miércoles, 12 de agosto de 2020

El problema morisco y la Inquisición (5)

Ya antes de la Navidad de 1568 comenzaron los actos de terrorismo con el asalto e incendio de la iglesia de Cádiar y el asesinato de los cristianos residentes. Cádiar sería el inicio; le siguieron los demás pueblos de la Alpujarra. Y en ellos, inevitablemente, el martirio de los españoles y de los moriscos que coincidían en su ideal de convivencia. Los moros buscaban apóstatas, pero encontraron mártires.



Las carnicerías de gentes inermes sembraron todos los pueblos de la Alpujarra, en medio de las jarchas organizadas por sus asesinos.

“En las primicias de esta rebelión todo hacía pensar a las autoridades españolas que no se trataba de otra cosa que de hechos aislados: robos violentos perpetrados por los "monfíes", una especie de salteadores de caminos musulmanes, pero con el tiempo los monfíes, liderados por el descendiente de Abén Humeya, el más arriba mencionado Fernando de Válor, se convertirían en los verdugos más encarnizados de todas las mujeres, niños, viejos y clérigos cristianos que encontraban a su paso.”

Diego Hurtado de Mendoza nos cuenta en su “Guerra de Granada” las horrorosas matanzas que, hasta el grado más monstruoso, perpetraron los moriscos contra la pacífica y desarmada población española que con ellos convivía. "Comenzaron por el Alpujarra, río de Almería, Boloduí, y otras partes a perseguir a los cristianos viejos, profanar y quemar las iglesias con el sacramento, martirizar religiosos y cristianos, que, o por ser contrarios a su ley, o por haberlos doctrinado en la nuestra, o por haberlos ofendido, les eran odiosos. En Guecija, lugar del río de Almería, quemaron por voto un convento de frailes agustinos, que se recogieron a la torre, echándoles por un horado de lo alto aceite hirviendo, sirviéndose de la abundancia que Dios les dio en aquella tierra para ahogar sus frailes. Inventaban nuevos géneros de tormentos: al cura de Mairena hinchieron de pólvora y pusiéronle fuego; al vicario enterraron vivo hasta la cinta, y jugáronle a las saetadas; a otros lo mismo dejándolos morir de hambre. Cortaron a otros miembros, y entregáronlos a las mujeres, que con agujas los matasen; a quien apedrearon, a quien acañaverearon, desollaron, despeñaron; y a los hijos de Arze alcaide de La Peza, uno degollaron, y otro crucificaron, azotándole, e hiriéndole en el costado primero que muriese. Sufriólo el mozo, y mostró contentarse de la muerte conforme a la de Nuestro Redentor, aunque en la vida fue todo al contrario; y murió confortando al hermano que descabezaron. Estas crueldades hicieron los ofendidos por vengarse; los monfíes por costumbre convertida en naturaleza."

La guerra de Granada puso al descubierto los enfrentamientos existentes entre la nobleza, lo que posibilitó la impunidad de los sublevados. El marqués de Mondéjar era partidario de los pactos, pero el gran martirologio ejecutado por los moriscos dejó sus postulados en mal lugar, haciendo que entrase en la lid Luis Fajardo, marqués de los Vélez, enfrentado con los marqueses de Mondéjar, los Mendoza. El enfrentamiento de estos nobles enmarañó el conflicto, pues actuaban por su cuenta. Almería fue sitiada por los sublevados, que finalmente fueron vencidos sin que hubiesen logrado su objetivo, desde donde pretendían recibir refuerzos de África. Luis Fajardo fue adentrándose en el asunto, tomando plazas sin autorización real. Finalmente la obtuvo en enero de 1569, provocando el desagrado de los Mendoza.

Conforme avanzaban las tropas, los moriscos arreciaban el asesinato de los cristianos, y las tropas españolas arrasaban y saqueaban los lugares que conquistaban a los moriscos, reinando una gran indisciplina entre los soldados y una evidente falta de coordinación en los suministros. La política de tierra quemada era llevada a efecto por aquellos soldados que, ajenos a toda autoridad, sólo buscaban venganza por el asesinato de sus deudos a manos de los moriscos y por los que acudían con un solo objetivo: el pillaje. La situación era tal que “Desde la batalla de Félix la insubordinación y deserción de la tropa fue tónica general del campo del marqués (de los Vélez). Casi dos semanas estuvo don Luis dedicado a imponer disciplina entre sus soldados. Convocados los capitanes a consejo, las ásperas pesquisas de Fajardo terminaron en el encausamiento de un arcabucero lorquino llamado Palomares, que fue condenado a la horca. Era un castigo ejemplarizante. Conocida la sentencia, el malestar entre los lorquinos fue terrible, tanto que se reunieron en el campo y acordaron rebelarse contra la orden. El alto número de hombres y la amenaza de un motín aconsejaron que los capitanes tratasen de levantar la pena impuesta, en atención a la honradez y buen servicio del soldado y, sobre todo, porque estaba “emparentado en Lorca de muy buenos y ricos parientes, y que podia resultar por ello algun crecido escandalo”. Don Luis Fajardo no escuchó las súplicas y mandó que se ejecutase la pena, encerrándose en su alojamiento y prohibiendo que se le molestase.”

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