viernes, 8 de noviembre de 2019

La guerra de los segadores (8)

Acto seguido el principado tomó las armas contra Felipe IV. “La sublevación, con la muerte del virrey, conde de Santa Coloma y la ausencia de los tercios en el principado, originó un vacío de poder que fue cubierto por la Generalidad, que asumió el gobierno en la figura de Pau Claris.”



Los asesinatos se sucedieron en Barcelona y fuera de Barcelona, pasando a ser reo todo aquel que no proclamase la rebelión. En purismo, sólo se hallaban libres los poderosos que se enclaustraban en Barcelona o que no acaudillasen partidas. “Con la muerte del Virrey, Dalmau III conde Queralt y de Codina, la máxima autoridad era el gobernador de Cataluña, Ramón de Calders, que se encontraba en Gerona, pero que también desapareció, como el baile, el veguer y el vice-veguer. El 28 de Mayo los amotinados irrumpieron en los conventos: en San Agustí, en San Pedro de Galligants se produjeron diversos muertos –soldados y funcionarios que se habían refugiado-, y al siguiete día fueron asaltados la prisión y el hospital y mataron a tres soldados napolitanos.”

“El asesinato del virrey fue el punto de inflexión que marcó definitivamente las relaciones entre las autoridades centrales y las rebeldes. “Unas y otras trazaron caminos distintos que las condenaron al enfrentamiento. Ante el anuncio de Olivares de enviar un ejército de 40.000 soldados, la Generalidad optó por la ruptura constitucional, al convocar de manera ilegal una Junta General de Brazos, además de crear una serie de Juntas (Guerra, Hacienda, Justicia), un Tribunal Supremo y un cuerpo de seguridad. Asimismo, se intentó involucrar a Valencia, Aragón y Mallorca, que no respondieron a las peticiones catalanas.”

En parte sucedía lo mismo que había sucedido cincuenta años antes en Zaragoza con la revuelta ocasionada por el secretario de Felipe II, Antonio Pérez. Tampoco en Cataluña resultó un movimiento unitario; tampoco lo secundaron todas las ciudades, y tampoco obtuvieron el apoyo buscado en los otros territorios del Reino de Aragón. Había, no obstante, unas diferencias: la primera y principal, que Felipe IV no era su abuelo Felipe II, y la segunda, y también de suma importancia, que la Bearne y la Francia de 1590 no contaba con un maquiavélico y pujante cardenal Richelieu que ahora controlaba con arte sus actuaciones en la Guerra de los Treinta Años, en cuyo marco se desarrollan todos estos acontecimientos.

Se había producido una clara ruptura que había sido buscada por la oligarquía local. “Previos al Corpus y a esa ruptura institucional, el presidente de la Generalidad (Pau Claris) y su parentela tuvieron una serie de contactos con Francia, que culminaron el 24 de septiembre –entre otros acuerdos– con el envío de ayuda militar para frenar la anunciada llegada de las tropas de Felipe IV. Mientras se realizaban estas negociaciones, el embajador de la Generalidad en la Corte seguía manifestando la lealtad catalana a la Corona, y los miembros de la Junta General de Brazos se preguntaban cómo podían frenar el avance de las tropas del rey español. Claris y su círculo llevaron las negociaciones a espaldas de Madrid y de Barcelona.”

Pero los contactos con Francia se habían iniciado incluso antes de la sublevación, lo que nos indica la voluntad de los dirigentes. “Los primeros contactos entre la Generalidad y los franceses se iniciaron en la primavera de 1640, mientras Pau Clarís proclamaba una efímera república catalana que dará paso, el 23 de febrero de 1641, a la proclamación de Luis XIII como conde de Barcelona. Las conversaciones franco-catalanas no fueron entre iguales: los dirigentes catalanes y franceses sólo compartían el enfrentamiento con la monarquía de Felipe IV.”   Pau Claris, “sin consultar a los ciudadanos, comenzó los contactos con los franceses; en el convento de los capuchinos de Ceret, enviados de confianza firmaron un pacto de alianza con Francia.”

El conflicto se les fue de las manos desde el primer momento; la anarquía era generalizada; los bandoleros, ahora encumbrados como héroes, eran los amos de la situación, que sólo podría ser controlada si la traición de la Generalidad era vista con buenos ojos por Francia, y lo que resultó de suma importancia: “la revuelta catalana, conducida por Pau Claris, canónigo de la Seo de Urgel, diputado del brazo eclesiástico y elegido presidente de la Generalidad jamás consiguió ser un movimiento unitario, y muchos catalanes se mantuvieron al lado de Felipe IV.”

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