jueves, 2 de enero de 2020

Nada en común (XXVI)

1977

El terrorismo estaba conformando la democracia. La indefensión ya era manifiesta, hasta el extremo que el Presidente de la Diputación de Vizcaya, que dimitió por la legalización de la bandera de la ETA, la ikurriña, envió una carta abierta al Ministro de la Gobernación, Martín Villa, exponiendo el caso. Entre el texto había una frase significativa: “En 1977 no se desea ser valiente, porque ya se sabe dónde se acaba”... El 8 de octubre era asesinado. También aseveró que “nuestra bandera jamás será respetada por los partidarios de su ikurriña”.



El exilio de Vascongadas comenzó a acelerarse. Todo aquel que no era connivente con el terrorismo o no era lo suficiente precavido y callaba era señalado como reo de muerte. La prensa democrática jugó un importante papel en este sentido. No, ni los políticos ni los periodistas, ni los infiltrados en el clero eran cómplices de nada. Salieron cerca de doscientas mil personas.

El 24 de enero de 1977, terroristas de ultraderecha asesinaron a cinco personas, de las que cuatro eran abogados laboralistas comunistas, en la calle Atocha. Entonces, y sólo entonces, los partidos democráticos se atrevieron a condenar el terrorismo.

El sistema aprovechó esta circunstancia, probablemente promovida por ellos mismos para justificar lo que iban a hacer, y Suárez anunció la legalización del PCE el 9 de abril, Jueves Santo, aprovechando las vacaciones de Semana Santa. El 18 de Febrero había sido legalizado el PSOE. En esas mismas fechas se decretó la disolución del Movimiento Nacional.

En mayo, el industrial José María Bultó era asesinado por los catalanistas aprendices del terrorismo etarra.

En el peor de los casos, y suponiendo que los periodistas tuviesen razón al afirmar que los atentados eran obra de quienes estaban dispuestos a un golpe de estado, el balance de muertos en atentado era francamente favorable a los jóvenes democráticos frente a  los fascistas terroristas: 65 asesinatos desde 1968, contra cinco. Con una peculiaridad: en año y medio habían asesinado a 22 personas, el 50% de los que se habían llevado por delante en siete años.

El 15 de junio de 1977 se convocaron elecciones que fueron ganadas por la UCD de Adolfo Suárez, con mayoría absoluta, y con una abstención del 20.98%. Pero la UCD no era sino un azucarillo que acabaría deshaciéndose en la sentina democrática. Era el germen de esa sentina, instrumento imprescindible de la misma.

De inmediato, las cortes resultantes, contraviniendo todo principio del derecho, se auto invistieron de su calidad de cortes constituyentes, dando paso a la redacción de la constitución que sería autorizada en las mismas, y a la que revestirían con una pátina de legalidad mediante un referéndum, de esos que ganan siempre los convocantes, el 6 de diciembre de 1978.

En estos años, las obras públicas eran inexistentes. No faltaba quien afirmara que esa situación estaba provocada por el crecimiento desmedido que comenzaban a tener las distintas instituciones, y que incrementaría su número hasta casi el infinito.

Cesáreo recordaba con sorna que, pocos años antes, a partir de la supuesta llegada a la luna por los EE UU en 1969, se hacían chistes afirmando que si España hubiese querido habría llegado antes poniendo, uno encima de otro a policías y funcionarios.

Es el caso que, los gobiernos de Suárez, acobardados por las críticas sarcásticas sobre las obras llevadas a cabo por el régimen del que él mismo había sido un alfil de importancia, y de las que a la postre se sigue beneficiando España, no realizaba ni aún reparaciones perentorias en las infraestructuras. Bastante tenía con procurar evitar conflictos en los funerales por los asesinados por el terrorismo.

En lo económico, como en lo político, el estado estaba esperando instrucciones extranjeras. La inflación estaba a niveles del 20% en 1976 y pasó al 44% a mediados de 1977 frente al 10% de promedio de los países de la OCDE. El paro empezó su largo crecimiento: ya se situaba en 900.000 personas de las cuales sólo 300.000 recibían subsidio de desempleo y seguiría subiendo.

Los gobiernos de la democracia sólo encontrarán un pozo sin fondo con el que tapar su inoperancia: los fondos de la Seguridad Social, que quedarán exhaustos, y es que algo debían hacer, porque según Enrique Fuentes Quintana, «O los demócratas acaban con la crisis económica española o la crisis acaba con la democracia». Poco importaba que a la postre acabaran con el porvenir de todos los españoles: lo importante era que no se acabase la democracia.

Por el banco pasaba a entregar documentaciones de una empresa cliente una chiquilla exuberante que portaba un cesto del que colgaban dos cintas, una roja y otra con las barras catalanas.

En la primera ocasión, concertó Cesáreo una cita vespertina con ella. Fue el principio de un corto idilio. Al siguiente día apareció Cesáreo en el banco con las cintas en disputa.

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