sábado, 9 de mayo de 2020

La esclavitud y la piratería (y 4)

Un pirata holandés, Benjamin Raule, de Zelanda, tomó asentamientos en África, en la que posteriormente sería  Princestown, en Ghana, lo que serviría de trampolín para otros asentamientos, como en Arguin, desde donde pudieron llevar a cabo sus acciones de contrabando de todo tipo de mercaderías, entre las que destacaban los esclavos.
Al concluir la tregua de los 12 años entre España y las Provincias Unidas, Holanda creó la Compañía holandesa de las Indias Occidentales (en holandés: West-Indische Compagnie o WIC) el 3 de junio de 1621. Sería ésta compañía la que tendría más significación en la consecución de asentamientos en tierra.
La compañía contaba con una junta directiva de 19 miembros, conocidos como los Heeren XIX (señores), y contaba con cinco oficinas ubicadas en Ámsterdam, Rótterdam, Middelburg, Hoorn y Groningen, siendo su objeto primero el comercio, principalmente de esclavos, y la piratería, y la instauración de colonias holandesas, como las llevadas a cabo en Curaçao en año 1634, o Recife en 1630.
La ofensiva pirático esclavista llevó a los holandeses a intentar la toma del puerto del Callao, en Perú, en 1624, resultando fallido el intento, pero un año más tarde tomaron Bahía, capital entonces de Brasil, durante casi un año, y en 1630 tomaron Pernambuco.
La acción combinada de piratería y esclavismo representó para Holanda un provecho económico de envergadura traducido en un importante incremento del cultivo del azúcar con mano de obra esclava, que provocó en Holanda la creación de una poderosa colonia en la zona, para lo que destinó como gobernador al conde Mauricio de Nassau, descendiente de Guillermo de Orange, que sin embargo no pudo mantener la colonia ante el empuje de Portugal, que resolvió favorablemente la situación expulsando a los holandeses.
La edad de oro de la piratería y el esclavismo había llegado de la mano de holandeses e ingleses. En 1629, el pirata Piet Heyn, almirante de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales aliado con Moisés Cohen Henriques, capturaba la flota de la plata; en 1630, 56 navíos al mando de Diederik van Waendenburgh y Hendrick Lonck toman Recife. En 1635 toman el Fuerte Nazaret, y en 1637 Mauricio de Nassau consolida  la colonia, e intenta retomar Salvador de Bahía.
Y en 1634 a conquista de Curaçao, en el Caribe venezolano significó, además de la presencia holandesa en el Caribe venezolano, la formación de un conglomerado de plantaciones azucareras que en diez años absorbió la importación de unos treinta mil esclavos africanos que cruzaron el Atlántico transportados por esclavistas holandeses.
Y esta actuación fue in crescendo, hasta producirse una gran conjura que abarcaba los territorios del Perú, de Colombia y de México. Una conjura que ocasionó la intervención de la Inquisición, que no perseguía casos de piratería y de contrabando de esclavos, sino tan sólo asuntos de fe.
La cuestión de un Auto de Fe como el de 23 de Enero de 1639 nos llama profundamente la atención, tanto por número de condenados a relajación como por el número de procesados. ¿Qué estaba pasando? Los documentos inquisitoriales sólo hacen mención a la cuestión de la heterodoxia de los reos y no a otras cuestiones, pero es menester realizar un análisis del por qué un Auto tan numeroso, y ello nos dará respuesta, no sólo a lo que se nos plantea en 1639, sino las cuestiones anexas (o prioritarias) que sucedían y provocaron al fin la celebración de este Auto de Fe.
Es el caso que en el siglo XVII, la colonia judía de Ámsterdam mantenía muy cercanas relaciones con sus correligionarios establecidos en América, al tiempo que colaboraba muy directamente en la piratería a través de la Compañía de las Indias Occidentales, creada en 1623 a imagen y semejanza de la Compañía de las Indias Orientales, de 1602, donde tenían intereses de primer orden, y con la que consiguieron asientos en Extremo Oriente e intentaron conseguir asentamientos en América.
Es también el caso que la mayoría de los procesados en Lima (la Inquisición no efectuaba una acusación sin estar en la certeza de la culpabilidad del imputado, inquirida con anterioridad a su detención) estaban relacionados, de forma más directa que indirecta con las actividades llevadas a cabo por la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales, financiadora de las actividades de los piratas, y que  en aquel momento se encontraba asentada en Curaçao, Pernambuco, Recife…
En torno a estos hechos, en Lima se produjo lo que fue conocido como Complicidad Grande, una conspiración política orquestada por los criptojudíos, en connivencia con la piratería anglo-holandesa.
La Complicidad Grande fue descubierta el 2 de abril de 1635, cuando fue detenido Antonio Cordero, que formaría parte, como reconciliado, en el Auto de Fe de 1639, sin recibir otro castigo que el destierro.
La trama incluía familiares de la Inquisición, como Ambrosio Morales, y como el capitán Martín Morata, empleado de confianza del virrey y su núcleo familiar, que como el de los principales implicados, formó parte del proceso, en que acabaron procesadas ciento sesenta personas.
La Complicidad Grande pudo tener lugar gracias a que los judaizantes acumulaban gran poder, económico y logístico, lo que les permitía controlar de manera “quasi mafiosa” la actividad comercial en Lima, donde los comerciantes que no pertenecían a su comunidad se veían obligados a efectuar transacciones que pueden ser entendidas como vejatorias.
Pero no era sólo el comercio a lo que aspiraban; sus contactos les permitían incluso aspirar a controlar algún almacén de interés militar, aunque de forma casi milagrosa no llegaron a alcanzar este extremo, ya que, según relata José Toribio Medina, de conformidad con los holandeses pretendían volar la ciudad.
Manuel Bautista Pérez, que acabaría siendo relajado al brazo secular, había amasado una de la más importantes fortunas del Perú gracias al tráfico de esclavos, siendo directa su relación con la VOC.
Si la Complicidad Grande significó una alerta de importancia en el Virreinato de Perú, no se trataba de una acción centrada en él, sino que, como queda señalado, tenía aspiraciones mayores.
Así, la Complicidad  no era una cuestión estricta del Virreinato de Perú. Siendo que la fuente del conflicto eran los establecimientos holandeses de Brasil, por lógica estaba extendida también por Cartagena y muy especialmente por México, donde se descubrió que varios de los procesados viajaban con frecuencia, supuestamente por intereses comerciales. No en vano, también en México se descubriría una conjura similar en 1642. La ramificación tiene connotaciones familiares y de negocio de tráfico de esclavos, al que se dedicaba Simón Váez de Sevilla, residente en México, que compartía apellido con cuatro de los procesados en Lima.
Y la importancia que la intervención de la Inquisición tuvo para el desarrollo del tráfico esclavista parece esencial, pues de haber triunfado la conspiración, ingleses y holandeses hubiesen encontrado un campo vastísimo para el exterminio de indígenas y el traslado de esclavos, ni más ni menos que lo que hicieron allí donde estuvieron; pero la Inquisición hizo un papel ejemplar: detuvo la operación y a un bajo coste de once relapsos.
Que en un sólo Auto fuesen condenado tantos reos no es común, sino muy extraordinario en la historia de la Inquisición, y destaca también que las actividades de los relapsos estaban relacionadas con la piratería y el tráfico de esclavos.
Finalmente, la conspiración fue atajada en Lima, Cartagena y México, pero los intentos, como demostraron las incursiones de piratas, no quedaron en el olvido; así, en 1655, Simón de Cáceres, judío portugués, planteó a Cromwell la conquista de Chile, que no se llevó a efecto. Sí se llevó a efecto en ese mismo año 1655, con su colaboración, la toma británica de Jamaica, donde fueron parte importante los marranos residentes. El conspirador compartía apellido con  Diego Morán de Cáceres, condenado en Lima, por bigamia, en 1625.


Texto completo: https://www.cesareojarabo.es/2019/09/la-esclavitud-y-la-pirateria-texto.html

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