sábado, 18 de abril de 2020

Antonio Pérez, el primero entre los traidores (XXVII)

“Enrique IV comprendió al punto la utilidad que le reportarían gestiones encaminadas á dar unidad é impulso á cualquier empresa contra España; recibiéndole, pues, desde luego á su servicio, como maestro de lengua española, tomó á cargo el viático hasta Londres, haciéndole acompañar por el Sr. Vidasme de Chartres, portador de carta autógrafa en que hacía á la Reina Isabel recomendación expresiva en punto á lo que podía prometerse de las revelaciones del ex−Ministro, utilizadas las cuales en lo que conviniera á sus intereses, pedía le despachara para emplearlo él con utilidad de las dos coronas.”



Entre tanto, las cortes de Tarazona, convocadas por Felipe II, limaron las asperezas que habían posibilitado el fortalecimiento de Antonio Pérez, y dejó prácticamente igual el resto, tras lo cual publicó una amnistía general con algunas excepciones. En las Cortes se acordó que a partir de ese momento “el Justicia fuese declarado amovible  además de ser proveído el cargo por el rey.”  También “se condenaba a muerte a quien convocara al pueblo para enarbolar la defensa de las libertades forales.” ”Sosegadas todas estas cosas, el rei descargó a Zaragoza del peso del exército.”

“A diferencia de los justicias del siglo XVI, los sucesores de don Juan de Lanuza tuvieron formación jurídica y fueron, como se ha escrito en nuestros días, letrados aragoneses curtidos en el servicio a la monarquía durante largos años de permanencia en los organismos reales y previamente nombrados caballeros por el rey para tal efecto”.

Pero como todo puede ser visto desde diferentes ángulos, veamos cómo relata la historia negra el hecho de la amnistía: “amnistiaba á todo el mundo, menos á los eclesiásticos y frailes que habían tomado parte en los alborotos de Zaragoza y debian caer bajo la justicia de la inquisición, ni á los letrados que hubiesen declarado que se podia legalmente rechazar el ejército castellano, ni á los capitanes que hubiesen ido á combatirle mandando sus compañias, ni a los alféreces que hubiesen levantado banderas contra él , ni además ciento diez y nueve personas, entre las que se contaban Antonio Perez, D. Juan de Torrellas Bardaxí, yerno del conde de Sástago, D. Pedro de Bolea, primo del conde de Fuentes y abuelo de los condes de Aranda, D. Felipe de Castro Cervellon, de la casa de los condes de Boil, D. Pedro de Sesé, hijo de D. Miguel y padre de D. José, barón de Cerdan, que fué después virey de Aragón, D. Juan de Moncayo, Manuel D. Lope, D. Juan Agustín, D. Dionisio de Eguaras, Gil de Mesa y muchos otros hidalgos, religiosos, escribanos, procuradores, abogados, mercaderes, artesanos y labradores.”

Recordemos el total de sentencias, ya señalado más arriba: Aparte los máximos responsables, “por su parte, el Santo Oficio realizó el 20 de octubre de 1592 un auto de fe para condenar a 74 vecinos de Zaragoza que habían participado en la revuelta. 8 fueron quemados y el resto fueron castigados físicamente, condenados a galeras u obligados a pagar fuertes multas.”  Capítulo que la leyenda negra duplica en su contabilidad relatada anteriormente, y condenando a muerte, por su cuenta y riesgo a todos los juzgados. Así, aseguran, “a setenta y nueve condenaron á muerte además de las censuras infamatorias pronunciadas contra muchos acusados, los cuales debían rehabilitarse públicamente con una vela en la mano el dia que se celebrase el solemne auto de fé.”  La imaginación de los “historiadores” europeos que confeccionaron la historia negra contra España mostraron en este capítulo su gran capacidad de inventiva, que con tanta gracia prodigarían desde entonces, convirtiéndose, además en grandes defensores de las libertades de cualquier sector español que les pareciese oportuno, fuesen los fueros de Aragón, los investigados por la Inquisición o los indígenas americanos, con el único objetivo de tapar las masacres que sus respectivos estados cometían de forma verdadera y no inventada.

Mientras, Antonio Pérez iba vendiendo los secretos de España, primero en Francia, e inmediatamente en Inglaterra, donde, por supuesto, tenía un caluroso recibimiento por parte de la reina Isabel, declarada enemiga de España y lo español. “El pabellón de España no cabía en los mares con la flámulas inglesa, y era necesario que pereciese el uno para dejar á las otras tranquilo y floreciente imperio.”

Por su parte, los intentos de acabar con la vida de Pérez por parte de diversos elementos que querían  congraciarse con  la monarquía hispánica resultaron fallidos, significando en varias ocasiones la muerte de quién intentaba abreviar la vida del traidor. La inquietud del atentado, no obstante, perseguiría al traidor toda la vida.

Antonio Pérez buscaba hacer el máximo mal a España; “En Walter Raleigh, en Drake, en Hawkins, en todos aquellos corsarios ansiosos de botín, tenía que hallar fáciles auxiliares; en el Conde de Essex estaba asegurado el impulso. Todavía tentaba la fidelidad de los prisioneros españoles para que sirvieran de guías á las expediciones, y desdichado el que, desechando las insinuaciones, caía por su cuenta. Por semejante falta había conseguido que le entregaran á un sargento de los de la Invencible, y teníalo en su casa sometido al más bárbaro tratamiento sólo por el placer diabólico de descargar en un español su encono.”

Texto completo: http://www.cesareojarabo.es/2015/10/antonio-perez-el-primero-entre-los_9.html

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