miércoles, 19 de febrero de 2020

1898, LA GUERRA EN FILIPINAS (12)

A la vista de este detalle de acontecimientos, ¿fue Manila, en efecto, la escena final de una intriga política?

Los norteamericanos lo han dicho, y el capitán Bride lo ha repetido: «Se habia convenido entre las autoridades españolas y el general Merrit que Manila capitularía, cuando las tropas norteamericanas fueran lo bastante numerosas para contener á los insurrectos y evitar los excesos después de la rendición». (Isern 1899: 457)



Pero el pueblo español nada tiene que ver con los gobiernos y con la monarquía que llevaban a cabo estas tropelías. Y ese pueblo, en la creencia de actuar de acuerdo con esas autoridades, aceptaba, sumiso, la deplorable actuación de aquellos, que ya estaban tratando la venta, a cambio de dinero contante y sonante, de lo que quedaba de España.
Ese pueblo, vendido de antemano, aún tenía el vigor de actuar virilmente, y ese pueblo, personificado el 15 de octubre de 1898 en las autoridades de Guam, emitió el siguiente comunicado:

Los que subscriben, habitantes de Agaña (Isla de Guaján), capital de las islas Marianas, y testigos presenciales de todo lo acaecido en dicho punto desde el día 20 de junio próximo pasado hasta el día de la fecha (1898), atestiguan por medio del presente los hechos que se expresan a continuación.
Ignorándose por completo en esta capital la declaración y existencia de la guerra entre España y los Estados Unidos de la América del Norte en virtud de la escasez de comunicaciones de las Islas Marianas con la capital del Archipiélago Filipino y con todo el resto del mundo, presentáronse en la mañana del 20 de junio último, en ésta de Guaján, cuatro barcos norteamericanos de gran porte, uno de ellos el crucero de guerra Charleston, que fondearon en el puerto de San Luis de Apra, único habilitado en la Isla para dicho objeto.
Con el fin de cumplir las formalidades de rúbrica en estos casos, pasaron a bordo de este último buque los encargados de las visitas de guerra y sanitaría, y allí fueron enterados, con la sorpresa consiguiente, no sólo de la ruptura de hostilidades entre los dos países citados, sino del objeto que aquella escuadra, cumpliendo las órdenes del gobierno de Washington, traía a Marianas: el de tomar posesión de estas islas, para lo cual el jefe de la expedición, comandante de crucero, quería hablar inmediatamente con el Gobernador de aquéllas.
En la mañana siguiente, día 21 de junio citado, y después de una corta entrevista convenida desde el día anterior, recibió el señor Gobernador políticomilitar, Teniente Coronel de Infantería, don Juan Marina y Vega, la intimación de la rendición de la Isla en el término de media hora, así como la de toda persona de carácter militar al servicio de España residente en aquélla. En vista de los medios de defensa que se poseían, que estaban reducidos, puede decirse, al destacamento de 54 soldados peninsulares de infantería de marina, así como de la inmensa superioridad numérica del enemigo que en los tres grandes transportes, a más de potentes medios de guerra de todo género, venían conduciendo una división del ejército de los Estados Unidos, y en atención, en fin, a la imposibilidad absoluta de hacer algo eficaz en la defensa, el señor Gobernador políticomilitar se vio en la necesidad de rendir la Isla, siendo hecho prisionero en unión de los demás individuos militares de la pequeña guarnición, y que eran el Capitán del puerto, el Secretario del Gobierno, el Médico militar y los dos oficiales del destacamento, que con los 54 soldados de éste, fueron todos llevados a bordo del crucero, después de entregar las armas y cuatro banderas nacionales pertenecientes a los distintos Centros de la ciudad, las cuales fueron también exigidas por el enemigo.
Después de acaecido esto, limitáronse los americanos a izar y saludar su bandera en el ruinoso y abandonado fuerte de Santa Cruz, situado en el mismo puerto, retirándola después de los honores correspondientes, y el día 22 por la mañana toda la escuadra, llevándose a los militares españoles, zarpó del puerto, siguiendo su viaje a Manila…
¿Era el acto ejecutado por los yankees una verdadera toma de posesión de este pedazo de tierra española? Si así ellos lo imaginaron no lo demostraron con sus hechos: no habían pisado más tierra, materialmente hablando, que la misma orilla del embarcadero del Puerto […]; no quedaron en la Isla ni autoridad, ni un solo soldado de guarnición […] Tales fueron las reflexiones hechas por el español peninsular don José Sisto y Rodrigo-Vallabriga, Administrador de Hacienda Pública, en propiedad, de estas Islas, el cual, considerando perfectamente nulo lo ejecutado por los yankees, conceptuó que si la escuadra enemiga había tomado posesión de aquéllas en la forma que lo había hecho, él podía hacer lo mismo, como español y funcionario público, a modo de reconquista en el momento que el enemigo las abandonaba, y no titubeando un solo instante en llevar a la práctica su de patriótico pensamiento, el señor Sisto y Rodrigo-Vallabriga, en nombre de España, tomó el mando del Gobierno en las Islas Marianas en nombre de España, las cuales, por este hecho, continuaron formando parte integrante del territorio a que siempre han pertenecido.
Restaurado así el régimen español en las Islas […], nada, en efecto, ha variado de cuanto con arreglo a las leyes y reglamentos españoles vigentes venía cumpliéndose en el régimen político de la colonia […], con siguiéndose así la tradicional y perfecta tranquilidad que siempre ha sido propia de este apartado rincón de España, y demostrándose la firme adhesión a la patria y a los Poderes constituidos.
Y para que conste y en testimonio de verdad, firman este documento en Agaña, a quince de octubre del año mil ochocientos noventa y ocho (Baró 2015: 105-107)

http://www.cesareojarabo.es/2018/04/1898-la-guerra-en-filipinas-texto.html

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