miércoles, 5 de febrero de 2020

EL TRÁFICO NEGRERO EN ESPAÑA HASTA EL SIGLO XVIII (6)

Estas cifras parecen coincidir bastante con las facilitadas por el capitán Fernando de Silva, de donde el nuevo aporte de Ángel Rosemblat en lo referente al número total de gentes de raza negra existente en América, viene a dar verosimilitud a los datos de Luis Gómez Acuña señalados más arriba, donde señala que el número de esclavos existentes en Lima en 1700 era prácticamente la mitad del existente en 1640, siendo la manumisión el motivo principal de esta más que sensible diferencia.

De estos datos se infiere que en 1650, el 62% de la población negra existente en la España americana era libre, y en esa dinámica podemos hacer elucubraciones que sencillamente no son historia, por lo que no vamos a entrar en ellas.
Sólo señalar, para comparar, algunos aspectos del resto de América.

A finales de 1699 en Brasil habría entre 500.000 y 600. 000 negros; en el Caribe no hispánico unos 450.000 (García Fuentes 1976: 39)

Y para que las comparaciones sean más certeras, señalar tan sólo las extensiones geográficas a las que estamos haciendo referencia, lo cual da una idea de la superpoblación de gentes de color negro que debía acumularse en algunas zonas.
Tras la Guerra de Sucesión, las circunstancias se acelerarían en sentido bien diverso al que la Monarquía Hispánica había sentado.
A partir de ese momento, la existencia de un sistema esclavista patriarcal y lánguido con claras muestras de tender a la extinción, cambiaría radicalmente con el nuevo signo de los tiempos. El humillante Tratado de Utrecht, que sumía a España en una dependencia exterior, significaría el fortalecimiento del concepto esclavista, que alcanzaría sus cotas más oscuras en el patético, sucio, antiespañol y manifiestamente británico siglo XIX.

En 1717 había en Minas Gerais más de 30.000 esclavos negros y en 1735 superaban los 100.000. La demanda de esclavos – varones, especialmente- se había disparado. Las cuantiosas inversiones hicieron aparecer complejos yacimientos mineros. La fiebre del oro y de los diamantes se extendió por el ancho territorio lusitano, y destacaban sobre todo Goias y Mato Grosso. El centro económico del país se bifurcó hacia el norte y hacia el sur. Todo esto propició que Brasil, antes de 1790, tuviese la mayor concentración de esclavos de todo el Nuevo Mundo. Cerca de un millón, aproximadamente, a comienzos del siglo XIX. Siguió aumentando hasta 1850; por estos años acabó la minería de oro y de diamantes. (García Fuentes 1976: 50)

No hace falta decir que esa minería, y todo lo que la envuelve, estaba en manos británicas. No en vano los tiempos de glorias de España (y en ella incluyo Portugal) habían acabado.
Con la llegada de Felipe V ya empezaron a cambiar las cosas. Bajo su reinado el monopolio del suministro de esclavos a América estuvo en manos francesas. Doce años duró ese monopolio hasta que en 1713, el Tratado de Utrecht con que Inglaterra daba fin a la Guerra de Sucesión Española y reconocía como soberano de España a Felipe V, sometía a España a varias vejaciones, una de las cuales era que Inglaterra se hacía con el asiento de esclavos para la España americana; esa a la que, si no en leyes sí en documentos de menor rango, comenzaba a referirse, caso inaudito, no como “provincias” ni como “reinos”, sino como “colonias”.
Desde ese momento, y hasta 1750, Inglaterra tendría el monopolio de la trata de esclavos. Y esa no es cuestión menor, ya que, además de una inmensa flota legal para llevar a cabo la trata, contaba con una flota estrictamente pirática para completar la labor, por supuesto siempre a su favor, fuera de los cauces de los tratados.
Tan es así que, a pesar de tener el monopolio de un tráfico que si nunca fue limpio ni justo y siempre estuvo en manos de la escoria de la sociedad, ahora perfeccionaba su condición hasta límites desconocidos hasta por la propia Inglaterra.
Y aunque el juicio sea un exabrupto, no lo es tanto si consideramos que, en esas condiciones, sigue sin conocerse el número de personas esclavizadas que fueron sacadas de África (con la connivencia de los africanos, también es cierto), y trasladadas a América en unas condiciones que sólo pueden atestiguar los mismos ingleses que un siglo más tarde, y en las mismas condiciones, serían trasladados a Australia y a Nueva Zelanda, condenados por delitos que en otros lugares se hubiesen solventado con un cachete no sin que ello provocase airadas protestas.


Texto completo en el siguiente enlace: http://www.cesareojarabo.es/2018/09/el-trafico-negrero-en-espana-hasta-el.html

1 comentarios :

Unknown dijo...

Muchas gracias por aportar estos datos que diferencian claramente la situación del esclavismo en el imperio español y resto de potencias.

 
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