domingo, 8 de septiembre de 2019

La guerra de los segadores (7)

EL CORPUS DE SANGRE Y LOS PRIMEROS TIEMPOS DE LA GUERRA

Tras los acontecimientos de Santa Coloma de Farners, los segadores se dispersaron “en bandas armadas para «liberar» las otras ciudades del principado, ayudando a los simpatizantes locales a matar y saquear a los funcionarios reales o a los habitantes leales que habían ayudado a aplicar la dura política decretada por Madrid. Fortalecidos por los triunfos locales, el 7 de junio los insurgentes regresaron a Barcelona y asesinaron a todos los ministros reales que pudieron encontrar allí, incluyendo al propio virrey. Después se dedicaron a saquear las propiedades de los ciudadanos ricos de Barcelona, actividad de la que sólo les distrajo cinco días más tarde la necesidad de rechazar a las tropas reales que quedaban aún en la región. Por todo el principado estallaron la violencia y la revolución social, atacando los pobres a los ricos. En todas partes los magistrados, los oligarcas de las ciudades, y los terratenientes de las aldeas fueron asesinados u obligados a buscar escondite, y sus propiedades fueron saqueadas o destruidas.”



El movimiento popular existente estaba especialmente enconado contra los señores de la tierra, pero la oligarquía catalana, que veía en peligro los privilegios tan hábilmente mantenidos durante siglos, aprovechó la concentración de segadores para la consecución de sus fines. Una vez en Barcelona, la habilidad de los políticos supo derivar el “Visca la fe de Christ!", "Visca lo rey d'Espanya, nostre senyor!" y "Visca la terra, muyra lo mal govern!" en un movimiento que nada tenía que ver con esos postulados.

“Acostumbraban a bajar todos los años de las montañas a Barcelona por el mes de junio multitud de segadores en cuadrillas, gente por lo común soez, disoluta y viciosa, temible en los pueblos en que entraba. Habían adelantado algunos este año su venida, que solía ser comúnmente la víspera del Corpus. El virrey hizo presente a la ciudad que no convendría la aglomeración de tales gentes en tales circunstancias; pero los conselleres, que miraban las cosas de muy otra manera y tenían propósitos muy contrarios a los del virrey, contestaronle que cerrar las puertas a aquellos hombres rústicos y sencillos, sería exponer la ciudad a mayor inquietud y turbación, porque era mostrar una desconfianza que ofendería al pueblo. El virrey no se atrevió a insistir. Entraron pues, y se juntaron en Barcelona la mañana del día del Corpus (7 de junio, 1640) de dos a tres mil segadores, muchos de ellos ocultamente armados, que formando primeramente corrillos, discurriendo luego en grupos por calles y plazas, hablando sin disimulo del gobierno del virrey, de la prisión de los diputados y conselleres, y de los excesos de los soldados, y mirando con cierta mofa a los castellanos que encontraban, daban bien a entender lo dispuestos que iban a mover tumulto. Cuando así están preparados los ánimos, una pequeña chispa basta para encender un voraz fuego. Así acontece siempre, y así aconteció ahora. Un segador, hombre facineroso, que se había escapado de manos de la justicia, fue visto por un criado de Monredon y reconocido como uno de los asesinos de su amo; quiso éste prenderle; y armóse entre los dos una refriega de que resultó herido el segador. Acudieron los otros en su auxilio; un tiro disparado al aire por la guardia del palacio del virrey con objeto de dispersar el grupo, fue la señal del combate. A los gritos de ¡venganza! ¡libertad! ¡viva la fe! ¡viva el rey! ¡muera el mal gobierno de Felipe! aquellos hombres desalmados se entregaron como fieras a todo género de excesos, hiriendo y matando a cuantos castellanos encontraban, y eran castellanos para ellos todos los que no eran catalanes.”

Los disturbios se adueñaron de Barcelona, donde una multitud de segadores se dirigió a casa del virrey Santa Coloma, Dalmau III de Queralt. En su marcha saquearon viviendas y persiguieron al conde hasta las Atarazanas donde el virrey Santa Coloma se había escondido para embarcar, pero los revoltosos lo cogieron y lo asesinaron de forma miserable. En la revuelta, conocida como Corpus de Sangre, se produjo una veintena de muertes. “Saqueron las casas de los miembros de la Audiencia, la del lugarteniente y la del maestro racional. La insurrección culminó con el asesinato del lugarteniente general, conde de Santa Coloma y de un miembro de la Audiencia. La revuelta dominó la ciudad de Barcelona durante una semana y acabó por extenderse al campo”  , gracias al activismo llevado en ese sentido por las autoridades municipales barcelonesas.

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