico sabía de fuente fidedigna que entre Rusia y Francia se había firmado un acuerdo secreto, según el cual Rusia tenía planeado ocupar Baleares, y Francia Ceuta; un telegrama del mismo embajador británico a su gobierno, de fecha 23 de mayo, había informado a este último de que en España “se desconfía[ba] de lo que pueda suceder con Ceuta y con las islas Canarias, y ello mientras en Francia se empez[aba] a recelar de la actitud de Gran Bretaña hacia España...A comienzos de junio, The Daily News dice saber de buena fuente, y La Época transmite la información, “que Alemania ha pedido a España que le ceda en arriendo, a cambio de otras compensaciones, una estación naval en las islas Baleares”. (Jover 2006)

Como continuación a esta “desinteresada” información británica, la embajada inglesa en Madrid, el 20 de noviembre presentó un Proyecto de Acuerdo entre Gran Bretaña y España que, por tratarse de una cuestión puramente moral que en nada alteraba el estatus real, no llegó a ser firmado, En el mismo se señalaba:

– Establecimiento de una “amistad perpetua entre el Reino Unido y España” (artículo 1).
– Compromiso, por parte de España, de no alinearse, en caso de guerra, con los enemigos de S.M. Británica, proporcionando en cambio en tal supuesto, al gobierno y al pueblo británicos, “toda la ayuda que pueda y esté en su poder” (artículo 2). Compromiso, por parte de España, de permitir, en caso de guerra, “que el gobierno británico aliste, a sus expensas, súbditos españoles para servir como soldados en el Ejército británico” (artículo 4).
– En relación con la seguridad de Gibraltar, compromiso, por parte del gobierno español, de “defender Gibraltar contra todo ataque de tierra”; de “no construir ni permitir que se construyan fortificaciones o baterías” en un radio de siete millas geográficas a partir del castillo moro de Gibraltar (artículo 3).
– Compromiso, por parte de Gran Bretaña, de “prestar asistencia en tiempo de guerra al gobierno español” sobre la base de dos supuestos concretos:
a) “Impedir que fuerzas enemigas desembarquen en la Bahía de Algeciras o en la costa dentro del alcance de un tiro de cañón de Gibraltar, tal como se ha definido en el artículo 3.
b) Se compromete a defender, en nombre de España, las islas Baleares y las Canarias” (artículo 5).

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