viernes, 12 de junio de 2020

El problema morisco y la Inquisición (4)

La inclusión de algunos pormenores de la Guerra de las Alpujarras, viene motivada para señalar que la expulsión de los moriscos no fue un capricho, como parece señalar algún  relato buenista que sólo tiene cabida en la triste historia negra generada contra España. La Inquisición no intervino en la campaña, no era su función, pero sí lo haría con posterioridad a la misma.



España había conquistado Melilla, el Peñón de Vélez de la Gomera, Mazalquivir y Orán, pero se habían perdido varias plazas conquistadas y los turcos se habían establecido en Argel en 1516, mientras por otra parte, los musulmanes que habían sido expulsados de España se dedicaban a practicar la piratería contra las costas españolas, donde además de capturar cautivos, contactaban con los moriscos.

El acoso del turco, lejos de remitir, fue creciendo con la ayuda de los moriscos. El acoso llegó a ser de tal grado que se pusieron en peligro las islas del Mediterráneo, a las que fue menester dotar de defensas que mejorasen las ya existentes, e incluso, “en 1551 una ofensiva turca obligó a disponer un fuerte sistema defensivo de Cartagena, organizando a la milicia murciana. Pese a los obstáculos iniciales, la movilización fue un nuevo campo de experimentación para observar su capacidad de mando y depurar, en años sucesivos, el sistema. En julio de 1555 una galeota turca da pie a una nueva intervención militar en la costa de Vera.”

La situación, que había llevado a la corona a despoblar algunas poblaciones costeras para evitar el contacto con los piratas norteafricanos llevó a que el 1 de Enero de 1567 se promulgase la Real Pragmática que exigía la conversión total de los moriscos, “lo que llevó a un alzamiento general de los moriscos para Jueves Santo del año 1568, mientras el marqués de los Vélez concedía mercedes a los moriscos en detrimento de los cristianos viejos, que se amotinaron y sufrieron represión, al tiempo que la confabulación ponía al frente de los moriscos a un antiguo soldado que fue en Flandes, Fernando de Válor, descendiente de los últimos reyes de Granada, y que fechaba la insurrección morisca para la Navidad del mismo año. Antes de esa fecha los moriscos provocaron una serie de martirios sobre cristianos.

Fernandillo de Válor era descendiente de moriscos integrados en la sociedad española, cuyo padre había formado parte de la nobleza gobernante de Granada. Envuelto en un  asunto criminal, huyó a la Alpujarra, donde alcanzaría ser nombrado reyezuelo de la revuelta, tomando el nombre de Aben Humeya  y posteriormente sería asesinado por los mismos revoltosos. Había en Granada un sentimiento de disconformidad por parte de los moriscos y un sentimiento de disconformidad por parte de los cristianos. A todo esto se unía un enfrentamiento no disimulado entre la nobleza.

La convivencia era difícil entre la población española y los moriscos, que lejos de ver con buenos ojos la integración, se auto marginaban y se confabulaban con ánimos hostiles contra la nueva situación socio política. Los cristianos se habían desplazado a la zona por un doble motivo: la mejora de su situación económica y la confianza absoluta de la integración de la población musulmana. Los colonos procedentes de Galicia o de Castilla que se desplazaron a las Alpujarras, no lo hacían a territorio enemigo, sino a un territorio donde la gente estaba necesitada de colaboración, de comprensión y de ayuda por parte de los demás. Había que demostrar a unos y a otros que todos eran hermanos, que podían y debían vivir en paz y hermandad, pero si eso era cierto por parte de un sector de los moriscos, por otra también era cierto que se conspiraba en las casas particulares, y en ellas, los que serían caudillos de la rebelión, Hernando el Zaguer, Farax ibn Farax y otros, en concordia con los monfíes (bandoleros) de las Alpujarras, preparaban el alzamiento para el día 1 de Enero de 1569. Un alzamiento que significaría el asesinato de esos voluntarios que se habían desplazado desde su lugar de origen para procurar la integración de gentes por las que sentían caridad.

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