miércoles, 22 de abril de 2020

La familia, base de la sociedad (XXVII)

En otro orden de cosas, la actual legislación considera que las mujeres que se dedican a cuidar a su familia no trabajan, y parece vislumbrarse tras la recalcitrante voluntad de conciliar la vida familiar y la vida laboral, la voluntad de inundar el mercado de trabajo, casualmente de signo puramente capitalista, de oferta y demanda, con un sinnúmero de personas dispuestas a competir por el mismo puesto de trabajo que sus respectivos maridos. Todo ello, y según la ley de la oferta y de la demanda, produce un abaratamiento de la mano de obra que consiguientemente acaba produciendo el doble con la mitad de coste, siendo que las aportaciones de los dos cónyuges, en el mejor de los casos, acabarán sumando lo mismo que en una etapa anterior las aportaciones de uno solo de ellos. Esta realidad ya fue detectada por Mao Tse Tung en China, quién en 1955 escribía: “las mujeres constituyen y una fuente de mano de obra muy importante que es necesario movilizar para la lucha por la construcción de un país socialista” .



Afirma la legislación que, así, “las políticas de empleo tendrán como uno de sus objetivos prioritarios aumentar la participación de las mujeres en el mercado de trabajo y avanzar en la igualdad efectiva entre mujeres y hombres. Para ello, se mejorará la empleabilidad y la permanencia en el empleo de las mujeres, potenciando su nivel formativo y su adaptabilidad a los requerimientos del mercado de trabajo” .

Este no es sino un modo de destrucción de la familia mediante la idea de introducir a la mujer en el mundo del trabajo. Expolio de la familia, y a la postre de la sociedad toda, al dar más valor a las parejas de hecho que a la familia estructurada. Bien al contrario, la doctrina de la Iglesia nos señala que “El valor institucional del matrimonio debe ser reconocido por las autoridades públicas; la situación de las parejas no casadas no debe ponerse al mismo nivel que el matrimonio debidamente contraído” .

Y es que, en este mundo, al hombre se le valora prioritariamente como “homo faber”. Esta sociedad que tanto alardea de libertad, de justicia y de opulencia mantiene a los hombres y a las mujeres que constituimos la sociedad atados a la mesa de trabajo; al banco de carpintero, al volante del camión… a lo que constituye el material de cada quehacer. El hombre, que supuestamente debía estar liberado por la acción de las máquinas, es cada día más esclavo de las máquinas, y sobre todo, del sistema.
Efectivamente, el trabajo de hoy, cualquier trabajo, sea de oficina o de albañilería, de siderurgia o agrícola, es mucho más liviano que hace veinte o hace cuarenta años; la maquinaria y los otros medios técnicos han facilitado francamente la realización de todos los cometidos, pero la libertad ha llevado un proceso radicalmente contrario.

Cuando debíamos suponer que la suavidad en las tareas conllevaría una libertad a las mentes; cuando suponíamos que se iba a tener más consideración con las personas, en detrimento de las máquinas, resulta que sucede justamente todo lo contrario.
El mundo laboral, que antes estaba habilitado prioritariamente para los hombres, ha sido francamente abierto al trabajo de la mujer, y eso no ha representado más libertad, sino esencialmente todo lo contrario, porque a la mujer se le ha presentado el trabajo como una liberación y la maternidad como una esclavitud, siendo que la mujer ha acabado siendo esclava de su trabajo liberador, no ha tenido hijos en los que realizarse como mujer, ha fomentado el divorcio, el aborto, y como consecuencia la depresión y el suicidio.

“La experiencia confirma que hay que esforzarse por la revalorización social de las funciones maternas, de la fatiga unida a ellas y de la necesidad que tienen los hijos de cuidado, de amor y de afecto para poderse desarrollar como personas responsables, moral y religiosamente maduras y sicológicamente equilibradas. Será un honor para la sociedad hacer posible a la madre — sin obstaculizar su libertad, sin discriminación sicológica o práctica, sin dejarle en inferioridad ante sus compañeras — dedicarse al cuidado y a la educación de los hijos, según las necesidades diferenciadas de la edad. El abandono obligado de tales tareas, por una ganancia retribuida fuera de casa, es incorrecto desde el punto de vista del bien de la sociedad y de la familia cuando contradice o hace difícil tales cometidos primarios de la misión materna” .

Pero no acaba ahí la cosa del trabajo de la mujer. Cuando mayoritariamente la mujer permanecía en casa, trabajando. Trabajando, remarco. Cuando la mujer quedaba en casa trabajando, ganaba el jornal que acababa aportando el marido con el trabajo fuera de casa. Los ingresos eran “X”.
Cuando la mujer ha salido a trabajar fuera de casa, se ha convertido en competencia directa de su marido; las leyes capitalistas se basan en la oferta y la demanda. Si la oferta de trabajo se ha multiplicado por dos, la remuneración de ese trabajo, automáticamente se ha visto dividida, siendo que, trabajando los dos miembros del matrimonio, acaban aportando los mismos ingresos que uno solo —los ingresos siguen siendo X, y el esfuerzo, el doble—, con el perjuicio subsiguiente de dejar abandonados a los hijos en lugares que en el mejor de los casos no les van a resultar lesivos, salvo la maldad de faltar la presencia de la madre.Y este es solo uno de los aspectos negativos que sobre las familias ha aportado el liberalismo económico.

Y es que hay algo que no debemos olvidar: el cuidado de la casa y de los hijos, en estas circunstancias, ya no puede estar llevado directamente por los miembros de la familia (están ocupados en tareas externas), y deben ser delegados en terceras personas (guarderías, servicio doméstico…) que, lógicamente, requieren compensación económica que les garantice una vida digna, y que debe salir, no de otra parte que del beneficio económico obtenido por los padres fuera de casa. Consecuencia de lo cual, a la postre, es que lo que supuestamente se obtiene de más, es dedicado para cubrir los gastos derivados de la ayuda requerida. Sólo queda, como consecuencia, la desatención familiar de los miembros menores de la familia. Es así beneficiado, exclusivamente, el sistema, que crea más lugares de trabajo, más contribuyentes que, en el mejor de los casos, acaban obteniendo una situación económica similar a la anterior, pero que han perdido el control de su hogar y la posibilidad de educar a sus hijos.

Efectivamente, estamos viviendo un concepto perverso de la libertad donde la única salida es la exclusión social, y esa posibilidad también está prevista en nuestro mundo liberal.

Decididamente, “el trabajo es el fundamento sobre el que se forma la vida familiar, la cual es un derecho natural y una vocación del hombre. Estos dos ámbitos de valores —uno relacionado con el trabajo y otro consecuente con el carácter familiar de la vida humana— deben unirse entre sí correctamente y correctamente compenetrarse. El trabajo es, en un cierto sentido, una condición para hacer posible la fundación de una familia, ya que ésta exige los medios de subsistencia, que el hombre adquiere normalmente mediante el trabajo” .

Texto completo: http://www.cesareojarabo.es/2018/04/la-familia-base-de-la-sociedad-texto.html

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