domingo, 12 de abril de 2020

El problema morisco y la Inquisición (3)

Se pensará que es el mismo caso que el acontecido con los judíos conversos. Pero veamos. Parece que coincide punto por punto con ellos, pero en este caso no existe la presión de un grupo social que se mantiene en sus costumbres anteriores sobre un grupo que las cambia de forma voluntaria. En el caso de los moriscos son todos los mudéjares los que se ven impelidos a bautizarse o a exiliarse. La preexistencia de mudéjares bautizados voluntarios no es significativa para emparejar ambos fenómenos.



Las características del problema morisco eran distintas a las características del problema judío; porque así como los judeo-conversos pugnaban por no ser distinguidos de los cristianos viejos, y sólo las malas artes de sus enemigos (tanto judíos como los promotores de los “estatutos de limpieza de sangre”) lograban ponerlos en evidencia y sacar de ellos incluso lo que no tenían en propiedad, los moriscos se encontraban enmarcados en núcleos perfectamente identificados, en un estado de integración social sencillamente inexistente.

En cualquier caso, el  problema ocuparía al estado de una forma singular. Con Carlos I y con Felipe II, el rigor de la Inquisición se centraría en el problema morisco y en el luteranismo, siendo que los moriscos constituían una población de unas 300.000 almas en una población total de unos 8.000.000 .

Tanto en la problemática judía como morisca, así, debemos distinguir dos aspectos distintos: la problemática nacional española, y la problemática internacional. Bien distinto en ambos casos era el problema morisco del problema judío, porque el problema judío no pasaba de ser un problema interno con una minoría de extranjeros (los judíos) que no encontraban acomodo ni apoyo en ninguna parte, ni dentro ni fuera de España.

Sin embargo, el problema morisco reviste otras características bien distintas. “La situación internacional cambia con la llegada al trono de Felipe II. En la década del 50, los turcos y los berberiscos amenazan el Mediterráneo occidental, v se empieza a pensar en el morisco como un «quintacolumnista» que amenaza la Monarquía Hispana. En ese ambiente, más hostil hacia el morisco, se dictan pragmáticas como la de 1567 que prohíbe el uso de la ropa y la lengua árabe, y se convierte en uno de los principales desencadenantes de la Guerra de Granada (1568-1571). La convivencia entre cristianos nuevos y viejos se iba rompiendo paulatinamente, siendo de día en día más difícil. Este conflicto puede ser considerado como uno de los más crueles que ha visto la Historia de España, ya que además de ser una guerra civil, aparece impregnado de fanatismo religioso por los dos bandos. Se enfrentan dos ejércitos diferentes y con estrategias antagónicas. Los cristianos viejos utilizan el «sistema militar español» que tan buenos resultados da en la empresa europea. El morisco, que posee un perfecto conocimiento del terreno, se ve abocado a tomar la táctica de guerrillas, con emboscadas y golpes de mano iracundos. Es una lucha entre dos culturas: la cristiana, que desea imponer su sistema de vida en toda la extensión de la expresión y la hispano-musulmana que se defiende desesperadamente ante el peligro de su inminente extinción.”

La Pragmática de 1567 no fue sino la repetición de las ordenanzas dadas por Carlos I en 1526. Ordenanzas que claramente se dictaban para intentar forzar los ánimos de los moriscos, pero que sin embargo no se ponían en práctica. Felipe II, quizás cansado de la situación, decidió finalmente ponerlas en práctica. ¿Fue un error?, ¿fue un acierto? Los monfíes estaban desarrollando su labor de zapa de forma continuada; el levantamiento de las Alpujarras no fue consecuencia de la pragmática. La pragmática pudo ser, eso sí, la excusa, pero la revuelta estaba abonada desde hacía décadas.

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