lunes, 18 de noviembre de 2019

LA REVUELTA COMUNERA (25)


Pronto las fuerzas del rey, mandadas por Ronquillo, que tenía fama de inflexible y si era necesario, sanguinario, acudieron a sofocar la rebelión, pero fueron vencidas, por Juan de Padilla y Juan Bravo. La acción de Ronquillo significó que, tras este hecho bélico se unieran a la rebelión ciudades como León, Salamanca y Murcia, que hasta entonces habían estado indecisas. El fuego prendía con rapidez, pero sin embargo, después de todo, se encontró muy limitado. Galicia, Asturias, Cantabria,, Andalucía, gran parte de Extremadura, y decididamente la mayor parte del reino de Castilla, no secundó la revuelta. La revuelta de las Germanías en Valencia, que compartió época de desarrollo, era totalmente ajena a los intereses de la revuelta castellana.



El 25 de Septiembre se firmó el pacto de hermandad de las ciudades. “Lo novedoso es «el pacto de hermandad que juraron las ciudades sublevadas, prometiendo el socorro de todas a cualquiera de ellas que lo requiriese y comprometiéndose a levantarse en armas en el caso de que cualquier rey o señor quisiese quebrantar a lo que concertare en estas «C o r t e s » y « J u n t a » …/… Todos saben lo que no quieren, pero no se han puesto de acuerdo en lo que quieren…/… finalmente los comuneros disminuyen mermados por las deserciones, por la falta de disciplina, la atracción de la rapiña o por el simple cansancio.“ . Y es que parece que el ideal primero de las comunidades ya no existe; el ideal que los mueve ha derivado en un sentimiento nacionalista, primario, cercano a lo zoológico y contrario a los tiempos de Imperio que estaba viviendo España.

Y es que los miembros cultos de la Junta perdieron muy pronto su influencia; ya desde las primeras revueltas de Valladolid, si eran “vigorosos para alterar el reino, carecieron de habilidad para restablecer el orden, cuando ya contaban toda Castilla por suya. Presentes en la Junta o en su ejército los caballeros que al grito de comunidad se habian colocado á la cabeza del movimiento, quedaron las ciudades y villas á discreción de la plebe, capitaneada por ruin canalla, con incesante peligro de la castidad de las doncellas, del haber del hacendado, de la paz de las familias y de la existencia de los que se retraían del tumulto: había cesado la animación fabril que enriquece á las poblaciones: en las calzadas públicas, frecuentadas comúnmente por los trajinantes, cruzábanse tan solo bandas indisciplinadas que, entreteniéndose en merodear, llegaban siempre tarde con su socorro…/… en los campos no se advertia la señal mas remota de ser la época de la sementera. ¡Espectáculo desolador y lamentable que, á juzgar por sus obras, no alcanzaba a distinguir desde Tordesilla la Santa Junta!”  Y esto no lo denuncia nadie que no sea cercano a la reivindicación romántica del movimiento comunero, quién sigue afirmando que hubiesen hecho bien si “ellos salvaran los derechos de la clase productora, y castigaran los desmanes de la gente advenediza; infundieran confianza á los pacíficos, encadenaran el desenfreno de los insolentes, y regularizaran el valor de los determinados. Arrancada la raiz del mal, el estado eclesiástico hubiera predicado la concordia en vez de sembrar la agitación y de mantener al pueblo en continua alarma; y al sonar el clarín de la guerra, todas las poblaciones enviaran desembarazadamente soldados y dinero donde arreciara el peligro.”

Eso lo denuncia un autor romántico, ilustrado, manifiestamente laudatorio del movimiento comunero, y si esto hubiese sucedido, el movimiento comunero hubiese sido justo, y como en otros momentos de la Historia, hubiese sido asumido por la monarquía católica, por Carlos I, como acabó asumiendo las peticiones de cortes.

¿Se puede confundir la voluntad con la realidad? Los comuneros declararon cuerda a la reina Juana, la madre de Carlos I. ¿Con qué objeto? Confundir el deseo con la realidad.

Si por una parte el movimiento comunero estaba degenerando a pasos agigantados en una tiranía sucia, por su parte Carlos llevaba un proceso de maduración que, si bien desconocemos, acabó mostrando en esplendor dos años más tarde. Mientras tanto tenía que pactar con el diablo, y ese diablo era la alta nobleza.

Por otra parte, “el almirante había sabido ver el juego de Carlos V, que quería apoyarse en los señores para luchar contra las ciudades. A través de él, una parte de la aristocracia aceptaba tomar los riesgos, pero en compensación exigía el poder, todo el poder, prenda de eficacia. En resumen, la aristocracia pretendía hacer pagar a la Corona el apoyo que iba a concederle. Trataba de presionar al emperador para obtener las máximas concesiones sin, por otra parte, enajenarse completamente a los comuneros. Política pues, de doble juego de una parte de la alta nobleza en estos momentos críticos.”

Texto completo: http://www.cesareojarabo.es/2018/05/la-revuelta-comunera-texto-completo.html

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