domingo, 9 de febrero de 2020

De Isabel II al sexenio revolucionario (3)


Con la nueva situación, el 28 de Marzo de 1844 regresaba a España Maria Cristina, y el 18 de Mayo de 1845, don Carlos abdicaba en su hijo con la esperanza de que la posible boda de éste con la reina acabase con el conflicto dinástico.



Pero también en este empeño obtuvo un fracaso el pretendiente. Isabel II acabó casándose con Francisco de Asís, que además de la mofa generalizada como consecuencia de su pública impotencia, y del consiguiente y también público escándalo sexual permanente protagonizado por Isabel II, representó un nuevo fracaso del carlismo al frustrarse la boda que tenían prevista con Carlos Luis, conde de Monteleón, hijo del pretendiente Carlos.

Europa entera, excepto España, pareció tener derecho a intervenir en este asunto; pero particularmente pretendían hacer pesar su influencia en él Inglaterra y Francia. Seis eran los aspirantes a enlazarse con la Reina y con la infanta: El conde de Montemolín, hijo mayor de Don Carlos, que a pesar de sus ofertas y concesiones políticas, fue rechazado por todas las fracciones liberales; el de Trápani, a quien apoyaban los Estados italianos y la Reina Cristina; pero cuya candidatura hubo dé ser abandonada por igual causa; un príncipe de Coburgo, a quien se inclinaba el Gobierno inglés; dos de la casa de Braganza, que, aunque demasiado niños, eran para algunos los más aceptables en el concepto de facilitar la unión de España y Portugal; y por último, el infante Don Enrique de Borbón, que gozaba de las simpatías de los progresistas. (Orellana, II: 345)

Don Francisco de Asís de Borbón fue impuesto como candidato neutral por las presiones de Francia e Inglaterra, que temían la ascensión al trono de un consorte extranjero que pudiera inclinar el fiel de la balanza de las relaciones internacionales españolas hacia una u otra potencia. Desde el inicio de su matrimonio los esposos se profesaron mutuamente una antipatía insalvable que condujo a continuas separaciones. En distintas ocasiones hubieron de mediar entre la real pareja políticos cercanos a la reina, como Narváez, y las instancias eclesiásticas, incluidos el papa Pío IX y el confesor de la reina, el arzobispo Antonio María Claret.

La boda de Isabel II motivó que los exiliados en Francia huyesen a Inglaterra para desde allí organizar un nuevo levantamiento.

Como un folletín transcurría la vida de la corona, y las chanzas al respecto eran generalizadas, alcanzando el escándalo gran importancia también en la prensa.

Para contrarrestar los efectos de la evidencia, el gobierno O’Donnell emprendió en 1858 una campaña de viajes de Isabel II por provincias, con el ánimo de que aumentara la popularidad de la reina.

La Guerra de África, entre 1859 y 1860, llevada a cabo con el permiso de Inglaterra a condición de que España no ganase ninguna posición permanente, serviría como elemento para lavar la imagen de la reina, que era llamada “madre de los españoles”, y señalada como aliada de su pueblo en la lucha por la dignidad e independencia nacionales. De hecho, la entrada de la reina en Barcelona, en septiembre de 1860, fue la más multitudinaria y espontánea de cuantas hubo.

Pero el teatro que significó la guerra de África, sólo sirvió para repartir títulos nobiliarios, y el prestigio de Isabel II nuevamente cayó a la alcantarilla de la que ella misma era producto y crisol, por lo que el Gobierno de Narváez promovió en 1867 un movimiento de adhesión a la reina ante la campaña de progresistas y demócratas contra el trono, que sirvió de poco, ya que el repudio a los Borbones se convirtió en una seña de identidad de los revolucionarios de 1868.

Proliferaron los folletos sobre la vida privada de Isabel II, casi todos con las mismas anécdotas, como los de Rafael Gomuz, Memorias secretas de Isabel de Borbón, por un testigo ocular, y el de Eusebio Pereda, la carta de un rústico español a Isabel II. O los anónimos Vida privada de Isabel de Borbón; La llave de oro del padre Claret, obispo y confesor… in partibus infidelium, y una colección de insultos homofóbicos titulada Misterios de Paquita. Todos estos folletos estaban repletos de anécdotas de dudosa veracidad, pero que encajaban con la imagen de la reina del “furor uterino”, el despilfarro, la crueldad, la beatería y el latrocinio. Incluso la obesidad se mostró como una prueba del vicio y la dejadez, pero también para contraponerla a la imagen de un pueblo hambriento. (Vilches 2006)

La idea era que las costumbres privadas inmorales de la reina condicionaban sus decisiones públicas, por lo que se rodeó de una corte de interesados y consentidores. Los republicanos les definían como hombres faltos de patriotismo, de “ciencia de gobierno” y sensatez. Esto hundió, escribió un radical, la educación, la ciencia, la economía, el progreso y la libertad. Los republicanos señalaban a cuatro favoritos como instrumentos de los partidos, de la corrupción y de la inmoralidad: a Enrique Puigmoltó (supuesto padre de
Alfonso XII), a Tirso Obregón y Miguel Tenorio (presuntamente a sueldo de los partidos unionista y moderado), y a Carlos Marfori (sobrino de Narváez). A este último, Blasco Ibáñez le definía como a “una especie de chulo endiosado, poseedor de ocultas prendas que enloquecían a la reina”. La conducta inmoral alcanzaba al rey consorte, al que los republicanos relacionaban con Meneses. El escritor Manuel Villalba Hervás se burlaba diciendo: “para que nuestros lectores nos entiendan mejor: D. Francisco era a
Meneses lo que doña Isabel a Tenorio” (Vilches 2006)



Texto completo: http://www.cesareojarabo.es/2018/06/de-isabel-ii-al-sexenio-revolucionario.html

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