jueves, 24 de octubre de 2019

Los agentes británicos en el desastre del 98 (3)





















El separatismo creció y se propagaba libremente, y mientras para los laborantes se tenían en Cuba todo género de consideraciones, los balcones de la capitanía general se cerraban cuando pasaba ante ellos una manifestación de verdaderos españoles. (Soldevilla 1897: 279)

La gran verdad es que la relación sería interminable. Sólo en el Cuerpo de Comunicaciones de Cuba había más de cien funcionarios cubanos, lo que representaba algo más del cincuenta por ciento de la plantilla.
Pero como hemos señalado, era la enseñanza la que estaba copada, no por cubanos, sino por separatistas.
El rector de la Universidad de La Habana D. Joaquín F. Lastres era cubano, lo eran igualmente el vicerrector D. José María Carbonell, el secretario general D. Juan Gómez de la Maza y Tejada, y los decanos de todas las facultades, D. José Castellanos y Arango, de Filosofía y Letras, D. Manuel J. Cañizales Benegas, de Ciencias, D. Leopoldo Barrier y Fernández, de Derecho, Don Federico Hortsman y Cantos, de Medicina, D. Carlos Donoso y Landier de Farmacia, y el director del Jardín Botánico. D. Manuel Gómez; resultando que de 80 catedráticos eran cubanos 60.
Pero nada se hizo al respecto, y nada había de extraño cuando a sus espaldas llevaban ya sesenta años conspirando con la complacencia de las autoridades civiles y militares. Ya en 1835, el procurador a Cortes don Juan Montalvo y Castillo, conde de Casa Montalvo, que ostentaba la Gran Cruz de Isabel la Católica, había dirigido al pueblo habanero una proclama al partir para Madrid, alimentando esperanzas subversivas, sin que nadie le pusiese la mínima cortapisa. Era el agente de los partidarios del separatismo.
Y la actuación de todos ellos se encontraba perfectamente coordinada desde incluso antes de esa fecha; así, Rafael de Riego, muerto en 1823, había hecho grandes elogios de José Reinoso, autor de la obra, Examen de los delitos de infidelidad a la patria, dentro de la coreografía orquestada por los seguidores de la doctrina de Bentham, que apadrinaron al autor en su candidatura para diputado.
Y en 1823, una conspiración encabezada por José Francisco Lemus fue descubierta por el gobernador militar Dionisio Vives, masón que mandó a prisión a los principales implicados, pero que puso en libertad al también masón puertorriqueño Antonio Valero de Bernabé, quién acto seguido se unió al estado mayor de Simón Bolívar.
Las conspiraciones se sucedían, y en 1844, O’Donnell se encargó de sofocar la que fue conocida como “conspiración de la escalera”, cuyos miembros, mayoritariamente eran negros libres.

Los contactos en Nueva York de Narciso López con Salvador Cisneros Betancourt sirvieron para constituir el Consejo Cubano de Nueva York, que se dedicó a buscar apoyos para lograr la anexión de Cuba a los Estados Unidos. (Miguel 2011: 48)



Narciso López era un militar y político criollo venezolano en principio leal a España, con cuyas tropas combatió a los separatistas de Venezuela, tras lo cual fue destinado a La Habana. También participó del lado liberal en las denominadas guerras carlistas. Pasó todo el año 1824 en la península, y 1827 volvió otra vez a la península, donde participó como coronel isabelino en la primera Guerra Carlista, siendo ascendido a General de Brigada el 7 de junio de 1834, y a Mariscal de Campo el 10 de julio de 1838. Volvió a Cuba en 1840 cuando Jerónimo Valdés era destinado como Capitán General y desempeñó diversos cargos, hasta que bajo el mandato de O’Donnell, en 1843 se retiró y comenzó a conspirar cuando fracasó en desarrollo de diversos negocios que no le fueron rentables. Acabó en bancarrota y se marchó a los EE.UU., donde comenzó a conspirar contra España.
En 1847 organizó la conspiración para la anexión a los Estados Unidos conocida como la Mina de la Rosa Cubana.
En 1848 fue descubierta la conspiración, pero el Capitán General, Federico Roncali Ceruti, alertó a López y le facilitó la huída a Nueva York. Ya en los Estados Unidos, y contando con una importante financiación, convino con el general Worth, mediante el pago de tres millones de pesos, la invasión de Cuba, lo que no pudo llevarse a efecto por el fallecimiento del militar usense.
Entre julio y agosto de de 1849 López organizó una invasión a Cuba que salió de Round Island, Nueva Orleáns, compuesta por veteranos norteamericanos de la guerra contra México, a los que se les había ofrecido 1.000 dólares y 64 hectáreas de Cuba.
A primeros de 1850, Narciso López organizó una flota con la intención de invadir Cuba, a cuyos miembros llamó soldados de la expedición de Cuba, y a la que se dirigía en inglés,  pues eran norte-americanos casi todos los que constituían aquel ejército filibustero. (Pirala 1895: 80)

Durante este intento de invasión fue izada por primera vez  la bandera separatista cubana, que no por casualidad lleva una estrella solitaria. El motivo de la misma era el deseo de que Cuba fuese anexionada por los EE.UU. El creador de la misma no fue otro que  Narciso López.

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