martes, 31 de marzo de 2020

El trato del esclavo en España (1)

El trato del esclavo en España

Ante la evidencia de que la esclavitud ha sido (y es) una realidad cotidiana en el cien por cien de las sociedades a lo largo de la historia y de la geografía, nos queda dilucidar, no ya si la esclavitud es más o menos justa, pues en ello creo que todos, y en todos los tiempos, estamos de acuerdo, sino desde esa realidad, cómo se trata al esclavo; qué consideración se tiene con él… o qué consideración tiene el esclavista con nosotros.

Ahora no toca analizar ese último apunte que tan cerca lo tenemos, sino el trato que la sociedad española ha dado al esclavo antes de ser una sociedad esclavista, cuando era una sociedad que tenía esclavos, y más concretamente nos centraremos en el asunto en las provincias españolas de América.
Los Reyes Católicos decretaron que los indios no podían ser esclavizados, lo que ocasionó un problema a la hora de poner en marcha los complejos productivos del Nuevo Mundo, pues la esclavitud era comúnmente la mano de obra utilizada desde siempre, por los productores de azúcar de todas las latitudes, y caña de azúcar, además de minería, eran los trabajos principales a desarrollar en La Española en los primeros años del siglo XVI.
El problema se agudizaba por el hecho de la debacle poblacional a que se vio abocada La Española como consecuencia de la transmisión de enfermedades aportadas por los españoles, todo lo cual coadyuvó a encontrar la solución en la importación de esclavos negros procedentes de África. Medida que absolutamente a nadie le pareció peregrina ni nociva. Tal vez extraña sí, ya que chirría esa medida si la comparamos con la legislación de protección del indio que desde el primer momento y a lo largo de siglos fue generada por la Monarquía Española, pero aparte la extrañeza por comparación, normal en todo lo demás.

El problema moral de conciencia por entonces –como en los tiempos de San Pablo– no se planteaba, en modo alguno, sobre el tener esclavos, sino sobre el trato bueno o malo que a los esclavos se daba. (Iraburu 2003: 174)

Procurando así, mantener un sentimiento neutro ante el hecho de la esclavitud, al intentar valorar las relaciones existentes entre la población esclava y sus amos, parece entreverse una diferencia entre lo acaecido hasta el siglo XIX y lo acaecido a partir de esta fecha, sin que podamos ni queramos entender un corte absoluto, con diferencias insalvables entre ambos periodos, entre otras razones porque en las actuaciones humanas es difícil que se lleguen a producir cambios tan inmediatos y definitivos.
 Las diferencias, no obstante, empiezan a notarse tras la Guerra de Sucesión, cuando los cambios políticos en España, reflejados en el cambio de dinastía reinante, conllevaron otros cambios en profundidad, cuyos efectos serían aplicados a largo plazo, si bien desde el principio queda constancia de los mismos.
No obstante, en el asunto que nos ocupa, la concesión del monopolio del asiento de negros a Inglaterra es un hecho de capital importancia, pues se producía un paso, sin lugar a dudas el de mayor peso, hacia un cambio en el concepto del hecho de la esclavitud, por el cual se iniciaba el camino parta convertir una sociedad libre que tenía esclavos a los que manumitía con normalidad, a una sociedad esclavista que veía en el esclavo un  bien fungible y amortizable. Tardaría un siglo o tal vez más en ser asumido ese cambio, pero sin llegar a la perfección a que había llegado en los territorios no hispánicos, esa concepción acabaría tomando cuerpo en las plantaciones de azúcar del Caribe Hispánico.
 No obstante, aún en los peores tiempos del siglo XIX, todo hace señalar que la esclavitud fue en el mundo hispano más suave que en otras zonas de América. Esa es la opinión tanto de José Antonio Saco o de Nicolás Sánchez Albornoz como la de otros autores que han estudiado el hecho esclavista, y que para evitar susceptibilidades vamos a limitar a su condición de extranjeros, no sin dejar de señalar que las mayores barbaridades han sido emitidas por autores españoles de nombre y bastante más que mediocres de apellido.
Baste para el caso de los autores extranjeros que anunciamos citar a Jane Landers, Hug Thomas, Leslie Bethell, Frederick P.Bowser, Damian Bayon, Charles Gibson, Jhon Hemming, Jacques Lafaye, D.C. James Lockart, o Robert Stevenson.
Y como cita que se sale tanto del ámbito de la Hispanidad como del ámbito de nuestro tiempo, podemos citar al abate Enri Grégoire, que no duda en afirmar que los españoles y los portugueses son las naciones que mejor han tratado a los negros, y no duda en afirmar que el cristianismo inspira un carácter de paternidad que coloca a los esclavos a muy poca distancia de los señores, que no desdeñan unirse en matrimonio con los negros, facilitando a los esclavos los medios de conquistar la libertad.
También, como muestra, saca a colación la ordenación sacerdotal de personas negras.

En 1765 los documentos ingleses citan como cosa extraordinaria la ordenación de un negro por el doctor Keppel, cuando entre los españoles, más aún que entre los portugueses es cosa muy común. (Grégoire 1808: 83).

Y aún sigue diciendo:

Aunque España y Portugal tuvieron grandes cantidades de esclavos, su suerte general no fue negativa. El espíritu religioso les proporciono recursos de instrucción y libertad...'' (Grégoire 1808: 82).

Al hablar de España, ineludiblemente, y aún en el caso de la esclavitud, debemos hablar del pensamiento humanista cristiano que hoy es negado por la mayoría del pueblo español, abducido por el imperio de la mediocridad y la mentira impuesto por el pensamiento liberal, europeo, protestante, materialista que, siguiendo instrucciones directas y concretas de sus ideólogos, directamente miente.
Quien no miente es el documento escrito, y a él nos tenemos que remitir, y cuando nos critiquen diciendo que eso lo puede decir cualquiera, recordar a los abducidos por el liberalismo que la mentira es su arma; la nuestra, la verdad.
En base a esa verdad nos remitiremos al Código de las Siete Partidas, sancionado por Alfonso X el Sabio y cuyo espíritu se mantuvo vigente, como poco hasta la Guerra de Sucesión. Por el mismo se entiende que la esclavitud no es un estado permanente, sino un infortunio, y su aceptación por parte de quienes poseían esclavos no estaba exenta de cierto sentimiento de culpa, y por qué no, de cierta cobardía y de mucha comodidad que en múltiples ocasiones impedía que el amo manumitiese a sus esclavos antes de acercarse la hora de su muerte (la del amo).


Texto completo en el enlace: http://www.cesareojarabo.es/2018/10/el-trato-del-esclavo-en-espana-texto.html

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