miércoles, 8 de julio de 2020

La guerra de los segadores (12)

El problema mayor seguía siendo socorrer al Rosellón, donde las tropas españolas estaban aisladas. Los sucesivos esfuerzos por socorrer el Rosellón fueron una sucesión de fracasos. Las tempestades en unas ocasiones, y la armada francesa en otras deshicieron los intentos llevados a cabo en diciembre de 1641 y en enero y febrero de 1642. También se envió ayuda por tierra, al mando del marqués de Povar, que fue destruida por las tropas francesas de la Mothe en las inmediaciones de Montserrat. Fue una derrota infamante prevista desde el momento de su concepción, responsabilidad directa del conde duque, que desatendió las previsiones de los mandos militares, entre ellas las del propio marqués de Povar. “El exiliado Ramon Rubí expresaba con desazón que «Fue gran pérdida por todas consideraciones y también porque el enemigo nos hace la guerra con nuestra caballería».”



La marcha del ejército fue penosa, permanentemente hostigada por las tropas francesas, y finalmente miserablemente derrotada, siendo hecho prisionero el propio marqués de Povar, que fue paseado infamantemente por Barcelona como trofeo de guerra.

Tras estos hechos, “la decisión de Luís XIII de ir personalmente al frente catalán, saliendo de Fointenebleau el 27 de enero de 1642, puso a Olivares en una situación muy delicada, pues ahora, fuesen cuales fuesen las circunstancias militares y financieras, difícilmente Felipe IV podría eludir aquel envite y renunciar a la jornada real para la conquista de Catalunya tantas veces anunciada.”

Por otra parte, “la importancia estratégica de Tortosa pronto se pondrá a prueba en el primer sitio importante de la ciudad, ocurrido a mediados del mes de abril del año 1642. Entonces, el general francés Felipe de la Mothe Hodencourt, saliendo de la zona montañosa del campo de Tarragona, puso sitio a la ciudad con 8000 8000 infantes y 2000 caballos, después de haber conquistado la población de Ulldecona, nudo vital para las comunicaciones entre Tortosa y el norte del País Valenciano (sic), además de obligar a algunas poblaciones como Alcanar a entregarles caballerías. El asedio franco-catalán de Tortuosa duró hasta el día 3 de mayo, cuando en vista del fracaso del bombardeo y asalto del día anterior, el general la Mothe levantó el asedio y se volvió al Collado de l’Alba.”

Mientras tanto, los saqueos de los sitiadores se repitieron reiteradamente. “Don Juan de Copons, con 800 hombres de la tierra y con 24 horas escalando, entraron y los de la villa se retiraron dentro del castillo(...) fue aquella villa de Orta (...) saqueada por los de la tierra...”
Si por el sur las cosas discurrían de este modo, en el norte, en Abril de 1642 se rindió en Colliure el ejército español del Rosellón; Perpiñán lo hizo en septiembre, y ello significó la pérdida del Rosellón, que desde entonces ya no volvería a ser español.
Los sitiados no pudieron ya hacer otra cosa. “Con la plaza diezmada por el hambre y las enfermedades, y perdidas las esperanzas de recibir un auxilio del exterior, el 29 de agosto de 1642 los mandos españoles de Perpinyà pactaron la capitulación de la plaza. En virtud del acuerdo firmado por Flores de Ávila y los mariscales Shomberg y Meilleraye, la guarnición hispana abandonó Perpinyà el dia 9 de septiembre con todos los honores militares y llevando su propio armamento, dirigiéndose a los puertos de Roses y Tarragona. La caída de la capital de Rosselló arrastró la de Salses que capituló el día 15 de septiembre, abandonado la guarnición española la plaza el 29 del mismo mes. Desde entonces todo el Rosselló estaba en manos francesas.”  Mientras, en Zaragoza seguían las fiestas que don Gaspar había preparado para el entretenimiento del monarca, quién ordenó un ataque a Lérida que fue rechazado por las fuerzas francesas. Lo curioso es que la gran determinación de desplazarse hasta el conflicto, la tomó Felipe IV (o mejor, el Conde Duque) ¡cuatro meses antes de estos acontecimientos!

Pero es que la disposición para la lucha estaba en los mayores puntos de relajo. Para la jornada de Cataluña, en principio comandada por el propio rey,  Carlos IV, “tuvo que amenazar con una multa de 2.000 ducados a los caballeros de las cuatro Órdenes Militares que rehuían el presentarse ante él en la frontera de Aragón. No ya el sentimiento quijotesco, sino el del deber elemental, había muerto en ellos; y era preciso perseguirles para que ayudaran, por lo menos con su caudal, a las necesidades públicas, ya que personalmente no estaban dispuestos a cambiar por el azar de la guerra la frivolidad de la vida cortesana. Necesidad insigne sería achacar a pecados del Conde-Duque lo que era espontánea descomposición de la clase. Hasta los buenos, como el Marqués de Leganés, discreto militar, devotísimo de Olivares, sólo se movían por el interés, y así leemos, a cada instante, noticias como ésta: «Al Marqués de Leganés, para animarle a la jornada que ha de hacer, le han dado 6.000 ducados de renta perpetua en su casa, 12.000 de ayuda de costa y 2.000 de sueldo al mes; y con todo va de muy mala gana”

“Casi ninguno de los que todo lo debían al favor real, se movía más que por el interés metálico, regateando como una mercancía su asistencia a la patria.”   En definitiva no hacían más que imitar la actitud del propio monarca.

Como hemos señalado, Felipe IV hizo un amago de preocupación por la situación de Cataluña, y hasta se desplazó… hasta Zaragoza. “La «jornada» emprendida por Felipe IV el 26 de abril de 1642 para recobrar Catalunya, finalizó, el 6 de diciembre de ese mismo año, cuando el monarca y su válido retornaron a Madrid, procedentes de Zaragoza, con un balance lleno de frustraciones y derrotas. El naufragio político y militar de esa campaña ha sido interpretado como un elemento clave en la caída política del conde duque de Olivares.”

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