domingo, 19 de abril de 2020

1898, LA GUERRA EN FILIPINAS (y 13)

De nada serviría este acto heroico. La monarquía y el gobierno que actuaban en nombre de España ya habían decidido el destino de las Marianas, que eran apetecidas por las potencias europeas.



La posición geográfica de las islas Marianas hacía de ellas un punto estratégico en el dominio de los mares y tierras. El enorme mercado chino ofrecía perspectivas de lucro a los países occidentales industrializados, que a lo largo del siglo XIX intentaron, y lograron, abrir sus puertas. Pero el mundo asiático estaba ya completamente ocupado por dichas potencias y la búsqueda de nuevos territorios para repartir estaba, por entonces, bloqueada; la única salida posible será, pues, la redistribución colonial, siendo en este contexto en el que hay que inscribir todo el desmantelamiento colonial español en el Pacífico. (Pozuelo 1998: 149)

Todo estaba en completo derribo; así, el día 24 de Diciembre de 1898, las Visayas también eran finalmente abandonadas por el ejército español. Catorce días después de haber renunciado a su soberanía.
Tampoco tendría sentido práctico, aunque sí de honor (algo sin importancia para las administraciones públicas) Baler, que a 200 kilómetros de Manila albergó la gesta que cincuenta y siete soldados españoles que,  desconociendo la derrota, se mantuvieron firmes en su posición durante 337 días.
Asediados por una ingente multitud, el destacamento se atrincheró en la iglesia a la espera de refuerzos, con gran cantidad de suministros, pero sin sal ni agua potable. Finalmente excavarían un pozo que les suministró el líquido elemento necesario. Antes se les acabaron los suministros, debiendo comer los caballos… y las lagartijas que tenían oportunidad de capturar.
No todos fueron héroes. Ocho fueron los desertores de este destacamento, un cabo y cinco soldados españoles , de los que dos fueron fusilados por los sitiados poco antes de finalizar el asedio, y un cabo y un sanitario indígenas que huyeron antes incluso de comenzar el mismo.
Las relaciones entre los enfrentados llegaron a ser cordiales, intercambiando cigarrillos por vino.
Pero el beri-beri y la disentería hicieron mella en los sitiados, llevando por delante, entre otros, al párroco y al capitán Las Morenas, que fue sustituido en el mando por el teniente Martín Cerezo, que dejaría escrito el relato de la gesta.
El honor de estos héroes merece ser referido. Aquí, el detalle de su gesta.

Desde el día 12 de febrero del año 1898 que llegamos a Báler, hasta el 2 de junio de 1899, fecha de nuestra memorable capitulación, no recibimos, como ya dije antes de ahora, ni un centavo, ni una galleta, ni un cartucho. (Martín 1904: 40)

El 27 de junio, ante el ambiente hostil, la unidad se acuarteló en la iglesia mientras desertaban dos soldados nativos y uno peninsular. El día 29 desertó otro soldado peninsular. El día 30 se produjo el primer enfrentamiento, resultando herido un soldado español. Previendo el sitio, al día siguiente construyeron un pozo para abastecerse de agua, y a los tres días construyeron un horno.
El 8 de julio los sitiadores les enviaron tabaco y les ofrecieron una tregua, “a fin de que la gente descansase”, y alimentos, que fueron rechazados con el acompañamiento de una botella de jerez.
Mientras, los desertores animaban a voces a la deserción de quienes permanecían en su puesto.
El 31 de julio fallecía un soldado herido el 18, que debió ser enterrado en el mismo sitio.
El 3 de agosto se producía una nueva deserción, y el 15 un nuevo herido. El desertor moriría a los pocos días en el curso de un asalto a la iglesia.
El día veinte se incorporaron dos frailes, y el 25 de septiembre hubo nueva incorporación: el beri-beri, que provocó el fallecimiento del párroco, y el 30, la disentería se llevó a un soldado.
Ese mismo día recibían una comunicación de Dupuy de Lome, gobernador de Nueva Écija, comunicando el desastre y el fin de la guerra.
El 10 de octubre fallecieron dos soldados, víctimas del beri-beri.
El 18 falleció, también víctima del beri-beri, el comandante de puesto Juan Alonso Zayas; el resto de la dotación, excepto seis, también padecía la enfermedad.
Con esta situación no se podían permitir permisos… Los enfermos también hacían guardia, aunque debían ser transportados por los sanos.
Los días 22 y 25 se produjeron otras dos muertes por beri-beri, y el 23, otra muerte por acto de guerra. Además finalizando octubre, ningún sitiado poseía zapatos. En la primera quincena de noviembre fallecieron cuatro soldados más como consecuencia del beri-beri;
El 22 de noviembre fallecía el capitán Las Morenas, también víctima del beri-beri (era el día 145 del asedio, y quedaban cuarenta defensores, mas un médico y un sanitario. Para alimentarse sólo tenían harina de arroz fermentada; algo de tocino podrido, algunas habichuelas, y bastante azúcar.
La situación la amenizaban con habituales jolgorios que sacaban de quicio a los sitiadores.
El 8 de diciembre, otro muerto por beri-beri; A las juergas de los sitiados respondían los sitiadores con juergas en las que participaban mujeres, y de forma destacada, los desertores.
La situación era tan extrema que los sitiados hacían listas señalando el orden de las defunciones, y el primero de las mismas hacía legados a quienes le cavasen la tumba.
El 14 de diciembre, con el médico moribundo,  una salida a la desesperada pegó fuego a las posiciones tagalas, haciendo huir a los sitiadores, momento aprovechado para recolectar verduras, naranjas y calabazas allí existentes, así como clavos y madera. El aporte de las naranjas y las calabazas fue decisivo para mejorar la situación de los enfermos. Inmediatamente habilitaron un huerto donde sembraron hortalizas, gracias a las cuales pudieron controlar el hambre y las enfermedades.
Pero tenían otros problemas que no podían solventar… La techumbre, totalmente agujereada no libraba de las copiosas lluvias.
No obstante, nada les minaba el ánimo, por lo que llegada la Navidad celebraron la Nochebuena con un gran jolgorio.
El 1 de enero de 1899 se les había acabado el arroz; la ración de harina se vio reducida de 500 a 200 gramos. A mediados de enero les dejaron unos periódicos filipinos.
El 13 de febrero falleció de beri-beri otro soldado, y el día siguiente, catorce, recibieron un oficio del Comandante español en el que se comunicaba el fin de la guerra. Su portador, capitán Olmedo, fue despachado, no sin que antes expresase sus quejas por no ser recibido por el comandante Las Morenas, con quién le unían lazos de amistad y parentesco, y cuya muerte era ocultada para seguridad de la guarnición.
El 25 de febrero fueron encadenados tres presuntos desertores, uno de ellos cogido in fraganti.
A finales de febrero se les presentó un carabao, que mataron y se comieron en tres días. Luego mataron otro, y otro día, otro, pero al carecer de sal, no pudieron conservar la carne. Pudieron comer durante diez días, y con la piel, hacerse abarcas.
El 30 de marzo, los sitiadores hicieron uso de un cañón.
El 8 de abril (tras 282 días de sitio) acabaron los últimas “inmundicias de tocino”.
El 11 de abril, el vapor usense Yorktown hizo presencia en la zona con la idea de rescatar a los soldados españoles… pero desapareció como había aparecido, dejando en tierra quince soldados usenses que fueron muertos por los tagalos.
El 24 de abril sólo tenían algunos puñados de arroz molido y algunas sardinas en lata.
El 12 de mayo se produjo un nuevo fallecimiento por heridas de guerra, y tras un bombardeo se vieron obligados a retirar de su ubicación a los tres arrestados, en cuya operación uno de ellos huyó al campo enemigo.
El 19 de mayo murió de disentería otro soldado.
El 28 de mayo se ofreció un nuevo parlamento en el que un oficial español, el teniente coronel de Estado Mayor Cristóbal Aguilar y Castañeda, recién llegado a Baler a bordo del vapor “Uranus”, ofrecía un buque para la evacuación. Fue el primero realizado por un alto oficial del ejército español, pero el intento fue rechazado entendiendo que era una nueva argucia. Pero el oficial dejó un paquete de periódicos que acabarían siendo la clave para finalizar el sitio. Todo hacía indicar que eran auténticos, pero los sitiados no se fiaban… y urdían la huída… Prepararon la misma y fusilaron a los dos arrestados, convictos y confesos de traición, y enterraron con sus cadáveres todo lo que de útil había y no podían acarrear... Pero hubieron de dilatar la partida dado que el cerco no ofrecía resquicio.
En ese tiempo de espera, el teniente Martín volvió a repasar los periódicos que le habían dejado, y ese repaso sería definitivo para acabar con la situación que ya duraba casi un año. Una pequeña noticia referida por “El Imparcial”sería el detonante: Un segundo teniente de la escala de reserva de Infantería, D. Francisco Díaz Navarro, pasaba destinado a Málaga… Se trataba de un antiguo compañero y amigo del teniente Martín del que conocía su deseo de pedir justamente ese destino, donde residía su familia. Los periódicos eran auténticos. Con esta certeza, y con la confianza que le mereció el trato tenido con el Teniente coronel Aguilar, que había sido el portador de los periódicos, planteó la rendición a los sitiados.
El dos de junio de 1889 se rendía, con condiciones, el destacamento de Baler. Los sitiados no quedaron prisioneros. Su gesta duró 337 días y había costado la vida a diecinueve sitiados (15 por enfermedad, dos por heridas de bala, y dos habían sido fusilados por los propios sitiados); seis habían desertado. Los supervivientes fueron recibidos por los sitiadores con simpatía. El día siete salían de Baler, y el día ocho pretendían hacer cambiar el texto de la capitulación, y todo a pesar de las indicaciones de Aguinaldo, que reclamaba las mayores consideraciones a los héroes de Baler.
La orden de Aguinaldo decía:

Habiéndose hecho acreedores a la admiración del mundo las fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler, por el valor, constancia y heroísmo con que aquel puñado de hombres aislados y sin esperanza de auxilio alguno, han defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid y de Pelayo; rindiendo culto a las virtudes militares e interpretando los sentimientos del Ejército de esta República, que bizarramente les ha combatido, a propuesta de mi secretario de Guerra y de acuerdo con mi Consejo de Gobierno, vengo en disponer lo siguiente: Artículo uno. Los individuos de que se componen las citadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino como amigos, y, en consecuencia, se les proveerá por la Capitanía General de los pases necesarios para que puedan regresar a su país.
Dado en Tarlak, en 30 de junio de 1899.
El presidente de la República, Emilio Aguinaldo.
El secretario de Guerra, Ambrosio Flores. (Ansón 1964)

Pero no habían acabado las penurias, porque, a pesar de las indicaciones de Aguinaldo, el día 11 sufrieron un atentado con machetes.

A la vista de estos acontecimientos parece destacar un hecho:
España no fue vencida….sino vendida.

http://www.cesareojarabo.es/2018/04/1898-la-guerra-en-filipinas-texto.html

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