miércoles, 18 de diciembre de 2019

Antonio Pérez, el primero entre los traidores (XXV)

Por supuesto, las tropas castellanas que entraron sin lucha en Zaragoza y fueron acompañadas de refuerzos espontáneos surgidos en territorio aragonés, no ejecutaron lo que la política torticera de los traidores habían asegurado a la población que iba a suceder, limitándose a restablecer la autoridad real, ya que fallaban en el intento de capturar a Antonio Pérez.



No obstante, la historia negra afirma algo bien distinto: “Se presentó el ejército en las puertas de Zaragoza, no se supo ni templarse ni resistirle; y la libertad aragonesa fue á espirar en el cadalso de Lanuza.”

Pero Pérez se había refugiado en casa del Justicia de Aragón, Martín de Lanuza, donde permaneció hasta el 10 de Noviembre de 1591,  no sin antes animar a las gentes a resistir al ejército real.

En fecha 18 de Noviembre de 1591 escribió una carta a Catalina de Borbón, princesa de Bearne y hermana de Enrique IV, pidiéndole asilo. En ella demuestra gran viveza literaria y seguridad en sí mismo, presentándose como “animal raro” desechado por otros que merece ser recogido.  “Allí se fraguó inmediatamente el intento de una invasión francesa que atizara la llama de la guerra de Aragón, yendo á vanguardia Gil de Mesa, Manuel Don Lope, los otros amigos y compañeros del emigrado, ya que él de su persona no fuera de ayuda, por ser hombre delicado.”  El día 24, con las fuerzas de Felipe II a 8 horas de camino, pasó a Francia.

Por su parte Lanuza, cuya triste actuación durante la “guerra” había hecho creer que actuaría de forma inteligente, firmó un documento en el que afirmaba que su actuación “en el frente” había estado motivada por la flaqueza de la gente que mandaba, y dictando que la oposición seguiría ejerciéndose desde Epila.  Aprovechaba el comunicado para definir la categoría de la chusma que capitaneaba y para quejarse de la falta de apoyo que había tenido por parte del pueblo aragonés. También instaba a los antiguos lugartenientes a que le siguiesen, a lo que respondieron que “ya estaban libres de la opresión y tiranía en que hasta entonces habían estado.”  Similares respuestas recibieron de las demás ciudades, lo que provocó la disolución de la Junta de Epila y el intento de prender a Antonio Pérez con la intención de entregarlo a la Inquisición.

Lanuza y algunos compañeros volvieron a Zaragoza sin tener en cuenta las últimas maquinaciones, que cuando fueron tratadas en el consejo de Estado significaron un cambio radical de actuación, y que motivaron la determinación de cortarles la cabeza en el más breve tiempo posible. Mientras, el marqués de Lombay no lograba frutos de sus buenas artes; no conseguía una contra declaración pública anulando la decisión de la corte del Justicia contra la entrada del ejército y que se desaforase la ciudad por un tiempo para poder aplicar la justicia a los culpables.

A treinta y ocho días de dulzura ejercitada por Alonso de Vargas sucedió la ejecución de las órdenes emanadas de la corte. El duque de Villahermosa y el Conde de Aranda fueron presos, y Lanuza sería ejecutado por traidor, sin mayores alharacas, el día 20 de Diciembre. La palabra “traidor” no fue del agrado del reo, que protestó diciendo: “traidor, no; mal aconsejado, sí”. “A él le siguieron el 19 de octubre de 1592 los cinco colaboradores que habían apoyado la rebelión (Juan de Luna, Pedro de Fuentes, Diego de Heredia, Dionisio Pérez y Francisco de Ayerbe). Por su parte, el Santo Oficio realizó el 20 de octubre de 1592 un auto de fe para condenar a 74 vecinos de Zaragoza que habían participado en la revuelta. 8 fueron quemados y el resto fueron castigados físicamente, condenados a galeras u obligados a pagar fuertes multas.”

La muerte del justicia se llevó a término por decisión del rey y como consecuencia del manifiesto que Lanuza había firmado en Epila donde indicaba que seguía la resistencia; algo que Felipe II intentó arreglar para evitar las medidas que finalmente hubo de adoptar. Por ello, el marqués de Lombay se dedicó a una actividad puramente diplomática tendente a conseguir la anulación de la incitación a la resistencia. “A los pocos días de llegar a Zaragoza como agente del rey, el marqués mantuvo una reunión con el virrey don Jaime Ximeno de Lobera, obispo de Teruel, y con el fiscal Nueros, en la que trataron sobre la mejor manera de lograr que la corte del Justicia anulase la declaración de resistencia «para que se borre de los corazones de todos los vasallos de V.M., digo los deste Reyno»” .

No obstante, “estuvo el justicia muy conforme con la voluntad de Dios, aunque preguntando muchas veces la causa de su muerte, porque se juzgaba por inocente.”  Y la población se mantuvo en calma, si bien se llevó a cabo sin presencia pública, palpándose un gran sentimiento por la muerte del joven Justicia, si en la población por su inasistencia, en los miembros del ejército, asistentes, por la pena que les causaba llevar al cadalso a persona tan joven e inexperta que constantemente preguntaba el porqué, “por si podía disculpar a alguien”. Su cuerpo fue trasladado con honores por los principales caballeros y capitanes del ejército. “El rey había querido castigar las culpas de la persona, honrando al mismo tiempo al oficio y cargo que desempeñaba.”

Texto completo: http://www.cesareojarabo.es/2015/10/antonio-perez-el-primero-entre-los_9.html

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