lunes, 1 de junio de 2020

El trato del esclavo en España (2)


Pero parece que el número de manumisiones concedidas como últimas voluntades en el lecho de muerte es altamente significativo, lo que al fin demuestra la cicatería de los manumisores, que accedían a la misma cuanto ya el beneficio económico no tenía la menor importancia, pero al tiempo denota que el peso espiritual de culpa estaba bastante generalizado, y esto queda expuesto en beneficio de quienes tardaban en manumitir.



Datos basados en testamentos y cartas de manumisión en los archivos notariales indican que durante el período comprendido entre 1524 y 1650 el 33,8 por 100 de los esclavos africanos de Lima fueron liberados sin condiciones. Las cifras de Ciudad de México ofrecen un porcentaje de un 40,4 por 100 durante el mismo período y en la provincia mexicana de Michoacán el total entre los años de 1649 a 1800 alcanza el 64,4 por 100. (Bethell 1990: Bowser: 152)

Lógicamente, si los propietarios de esclavos mostraban signos de sentirse culpables de un acto que, aunque legal, estaba contra los principios morales y religiosos, esos signos debían mostrarse irremisiblemente en el trato brindado a quienes tenían sometidos a esclavitud.
Y así parece que era, a la vista de las informaciones que los diversos cronistas han relatado, y cuya mejor referencia la podemos encontrar en los informes facilitados por el geógrafo y con toda evidencia espía británico, Alexander Humboldt, de cuyos informes se deduce que el trato recibido por los esclavos era benévolo y hasta familiar, hasta el extremo de acabar siendo en muchos casos herederos legales no sólo de bienes propiedad de sus amos, sino incluso de apellidos.

Su suerte no difirió, en general, de la de los blancos pobres. La mayoría murió sin haber recibido un solo azote, no sabían de tormentos, se les cuidó durante la enfermedad, y como el alimento principal, la carne, era muy barata, y se les vestía con las telas que ellos mismos fabricaban, siendo muy raro el que trajera zapatos, se mantenían con facilidad. Hubo, sin duda, excepciones, pero si alguna vez fueron maltratados, intervenía la autoridad y el esclavo era vendido a un amo más humano. (Iraburu 2003: 177-178)

Ese extremo será puesto en entredicho por aquellos que se dejen influenciar por la propaganda liberal y que no recuerden que el liberalismo recomienda mentir en defensa de sus postulados, mientras los principios cristianos nos exigen veracidad y nos aseguran que la verdad nos hará libres. Pero la verdad exige esfuerzo para que sea conocida y difundida, por ello es conveniente divulgar lo que escriben quienes lo hacen con el fin de servirla. Ese es el caso de Frederick Bowser, que a su vez difunde las investigaciones de terceros, en una cadena que, además de dar solidez a la argumentación, reconcilia con el mundo anglosajón.

En 1947 el difunto Frank Tannenbaum sostenía en un libro que habría de ejercer enorme influencia, Slave and Citizen: the Negro in the Americas, que los negros de Latinoamérica fueron más afortunados que sus compañeros del sur de los Estados Unidos. (Bethell 1990: Bowser: 147)

El mismo autor dice lo que tras un análisis de la situación surge en la mente de cualquier estudioso del asunto, y en una exposición como esta, satisface tener la posibilidad de haraganear espiritualmente y no generar explicaciones propias ante hechos que por la legislación, por las consecuencias documentalmente constatables y por las relaciones humanas generadas es muestra la propia sociedad americana.

Los españoles (y los portugueses), a diferencia de los ingleses, se habían acostumbrado cada vez más a la esclavitud negra, sintiéndose casi cómodos ante ella, siglos antes de la colonización del hemisferio occidental, y el rango de los sometidos a esclavitud estaba definido con más o menos precisión. El Estado y la Iglesia reconocían la esclavitud como nada más que una desafortunada condición secular. El esclavo era un ser humano que poseía un alma, igual que cualquier persona libre ante los ojos de Dios. La Iglesia alababa la manumisión como un acto noble, y muchos amos, pensando en su salvación, la complacían en algún momento de sus vidas. Según Tannenbaum, esta indulgencia, esta tolerancia, también facilitaba la incorporación de los exesclavos en una sociedad más tolerante. Curiosamente, casi pasa por alto el crecimiento, durante el período colonial, del prejuicio racial, tan importante para la comprensión del desarrollo de la esclavitud. Pero señala otros temas dignos de destacar: en su opinión, Latinoamérica contrastaba violentamente con el viejo sur, donde las instituciones de la Iglesia y el Estado se mostraban inmaduras e indiferentes hacia los esclavos, y donde los ingleses convertidos en americanos no sabían qué hacer con respecto a la emancipación y el rango de los negros libres en una sociedad esclavista. (Bethell 1990: Bowser: 147)

Sin embargo, el espíritu hispánico entonces, y los abducidos por el liberalismo hoy, sabían que eso no era suficiente. Por eso otros benefactores actuaban de otra manera; San Martín de Porres, por ejemplo, llegó a comprar esclavos para el convento, y San Pedro Claver tenía esclavos negros que utilizaba como intérpretes con los indios bozales recién llegados a Cartagena, que en el siglo XVII era el principal puerto negrero del continente, en el que consiguientemente existía una notable población negra y mestiza, esclava y libre.
De este tipo de actuaciones puede deducirse que la posesión de esclavos  no estaba mal contemplada por la opinión pública, que veía como normal hecho como el marcado a fuego a que eran sometidos los esclavos.

La marcación con la «marquilla real» se hacía en Cartagena y debía realizarse en presencia de los oficiales reales, a fin de evitar el contrabando de esclavos. Sólo se libraban de esta operación los moribundos, pues parece que a los niños también se les marcaba por ser la marquilla un requisito indispensable para efectuar transacciones posteriores y demostrar la legalidad del esclavo. Generalmente, la «coronilla real» se colocaba en el pecho y la marca del Asiento en la espalda izquierda. Según Miramón, al ser adquirido el esclavo en el mercado de Cartagena se le imponía una nueva marca con la señal escogida por el dueño. Unas y otras marcas se hacían figurar en la escritura de venta para identificación del esclavo. (Gutierrez Azopardo: 199)


Texto completo en el enlace: http://www.cesareojarabo.es/2018/10/el-trato-del-esclavo-en-espana-texto.html

0 comentarios :

 
;