martes, 2 de junio de 2020

Los intereses británicos en la estructura esclavista (4)

Estas compañías estaban dotadas de autonomía propia, con potestad para aplicar justicia y para tratar negocios multilaterales, y por supuesto para apoderarse de territorios.
Por su parte, en el comercio triangular1, los productos obtenidos en las colonias llegaban a la metrópoli, desde donde se distribuían a los mercados de Inglaterra, Francia y Holanda, lugares donde asimismo la dependencia del esclavismo era manifiesta, siendo que si en Inglaterra el 75%  del trabajo portuario estaba ligado al tráfico en su conjunto, en Francia representaba el 12%.

En este periodo, el consumo anual de azúcar en Inglaterra pasó de 2,7 kg por habitante en 1710 a 10,5 kg en los años 1770, y comenzó a generalizarse el uso del té, del café, del chocolate y del tabaco.
Y la banca, inexorablemente estaba detrás de todas las operaciones tanto de movilidad de esclavos como de adquisición y puesta en cultivo de terrenos. Con el inmenso capital acumulado posteriormente financiarían la revolución industrial.
La eclosión del liberalismo era ya manifiesta, y sus métodos, las sociedades por acciones, que ya llevaban décadas en desarrollo, se manifestaron con fuerza en el primer cuarto de siglo XVIII en Inglaterra, siendo que, según señala Hug Thomas, la Compañía del Mar del Sur, en Inglaterra, contaba en 1720, con cuatrocientos sesenta y dos miembros de la Cámara de los Comunes; cien de la Cámara de los Lores...  y toda la familia real.
Y algo similar, con la debida distancia, sucedía en Francia.

El cantón suizo de Berna poseía numerosas acciones, lo que constituía una inversión excepcional en la trata, y lo mismo el King's College de la Universidad de Cambridge y lady Mary Wortley Montagu. (Thomas 1997: 239).

Toda esta actividad económica conllevó que, para generar los beneficios que los inversores estaban demandando, se recrudeciese la explotación de los esclavos y se aumentase su número en las explotaciones.
Como consecuencia se fortaleció la trata atlántica, siendo que para 1720, la flota negrera inglesa estuviese compuesta por ciento veinte buques de gran tonelaje que albergaban en sus bodegas, en espacios del tamaño de un ataúd, el mayor número de esclavos al objeto de abaratar costes.

El negrero Falconbrige explicó ante el parlamento inglés que el espacio de un esclavo era el de un cadáver en su ataúd, ni más largo ni más ancho que éste. Este tipo de economía espacial y de abultamiento en el número de negros embarcados correspondía a la tendencia de los llamados «fardos prietos» en posición a la de los «fardos flojos». Los capitanes que preferían la primera argumentaban que la pérdida de vidas causadas por las apreturas y mala alimentación se compensaba con el aumento de los ingresos netos al ser mayor el cargamento. Los partidarios de la segunda tendencia consideraban que dando a los esclavos más espacio y mejor trato reducían la mortalidad y obtenían mejores precios. (Gutiérrez, Ildefonso: 197)

Pero ese abaratamiento de costes comportaba el incremento de la mortandad en la población esclava (y en las tripulaciones de los barcos, cuyas condiciones diferían poco de la de los esclavos), que a pesar de recibir constantes refuerzos en los sucesivos viajes de barcos negreros, en las regiones esclavistas del Caribe no llegaba a las trescientas mil personas. Y es que la tasa de natalidad era ínfima (recordemos que sólo 1/3 de los esclavos eran mujeres), y sin embargo la tasa de mortandad era elevadísima como consecuencia del mal trato recibido y el exceso de trabajo.

Una regla de la época formulada por el hacendado de Barbados Edward Littleton, era que un hacendado con cien esclavos necesitaba comprar ocho o diez al año «para mantener su capital». (Ferguson)

Pero la mortandad de los esclavos no era algo que supusiese nada más que un gasto económico en una sociedad que pocas décadas antes había presenciado con normalidad tan alta mortalidad entre los esclavos irlandeses, y no tenía ningún escrúpulo por el hecho, siendo además conocedor del trato que en esos mismos momentos estaba recibiendo el pobre en las ciudades inglesas.
No obstante, la mortandad no fue siempre la misma. Si el hacinamiento y el mal trato era la constante, no obstante el traficante necesitaba cuidar al máximo la mercancía que transportaba si quería sacar la máxima rentabilidad a la operación. Así, en esta época de incremento acelerado del tráfico, se incluyó un médico en la dotación del barco para atender las necesidades derivadas de las posibles enfermedades que pudiesen adquirir tanto los esclavos como la tripulación.
Estas medidas limitaron sensiblemente el porcentaje de bajas, que, conforme señala Hug Thomas, si en el siglo XVII alcanzaban hasta el veinticuatro por ciento de los esclavos transportados, a finales del siglo XVIII se había reducido al seis por ciento.
Lo cual quiere decir que, siendo la capacidad media de las embarcaciones de 240 plazas, en cada viaje del siglo XVII fallecían sesenta esclavos, mientras que a finales del siglo XVIII fallecían catorce. Eso sin tener en cuenta que, para minorar las pérdidas, era frecuente sobrecargar las bodegas con más esclavos de los que cabían en las mismas, lo que acarreaba a la tripulación situaciones que en poco diferían de las padecidas por los esclavos transportados, incluidas las bajas.

Texto completo: https://www.cesareojarabo.es/2019/09/los-intereses-britanicos-en-la.html

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