domingo, 24 de noviembre de 2019

Una aproximación al año 1873 (3)


Dicho pacto reafirmaba la necesidad de un cambio de régimen y la de garantizar que el nuevo sistema político reconociese institucionalmente la identidad de Castilla como pueblo diferenciado.
No tardaron en reproducirse estos pactos. El de Valladolid había sido precedido por el de Córdoba, que agrupaba las provincias de Andalucía, Extremadura y Murcia; ahora surgían el de Eibar, para las Vascongadas y Navarra y el de La Coruña, que incluía Galicia y Asturias.
Todos estos pactos, no obstante, tenían como meta la República Federal. Finalmente se pusieron de acuerdo en redactar un único pacto nacional, de cuya redacción se encargaría Francisco Pi y Margall.



Al alimón con el movimiento federalista se generalizaban los alzamientos populares: contra el llamamiento a quintas, produciéndose en marzo de 1869 enfrentamientos armados en Jerez, mientras en Barcelona, el día 21 se llevaba a cabo una manifestación en la que todos, sin distinción política, se oponían a la política económica.

El movimiento se mostraba creciente, destacando por su importancia en diversos puntos. Como consecuencia, a comienzos de octubre de 1869 existía gran agitación con movimientos revolucionarios en la provincia de Sevilla, algunos sofocados por el ejército y las fuerzas del orden, otros no. Los  grupos de revoltosos de cada pueblo trataban de hacerse fuertes uniéndose a los del pueblo vecino para poder enfrentarse a las autoridades. Se organizaban apropiándose del dinero del ayuntamiento e incautaban las armas que encontraban en la población.

En medio de esta situación se produjo una nueva intentona carlista, esta vez a cargo de  Carlos VII, nieto de D. Carlos, que acabaría en rotundo fracaso.

Pero paralelamente la vida política seguiría en su particular “normalidad”. Durante la Regencia, que resistiría hasta enero de 1871, se redactó la constitución de 1869 y se materializó el triunfo de los progresistas, apoyados de los unionistas, mientras carlistas, moderados y republicanos quedaban en minoría.

Esta situación propició la proclamación de derechos y libertades, soberanía nacional y división de poderes… Papel mojado que no solucionaba nada y embrollaba más el panorama nacional.

La aparente voluntad por hacer cosas venía siendo manifiesta desde la subida al trono de Isabel II, pero ni la dependencia personal de poderes extranjeros ni la calidad de los gobiernos supieron hacer otra cosa que demostrar la locuacidad de los parlamentarios y su sumisión a la voluntad de Inglaterra, sí, pero también parcialmente a la de Francia..

Con el gobierno de Prim parecía que iban a cambiar las cosas. La sensación que se saca del personaje es, a pesar de su militancia masónica (que al parecer había abandonado cuando fue asesinado) y a pesar de sus intereses personales en México y el resultado de su participación en la invasión anglo francesa de la antigua Nueva España, considerablemente más amable que la que se saca de los otros personajes sufridos por la España del siglo XIX.

En esas luces y sombras de Prim nos encontramos con que abordó una política económica librecambista y abrió el mercado español a las intervenciones extranjeras, más al gusto de Gran Bretaña; fijó la peseta como unidad monetaria; elevó considerablemente la deuda pública incrementando la dependencia exterior de la minería… y se dedicó a la búsqueda de un rey no Borbón. Las circunstancias le llevaron a elegir a otro masón, Amadeo de Saboya, cuya coronación no pudo verificar al haber sido asesinado el 27 de Diciembre de 1870, cuando aquel se dirigía a España para ser coronado.
El breve reinado de Amadeo, como no podía ser menos, fue una opereta. Las broncas en todos los ámbitos, la música de acompañamiento. Finalmente, tras las conflictivas cortes de los días 22 a 24 de enero de 1872, fueron disueltas las cortes y convocadas nuevas elecciones para el 24 de abril.
Es en estos momentos cuando Roque Bárcia presenta la República Federal, curiosamente, con un espíritu humanista, atendiendo a la persona, a la familia, a la aldea, a la ciudad, a la provincia, al cantón, y a la nación, como una cadena de humanismo (Barcia 1872: 34); eso sí, renunciando a la trascendencia y buscando la “universalidad del hombre” (Barcia 1872: 36). El espíritu de la Ilustración, la bondad natural del hombre, el espíritu rousonianiano es el sustrato de la república federal propugnada por Bárcia, que atacaba así a la monarquía:

Si se pudiera averiguar, que es imposible, lo que los reyes españoles han dilapidado desde los godos hasta el día de hoy, hallaríamos con infinito escándalo que podrían hacerse tres o cuatro países como el nuestro.  (Barcia 1872: 39)

Texto completo en papel de "el cantonalismo" en  https://www.facebook.com/elcantonalismo/

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