jueves, 9 de abril de 2020

De Isabel II al sexenio revolucionario (4)


Los historiadores monárquicos, tan leídos como los republicanos, y copiados, como Antonio Pirala, Bermejo o Juan Valera, hicieron un juicio similar en el fondo. Había sido una reina inepta, maleducada y adúltera, pero sobre todo desgraciada porque no tuvo a su lado nadie que la educara o amara. El mismo García Ruiz terminaba diciendo que “por todo lo que acabamos de sentar, no puede Isabel II inspirar odio al historiador, sino lástima”. Se sentó así la imagen de la reina de los tristes destinos. (Vilches 2006)



Todas estas circunstancias (crisis política, social y económica) coadyuvaron a un pronunciamiento militar el 17 de Septiembre de 1868 en Cádiz conocido como “la gloriosa”. El almirante Juan Bautista Topete sublevó la Armada, y  Prim se puso al frente de la rebelión a la que se unieron Serrano y Dulce. Todos eran liberales y monárquicos, y su unidad de acción fue posible porque O’Donnell había fallecido (en 1867) y Narváez también (en 1868).

El día siguiente, Topete emitió una proclama en Cádiz el conocido como Manifiesto de España con Honra, que se iniciaba declarando la desobediencia al gobierno y manifestando su resolución de no deponer las armas hasta que la nación recupere su soberanía, y denunciaba la corrupción generalizada (administración, prensa, enseñanza…), al tiempo que hacía una llamada a las armas señalando que contaba con el apoyo de los liberales y de Europa. Firmaban la proclama Duque de la Torre, Juan Prim, Domingo Dulce, Francisco Serrano, Ramón Monvillas, Rafael Primo de Rivera, Antonio Caballero de Rodas y Juan Topete, todos pertenecientes a los partidos unionista (O’Donnell) y progresista, enfrentados con los moderados.

Le seguiría la proclama de la Junta provisional revolucionaria de Sevilla de 20 de septiembre, en la que se marcaban como objetivos los siguientes:
El sufragio universal
La libertad absoluta de imprenta.
La proclamación de la libertad de enseñanza, culto, tráfico e industria, y la reforma… para establecer de lleno la libertad de comercio.
La abolición de la pena de muerte.
La seguridad individual y la inviolabilidad del domicilio y la correspondencia.
La abolición de la constitución bastarda que nos venía rigiendo…
La abolición de las quintas.
Abolición de los derechos de puertas y consumos.
La convocatoria de Cortes Constituyentes. (ver en anexos las proclamas de las juntas revolucionarias)

Como consecuencia de toda esta situación, y tras la batalla de Alcolea, la llamada «Revolución Gloriosa» dio paso al sexenio revolucionario y significó la caída de Isabel II, que debió exiliarse a Francia, donde murió después de haber cedido los derechos a su hijo el príncipe Alfonso, creándose una regencia de la que sería titular el general Serrano.

Un mes más tarde, el 19 de Octubre de 1868, Álvarez Lorenzana, ministro de estado, en el manifiesto a los agentes diplomáticos, dejaba bien marcado el carácter de sometimiento a los intereses foráneos que adornaba a “la gloriosa”. Decía entre otras cosas:

El fin a que aspiramos es el de ponernos al nivel de los pueblos más adelantados, dejando de ser una chocante y desapacible disonancia en el gran concierto de las naciones libres. Tenemos, pues, un derecho perfecto a que se respete inviolablemente la situación que hemos creado, y una justa esperanza de que los gobiernos que marchan al frente de la civilización europea, no rehurasán a la España con honra las pruebas de amistad y confraternidad que otorgaban a un poder que, tras de subyugarnos, nos abatía y humillaba. (Orellana III: 759)


Texto completo: http://www.cesareojarabo.es/2018/06/de-isabel-ii-al-sexenio-revolucionario.html

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