viernes, 29 de mayo de 2020

LA MARINA ESPAÑOLA ANTE EL DESASTRE DE 1898 (5)

Las potencias extranjeras, como ahora mismo, también eran conocedoras entonces de esa situación, por lo que, con la tranquilidad que brinda semejante actitud, el 6 de agosto de 1885, el gobierno alemán anunciaba al gobierno español su intención de ocupar las Carolinas, a las que consideraba res nullius, territorio sin dueño.

Entonces sí (ahora ya no sucedería lo mismo), se convocaron manifestaciones patrióticas en las principales ciudades de España, mientras dos buques españoles: el San Quintín y el Manila ponían rumbo al archipiélago para su defensa, pero el cañonero alemán Iltis izó la bandera alemana y las tropas españolas se retiraron sin más el 25 de agosto de 1885, lo que ocasionó en Madrid un alboroto que acabó atacando la embajada alemana, dando lugar a una situación de preguerra que finalmente fue solventada con el arbitraje de la Santa Sede.
En la península, la escuadra sólo disponía de dos fragatas acorazadas de casco de hierro, la Numancia y la Vitoria, más otras dos, de casco de madera, la Sagunto, y Zaragoza, ambas en reparación. Otras viejas fragatas inútiles componían toda la fuerza naval española. En Cuba y Filipinas la situación no era mejor.
No era igual la situación de la fuerza alemana.

La escuadra del Kaiser contaba con un total de 13 fragatas acorazadas, por lo general más modernas, potentes y grandes que las españolas, 12 corbetas de hierro, muy superiores a las fragatas y corbetas de madera española, 6 de madera, 10 cañoneros (incluido el Iltis), 14 monitores para la defensa de costas y unos 57 torpederos. Todos aquellos buques estaban en mucho mejor estado de eficiencia y preparación que los españoles. (Rodríguez 2007: 102)

Pero finalmente no se produjo la guerra dado que ambos contendientes se sometieron al laudo papal, en cuyo protocolo fue firmado el 17-12-1885, España conservaría su soberanía en Carolinas al tiempo que concedía ventajas a los súbditos alemanes que decidieran asentarse en las islas, así como una estación naval alemana.
Los políticos manifestaron entonces la necesidad de modernizar la Armada. Era una discusión que venía de largo y que inexorablemente era postergada en beneficio de no se sabe exactamente qué y demostrando un desinterés sin límite por las necesidades nacionales. Los conservadores proponían su compra al extranjero; los liberales, su construcción en España. Unos y otros hicieron algún amago en apoyo a lo que defendían, pero siempre fue tarde y de poca entidad. La pregunta es si esas propuestas no eran planteadas sino para cubrir el expediente.
Los argumentos, sin lugar a dudas, hacían especial hincapié en el desarrollo de la tecnología. Ya no se podía pensar en buques de vela; en pocos años, las necesidades variaban de manera vertiginosa, exigiendo la aplicación de unos fondos que, existiendo, acababan en lugares indeterminados mientras la armada seguía deteriorándose al mismo ritmo que los nuevos inventos se materializaban y eran aplicados por otras naciones.

Hacía 1850 los buques de hélice superaron decisivamente a los de vela y a los vapores de ruedas, apenas nueve años después las fragatas blindadas a los anteriores. En la década de los setenta los buques armados con cañones pesados montados en torres y barbetas a los antiguos blindados, a éstos, al menos teóricamente, los torpederos, y así sucesivamente. Lo mismo sucedía con los blindajes y la artillería, aproximadamente cada decenio quedaban decisivamente superados. (Rodríguez 2007: 111)

Esas circunstancias eran la excusa perfecta para que unos presupuestos como los señalados más arriba, con los que indudablemente se hubiese podido formar una formidable escuadra no se formase.

En España todos estos dilemas habían diferido hasta entonces la concepción de un plan de escuadra. El proyecto de Durán había fracasado por su insistencia en la importación de los buques, el de Pavía por problemas de financiación de la proyectada flota, y de la forma más significativa, el más completo y serio de Antequera, por la postura decididamente partidaria de la «Jeune Ecole», encabezada por el almirante Beránger; aparte de otras cuestiones. (Rodríguez 2007: 112)


Texto completo en http://www.cesareojarabo.es/2018/06/la-marina-espanola-ante-el-desastre-de.html

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