martes, 24 de marzo de 2020

El amargo sabor del azúcar (3)

Se creía que los tratantes privados no construirían fuertes en África y, aunque lo hicieran, no los sostendrían; no pagarían impuestos, firmarían con los monarcas africanos acuerdos inconvenientes desde el punto de vista político y quizá los incumplirían, perjudicando así a la metrópoli. De modo que no sólo los franceses y los ingleses, sino también los gobernantes de pequeños Estados, como el rey de Dinamarca y el duque de Curlandia (la actual Letonia), crearon estas empresas emuladoras de las holandesas, que combinaban los intereses africanos con los de las Indias occidentales. Estas compañías pronto crearon una especie de burocracia que no volvería a verse hasta la aparición de las grandes empresas nacionalizadas de principios del siglo XX. (Thomas 1997: 186)



Que la demanda de azúcar en Europa hubiese sido creciente a lo largo del siglo XVII propició el crecimiento productivo que tuvo su gran explosión en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando como consecuencia más importancia tuvo el tráfico de esclavos, en el que Inglaterra ocupaba el lugar preeminente.
Ya había cesado hacía décadas la preeminencia detentada por Portugal, siendo que Portugal gozaba de tal puesto cuando gestionaba un flujo de tráfico equivalente a una fracción del tráfico gestionado por Inglaterra en los momentos anteriores a hacerse con el asiento, tras la guerra de Sucesión.
A pesar de que la Ilustración ya se había enquistado en España durante el siglo XVIII, las formas, particularmente en América, continuaban siendo en gran medida conforme al espíritu hispánico.

En los antiguos “cachimbos” los esclavos vivían en sus chozas o “bohíos”, cultivaban las pequeñas parcelas o “conucos” que el amo les entregaba para que tuviesen sus propios cultivos y crías, y lograban de ese modo una cierta independencia económica que, a veces, los ayudaba a obtener su libertad. En los nuevos ingenios, cada vez más grandes y mecanizados y cada día más distintos de los viejos trapiches primitivos, van cuajando con rapidez paralela a la de los cambios tecnológicos, las formas típicas de la plantación esclavista. (Castellanos 1988: 130)

El año 1762 significará un grave cambio en el mantenimiento de esas formas, en manifiesto menoscabo de los intereses del más débil, siendo que la concepción puramente patriarcal del hecho esclavista, presente de forma generalizada hasta el momento, daba paso a la explotación sin condiciones del esclavo, al puro estilo británico, sufrido por propios y extraños allí donde estaban enclavados.
Y el motivo determinante del cambio, como no podía ser de otro modo, fue la ocupación de La Habana por los ingleses el año 1762. A partir de ese momento, y a pesar de haber sido recuperada la soberanía el año 1763, los principios liberales cuajaron en un sector importante de la sociedad cubana, y como consecuencia se cayó en el mercantilismo, con el cual se pasó a tener una fijación enfermiza por la producción de azúcar; una obsesión más propia de espíritus ajenos al sentimiento humanista que había marcado los pasos de España hasta esos momentos. Como consecuencia, Cuba conoció un primer crecimiento de su producción de azúcar; y la obsesión por el mismo ya no decaería en el futuro, animada por el gran número de esclavos importado durante la dominación británica, lo que conllevó una más que significativa bajada de los precios de la mercancía humana y una deshumanización en el trato de los esclavos, que desde ese momento pasaban a ser elemento desechable de la producción.
Lógicamente, además, a pesar de haber abandonado militarmente la isla, los ingleses dejaron en la misma la punta de lanza de su imperio: el mercantilismo. Capitales ingleses quedaron en la isla, y esos capitales multiplicaron la producción de azúcar, el número de esclavos y la deshumanización de su trato. Y a partir de ese momento puede decirse que el número de esclavos llevados a Cuba no paró de crecer.
Los ingenios necesitaban más caña para procesar, y la caña necesitaba más terrenos que arrebatar a la selva, y éstos, más esclavos negros que ya no eran atendidos como miembros de la familia, sino como objetos a los que debía sacárseles el máximo beneficio. De la mano de los británicos se implantaba la inhumanidad liberal capitalista, a la que se unían vilmente aquellos que habían perdido el principio de honorabilidad cristiano y español. Ellos se convertirían en los mejores factores del liberalismo.

Tras la ocupación británica de La Habana se produjo un cambio trascendental en la economía de la isla. La inmigración forzosa de negros fue incrementada como consecuencia del fuerte incremento experimentado por el cultivo de la caña de azúcar. La introducción de esclavos la tenía la compañía británica Baker y Dawson y en 1787 los hacendados se quejaban del comportamiento de los asentistas británicos, pues no habían sido capaces de introducir un solo negro. La oligarquía cubana (1789) exigió el cumplimiento de lo acordado y del gobierno español: completa libertad del comercio negrero. Por una real cédula de 1787, posteriormente ampliada en 1791 y 1804, se abrían las puertas de Cuba a los negreros nacionales y extranjeros, lo cual provocó una gran importación de emigrantes forzados: desde 1789 hasta comienzos de 1791 se introdujeron en La Habana más de 5.000 negros, mientras que la contrata de Baker y Dawson, en los tres años que duró, apenas introdujo poco más de 2.000. Los propios cubanos hicieron frente a las nuevas exigencias del tráfico: se creó la Compañía de Consignaciones de Negros, cuyos socios actuaban como factores en La Habana. Además, comienza en esta época en La Habana -como técnica de marketing- la publicidad en la venta de esclavos. La agricultura de la isla lo agradecía y su desarrollo no tenía precedentes. (García Fuentes 1976: 49)


Texrto completo: http://www.cesareojarabo.es/2018/12/el-amargo-sabor-del-azucar-texto.html

0 comentarios :

 
;