domingo, 29 de marzo de 2020

LA MARINA ESPAÑOLA ANTE EL DESASTRE DE 1898 (4)

Las contramedidas tomadas distaban mucho de las necesidades reales.

Como primer cordón protector de las costas se precisaban buques de notable autonomía tamaño y poder artillero, capaces de detener incluso en aguas internacionales los mercantes expedicionarios, impidiéndoles el acceso, persiguiéndolos y alcanzándolos.../…La experiencia de las sublevaciones anteriores apoyadas desde el exterior y por vía marítima había puesto sobre el tapete la necesidad de contar también con una numerosa flotilla de buques de poco calado, capaces de introducirse lo más subrepticia y rápidamente posible por entre los numerosos canales, sorprendiendo las actividades de desembarco de voluntarios y material. (O’Donnell 1999: 106)



Ese fue, a la postre, el único capítulo que mereció cierto grado de atención por parte del gobierno, siendo que la mera existencia de esta cobertura guardacosta tuvo un enorme efecto disuasorio para muchos aventureros y buques.
No obstante, en este servicio figuraban tan sólo cinco cruceros y seis cañoneros, todo lo cual era manifiestamente insuficiente, siendo reforzado en 1897 con el aporte de 33 unidades más de poco tonelaje y poca fuerza artillera.
Estas unidades reforzaron las unidades operativas que llevaban en servicio diez años y que para el inicio de la guerra en 1898 estaban inoperativos:

El Alfonso XII y el Reina Mercedes desplazaban respectivamente 3.900 y 3.090 toneladas, con 84 m de eslora, 13 de manga y 9,5 de puntal, con un calado de 6,7 m. Alcanzaban una velocidad de entre 13 y 15 nudos, con una autonomía de 4.000 millas. Carecían de cubierta protectriz y su artillería principal constaba de seis piezas hontoria de 16 cm; 3 de 57 mm; tres ametralladoras y 5 tubos lanzatorpedos. Tenían una tripulación de 380 hombres. (O’Donnell 1999: 116)

Con esta situación, en los momentos previos al acto final del drama, decía “El Mundo naval ilustrado” de 15-2-1898:

acabábase la guerra iniciada en Yara y nos cogió el grito de Baire sin barcos, sin ferrocarriles estratégicos y sorprendiendo a nuestros grandes políticos lo que los comerciantes sabían hace tiempo y lo sabía todo el mundo, menos los que no quisieron saberlo.

Esa penosa situación fue discutida calurosamente por muchos, pero nadie tomaba cartas en el asunto, y por supuesto nadie se atrevió a pronunciar la palabra “traición” para identificar, no ya al gobierno de Sagasta en 1898, sino a todos los gobiernos anteriores. En 1898 se hacía alguna alusión lejana a esa traición, pero en los demás casos, ni eso. Entonces, como ahora, parece España sujeta a un destino fatal en el que los españoles somos meros espectadores.
Muestras de que había conocimiento de la verdadera situación eran reflejadas por la prensa; así, en 1893, el periódico “El Imparcial” daba una advertencia:

Si un conflicto internacional sobreviene con una potencia cuyo material flotante sea superior al nuestro, la bizarra oficialidad de nuestra Armada sabra en sus barcos escasos y deficientes consagrarse a la muerte para salvar la honra del pabellón; pero no es eso lo que sus dignos individuos tienen derecho a demandar y la nación a exigir de sus Gobiernos. Gastando el 80 por 100 del presupuesto en personal y el 20 por 100 en material flotante no hay marina posible; porque llegado el caso ese numeroso personal, por heroico que sea, no ha de combatir a nado o en armadías. (Sánchez 1996: 204)


Texto completo en http://www.cesareojarabo.es/2018/06/la-marina-espanola-ante-el-desastre-de.html

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