sábado, 7 de diciembre de 2019

EL TRATADO DE PARÍS: UNA RENDICIÓN HUMILLANTE (5)

El asunto se resolvió de forma mercantilista. España vendió a los EE. UU. Sibutú y Cagayán de Joló el 7 de noviembre de 1900.
Una actuación que puede ser entendida como incomprensible y de falta de visión si se supone la buena fe de los gobernantes españoles.



La falta de visión política de nuestros hombres de estado ochocentistas, que ni siquiera atisbaron que el futuro de la humanidad se iba a cimentar en gran parte en los acontecimientos que se estaban produciendo en los mares de China, dio lugar a la indefensión y al desaprovechamiento por parte de España de unos recursos de primera magnitud dentro de una coyuntura internacional francamente favorable. (Togores 1994: 158)

Pero son demasiados los errores; demasiadas las omisiones; demasiadas las acciones estúpidas llevadas a cabo por los gobernantes españoles desde, al menos 1808 hasta hoy mismo, para no entender que las mismas han sido premeditadas, calculadas y llevadas a efecto para culminar el plan británico de 1711 para humillar a España.
La situación de España no era peor que ahora mismo, y la posibilidad de que la descomposición total se acelerase de forma inmediata se entreveía como inminente. Por ello, la prensa, cuyo protagonismo había sido incuestionable tanto en la gestación del conflicto como en su desarrollo, no dudaba en reconocer en España los signos de la muerte nacional, dotada de un sistema político corrupto y de un ejército ineficaz, y presumía una gran crisis que acarrearía la desaparición de España como nación. Todos los objetivos británicos marcados en 1711 habrían sido cumplidos en estos momentos.
Pero el daño infligido durante un siglo era todavía mayor. Si las predicciones se hubiesen cumplido, tal vez hubiesen marcado el renacer nacional; sin embargo, la derrota fue asumida como el moribundo asume la amputación de sus miembros. No había agonía en el momento, y no habrá agonía en el futuro, porque la agonía significa lucha por seguir viviendo. En su lugar, resignación y olvido de lo que es España… y sumisión incondicional a los designios del enemigo. Sumisión en lo político, sumisión en lo económico, sumisión en lo cultural y asunción como propios de los antivalores que siempre fueron combatidos por España.

Las repercusiones de tan humillante derrota, gestada en el mismo seno de los gobiernos anglófilos que desde 1808 vienen rigiendo los destinos de España, fueron menores de lo que habían previsto merced a esa sumisión.
Sí, los separatismos locales dentro de la península hicieron su aparición, pero se conformaron viendo derrotada a España y no fueron a mayores, lo que para España, tal vez, fue perjudicial, pues no dieron lugar a la quiebra del estado ni a la crisis política que ante las circunstancias era de esperar, y consiguientemente tampoco se produjo la regeneración nacional, conformándose todos con el triste papel de comparsa.
Era evidente que los políticos y los periodistas no habían sabido cumplir debidamente las instrucciones… pero contaban con la confianza de sus mentores, por lo que la Restauración siguió en su lugar, cumpliendo las nuevas instrucciones que recibía para gobernar, a la espera de nuevos acontecimientos que le serían debidamente marcados.
El Tratado de Paz de París fue la última despedida a la personalidad, a la independencia y a las esperanzas de España. Al respecto, fue justamente un firmante de ese tratado de expolio, Montero Ríos, quién calificó de despojo lo acontecido. De despojo, algo que si bien es cierto, también es secundario, siendo lo prioritario que en mismo se dio cuerpo de ley a una nueva mutilación de España. Mutilación que ni fue la primera, ni será la última.
Pero Montero, obviando los intereses nacionales, hacía mención al evidente expolio económico que la mutilación de la Patria comportaba. No obstante, junto a la mención del expolio económico que representaba la denegación de reembolso de los depósitos, señala Montero Ríos otro aspecto que hoy empieza a tomar cuerpo en el reclamo que muchos cubanos y puertorriqueños hacen de su nacionalidad española, y que forzosamente enlaza con los momentos álgidos del expolio y con el proceder usense.

Dice que ese proceder revela el desconocimiento del derecho de gentes y la retrogresión a los tiempos de la barbarie, puesto que los norteamericanos se han negado sin motivo plausible hasta a reconocer el derecho que tienen los habitantes de los territorios desmembrados a optar por la ciudadanía española. (Soldevilla 1899: 486)

Fue el mismo Montero Ríos, en el curso de las conversaciones de París quién, sobre el asunto del Maine, propuso la creación de dos comisiones internacionales que se encargarían de estudiar el asunto. EE.UU. se negó.

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