sábado, 18 de enero de 2020

LA REVUELTA COMUNERA (26)

A mediados de Noviembre de 1520, una embajada del Almirante de Castilla se presentó en Tordesillas para buscar términos de paz. El cardenal Adriano, incluso “consintió en que la Junta designara no sólo los dos letrados que debían representarla en la comisión, sino también los dos miembros del Consejo Real.”  No se les permitió ver a la reina, y en su lugar hubo conversaciones en Torrelobatón. Hubo oradores entre los comuneros; oidores y alcaldes que ponderaban la oferta de paz, pero a todos se sobrepuso el obispo Acuña, que “solia ponderar en sus conversaciones la ventura de Génova y Venecia” , y determinado a seguir la guerra.



A la vuelta, con la noticia de que los junteros no querían ni hablar de paz, se les declaró reos de lesa majestad. Burgos retiró sus procuradores, y Cuenca, contra lo hecho por sus representantes, manifestó que “ni aprobaban ni ratificaban lo acordado por la Junta de Tordesillas, pues a ello no se extendía ni pudo extender el poder que dieron a los procuradores.” Tal vez esta manifestación fue el resultado de “una real provisión firmada por el Condestable, fechada en Briviesca el 30 de octubre, por la que se solicitaba a las ciudades que revocasen los poderes dados a los procuradores que las representaban en la Junta”  , de la que no tenemos detalle cumplido, salvo las citas que resaltamos.

Estas nuevas provocaron en Valladolid una seria inestabilidad. En esta ocasión las asambleas respondieron a tenor de lo que les demandaba la Junta, y acto seguido se tomaron represalias contra los antiguos representantes, muchos de los cuales abandonaron la ciudad y fueron a Rioseco a engrosar el ejército que con el apoyo del Almirante y del Condestable estaba organizando Alejandro de Utrecht. “Llegados a este punto, ya no era posible intentar ningún compromiso. Bien al contrario, todos comenzaron a prepararse para una lucha a muerte.”

La Junta ya no gozaba de la misma audiencia mientras el poder real se había recuperado. El cambio de posición comenzaba a sentirse en el sentimiento más que en el campo de batalla.

Por otra parte, muchos nobles que habían tomado parte principal en la revuelta, ya en 1521 se vuelven contra ella porque “ven que este tumulto popular les prepara el cuchillo, pues los junteros dicen que ellos la pagarán.”  Así, por lo que cuenta este magnífico cronista de primera mano, no es que los nobles traicionasen el movimiento comunero; es que sus mismos compañeros les anunciaban que les iban a cortar el cuello. De hecho, si los nobles finalmente acabaron con la rebelión, no fue para favorecer a la Monarquía Hispánica, sino para favorecerse ellos mismos, y en principio no ser asesinados por los comuneros. Cuestión de supervivencia.

Las diferencias con la nobleza, que como ya hemos señalado, existían desde hacía muchos años, eran justificadas por parte de las comunidades, y la corona así lo había entendido, siendo que, en particular los Reyes Católicos, llevaron una acción metódica en ese sentido. Parece así que la acción de los comuneros fue, en este sentido, errada. Errada fue también la primera actuación de Carlos, pero la deriva que llevó el movimiento comunero lo depositó en la sentina de la historia, mientras la deriva que llevó Carlos lo llevó a asumir la cuestión social de los postulados comuneros.

Y los nobles no eran de fiar. La colaboración se hacía necesaria en esos momentos al objeto de evitar la pérdida de la civilización, pero Adriano era muy consciente de la calidad de los personajes. Tan es así que el propio cardenal, en  carta de 16 de Enero señalaba que “el 13 de enero, el almirante parecía dispuesto a negociar. Esperaba la visita de cuatro representantes de Toledo. A poco que éstos se mostraran conciliadores, el almirante estaba decidido a garantizarles una amnistía total, aunque fuera únicamente por su iniciativa.”

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