jueves, 24 de septiembre de 2020

El amargo sabor del azúcar (6)

En tiempos ordinarios trabajarán los esclavos de nueve a diez horas diarias arreglándolas el amo del modo que mejor le parezca. En los ingenios durante la zafra o recolección serán diez y seis las horas del trabajo repartidas de manera que les proporcionen dos de descanso durante el día, y seis en la noche para dormir. (Art. 12 del reglamento de la esclavitud de 1842)



Una barbaridad se mire por donde se mire, pero una barbaridad que, dada la situación socio política de España en esos tiempos, deja prever que los excesos se produjesen de forma más asidua de lo deseable.
Y es que ya no estamos hablando de la España del siglo XVI, siglo XVII, sino que estamos hablando de la España sometida social, política, cultural y económicamente al dominio británico, y el cumplimiento de las leyes  podía tener una lectura más libre, y es que  en estos tiempos no había ya en España gobierno español independiente.
Pero una barbaridad que tenía una referencia en la que desde principios del siglo XIX pasó a ser, no nos engañemos, la metrópoli de España: En Inglaterra el trabajador estaba peor tratado que el esclavo en Cuba, y ese argumento era utilizado por los esclavistas para justificar la esclavitud. Y no sólo estaban en desventaja los trabajadores ingleses, que en ese momento estaban sujetos a la deportación a Austrialia y Nueva Zelanda y al consiguiente sometimiento al sistema esclavista.

Gallenga, un corresponsal del Times (de nacionalidad italiana) que fue a Cuba en 1872, creía que «no cabe duda de que las condiciones de vida del esclavo cubano son, en todo lo que se refiere al aspecto material, mejores que las del campesino libre de las llanuras de Lombardía». (Thomas 1971)

Es el caso que por uno u otro motivo, el proceso de mecanización de la industria azucarera acabó empeorando muy notablemente las condiciones de vida de los esclavos, provocando una gran mortandad que llegó a ser del 10% anual.
A cambio, Cuba pasó de producir 14.000 toneladas de azúcar en 1800, a 359.397 en 1856, lo que equivalía al 25% de la producción mundial. Pero no acabaría ahí el crecimiento, ya que en 1868 la producción sería de 720.000 toneladas.
Ese incremento era dependiente del número de esclavos que atendían todo el proceso productivo, y a su vez, el proceso productivo estaba en manos de un pequeño número de capitalistas encargados de facilitar los suministros necesarios, especialmente los esclavos.
A ese circuito no escapaban los interese ingleses, pero sin embargo, Inglaterra en estos momentos dedicaba sus barcos negreros, no al tráfico de negros de África a América, sino de ingleses a Nueva Zelanda y a Australia, condenados por delitos como robar una manzana… Su puesto, así, en el tráfico negrero, estaba ocupado por otros… agentes ingleses, naturalmente, como la regente María Cristina, y luego su hija, Isabel II, reina de España.

Antonio Parejo, que se trasladó a Cuba desde Cádiz, hacia 1840, con «un muy inmenso capital», aparentemente propiedad de la reina madre de España,  María Cristina, para quien Parejo actuaba como agente en Cuba, y por cuenta de la que fundó el enorme molino Santa Susana. Otros plantadores que vieron nacer su fortuna en el tráfico de esclavos, después de la prohibición, fueron Pedro Forcade de Forcade y Font, negreros de Cádiz; Joaquín Gómez, Antonio Pastor, los Iznaga, de Trinidad, de origen vasco, y los Borrell, de la misma ciudad. (Thomas 1971)

La mafia del tráfico negrero estaba más que bien relacionada, directamente bien conformada, siendo que, irremediablemente, junto a anglófilos de reconocido pedigrí se encontraban algunos ingleses, continuadores de su histórica labor “al margen” de las nuevas directrices implantadas a propios y extraños, manu militari, por la Royal Navy. Señala Hugh Thomas que Forcade contaba con capital y socios ingleses, y que otros, como Darthez and Brothers, de Londres, tenían un representante en La Habana, cuya única tarea consistía en ocuparse de cuestiones relativas al tráfico de esclavos.

El más importante comerciante de la década de 1830 fue, probablemente, Joaquín Gómez, nativo de Cádiz, cofundador del primer banco de La Habana. Era anticlerical y masón, conocido en su logia conocido bajo el nombre de «Arístides el Justo», y «había llegado a La Habana, casi desnudo, a la edad de trece o catorce años»; fue el primero en importar ingenios azucareros horizontales con cilindros de hierro, comprados en Inglaterra, en 1830, a la firma Fawcett and Preston, y compró varios cafetales y algunos ingenios azucareros. Después de él llegó Manuel Cardozo, un portugués; Francisco Marty y Torrens y Manuel Pastor, ambos españoles de gran riqueza. Marty era un bandido retirado. Los dos, Marty y Pastor, se asociaron más tarde con Antonio Parejo y la reina madre española en el negocio del tráfico de esclavos a gran escala, en las décadas de 1840 y 1850, contando para ello con barcos muy rápidos. (Thomas 1971)

Texto completo: http://www.cesareojarabo.es/2018/12/el-amargo-sabor-del-azucar-texto.html

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